domingo, 15 de noviembre de 2015

Poema del día: "Primera muerte de María", de Jorge Eduardo Eielson (Perú, 1924-2006)

A pesar de sus cabellos opacos, de su misteriosa delgadez, de su tristeza áurea y definitiva como la mía, yo adoraba a mi esposa,
alta y silenciosa como una columna de humo.

Cuando la conocí, María vivía en un barrio pobre, cubierto de deslumbrantes y altísimos planetas, atravesado de silbidos, de extrañas pestilencias y de perros hambrientos.
Humedecido por las lágrimas de María, todo el barrio se hundía irremediablemente en un rocío incontenible.

María besaba los muros de las callejuelas y toda la ciudad
temblaba de un violento amor a Dios.
María era fea; su saliva, sagrada.

Las gentes, sin confesarlo, esperaban ansiosas el día en que María, provista de dos alas blancas o montada en un animal divino, abandonara la tierra sonriendo por primera vez a los transeúntes.

Pero los zapatos rotos de María, como dos clavos milenarios, continuaban fijos a la tierra.
Durante la espera, la muchedumbre impaciente escupía la casa, la pobreza y la melancolía de María.

Una noche María fue embestida por un ciego, como por un árbol lleno de flores. María tomó una flor y de su perfume vivió varios años.

Con tal perfume, una botella de leche y un perro macilento— Isaías— María alimentaba su corazón y su cuerpo y vivía apartada en una cabaña de madera.

Hasta que aparecí yo como un caballo sediento y me apoderé de sus senos. La virgen espantada derramó su leche y un río de perlas sucedió a su tristeza.

Perseguida por mil velos pálidos, como un nupcial cometa, su rostro inocente aparecía y desaparecía entre un bosquecillo de naranjos en flor.

Sin que ella lo supiera, durante un minuto fulgurante, la virgen acababa de estrenar su incorruptible, mortal belleza: María se convirtió en mi esposa.

Pero su felicidad duró tan poco como su belleza.
Todas las noches yo rompía una botella de leche en mi habitación mientras María lloraba su inocencia perdida. Poco a poco conseguí alejar de su memoria el inefable perfume del ciego y asesiné a Isaías de un golpe en el estómago.

Unos días más tarde María caía a tierra envuelta en una llamarada:

Esposo mío —me dijo— un hijo de tu cuerpo devora mi cuerpo. Te ruego, señor mío: devuélveme mi  perfume, mi botella de leche, mi perro miserable.

¡Pobre esposa mía, su cuerpo sediento se debatía entre las llamas, asfixiado por el peso viviente de mi amor! El instante de belleza perduraba en ella convertido en sangre, en tejidos, en una carne viva y dolorosa como la mía y como la suya.

Yo le acerqué su botella de leche y le hice beber unos cuantos sorbos redentores. Abrí las ventanas y le devolví su perfume adorado. Casi simultáneamente Isaías saltó a sus brazos, hambriento como siempre, moviéndole la cola, oliendo como la infancia, como la soledad, como la virgen que sólo él había venerado.

Luego una criatura de mirada purísima abrió sus ojos ante mí, mientras María cerraba los suyos, cegados por un planeta de oro: la felicidad.

Yo abracé a mi hijo llorando y caí de rodillas ante el cuerpo santo de mi esposa: devorado por un fuego imposible, apenas quedaba de él un hato de cabellos negros, una mirada, una mano fría sobre la cabeza caliente de mi hijo.

¡María, María —grité— nada de esto es verdad, regresa a tu barrio pobre, a tu melancolía, vuelve a tu cabaña, amor mío, a tus callejuelas oscuras, a tu incomprensible llanto de todos los días!

Pero María no respondía.
Isaías temblaba solitario en una esquina, como en el extremo de un cono de luz divina.
Toda la ciudad, en el otro extremo, me reclamaba a mi hijo, repentinamente henchida de amor a María.

Yo confié mi hijo al abrigo y la protección de algunos bueyes, cuyo aliento cálido me recordaba el cuerpo tibio y la impenetrable pureza de María.

Jorge Eduardo Eielson en Literatura (nº 2, junio de 1958), incluido en Antología de la poesía peruana  (Ediciones Nuevo Mundo, Lima 1965, selec. de Alberto Escolar).

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