He destruido todo. Las ciudades sucumbieron, abatidas
una tras otra, polvo ciego y encima Nada.
Y debajo Nada.
Y aún más abajo, nada más que la Nada.
No hay nada que yo no desafíe,
excepto el cielo porque no sé dónde se hunden sus cimientos.
Es lo único que no me ha obedecido nunca:
sobre una de estas ciudades
ha dejado caer la lluvia.
¡Es que él ha querido llorar! exclamó
una voz. Y todo el ejército se echó a reír a carcajadas.
Todos reinan sarcásticamente sobre las ruinas,
pero el chamán Hidjrakum vino por la tarde
a anunciarme que según ciertos signos,
un soldado, aprovechando el disfraz de la lluvia,
había llorado fingiendo reírse.
"¡Desenmascara a ese soldado, me dijo, si no
va a contaminar los ojos de todos tus regimientos!"
Así se hizo.
Se trató de descubrir aquellos ojos,
escudriñando las frentes una tras otra
(¡qué amigas hendía el miedo!)
se castigó a muchos,
se torturó a otros,
a un buen número se les sacó los ojos.
Así nos libramos, creo, de ese pernicioso mal.
Hemos seguido nuestra marcha hacia adelante.
Las ciudades yacen muertas y silenciosas.
Sólo ruge por momentos
en el cielo lívido
una tormenta extraviada ,
despavorida como el caminante que ha perdido su camino.
Es todo. No tengo nada más que añadir.
Ismail Kadaré, incluido en Antología. Poesía albanesa hoy (Diputación de Zaragoza, 1992, selec. de Robert Shvarc, trad. de Mira Meksi y Francisco J. Uriz).






