—Noche—
y es un árbol frontero que sostiene
una extraña Galaxia,
o es un hombre que vino
de no sé dónde
hacia un patio de viento,
un guerrillero.
Puedes decirme:
—Luna—
y es el tic-tac que va
de casa en casa,
y es la danza de aquellos
los muchachos
que se pierde
y se pierde,
en las colinas
y es lo ausente.
Puedes decirme:
—Césped—
y son pasos del sitio incandescente,
hacia los tercos naceres
y morires
donde acaso despertemos
sonrientes.
Pero tú no me dices la caldera-poema
ni la gata-poema
ni el bisturí-poema
ni la cárcel-poema
ni las ferias-poema.
Eres un laurel rosa en tierra de ladrones.
Están entre los frutos con vocación de muertos.
Nosotros no te amamos,
y la amada lejanía es como un brote de bambú
y en ella esta esperanza.
¿Haberte conocido es cara o cruz?
Muéstrame el verdadero.
Yo lo canté, permíteme escribirlo.
No puedo ser extraño
y haces esto,
mi agobiado refugio entre los gritos
que no dejan aquí
su llaga.
Sobre la valla ciega los veo
sin tu sombra,
trabajando trabajos asoleados.
—Las manos de los santos es lo único que veo.
Jorge Medina Vidal, incluido en Las ínsulas extrañas. Antología de poesía en lengua española (1950-2000) (Galaxia Gutenberg Círculo de lectores, Barcelona, 2002, selec. de Eduardo Milán, Andrés Sánchez Robayna, Blanca Varela y José Ángel Valente).
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