viernes, 25 de septiembre de 2026

Poema del día: "Mindouli", de Alvie Mouzita (República del Congo, 1998)


Habito una memoria que ha perdido las páginas de la infancia
habito la soledad de un río que tiene sed de mar
la noche para mí es larga de dolores. Porque sin verte, siempre sueño contigo
y sabes que hasta ahora no he probado ni canciones ni danzas ni tams-tams
ignoro incluso el sabor del vino de palma,
el tótem de mi abuelo
y el regusto del juego del agua y de la sabana
y aún suena como un duelo, el grito matinal de los pájaros en mis oídos
porque vivo en una memoria sin páginas de infancia
y cada noche, tus ríos que fluyen allá lejos son mis lágrimas que sustituyen tu presencia

¡Mindouli! Muero en la ausencia de recuerdos
muero en los festines de las ciudades, en las rapsodias que cuentan los
griots de otros lugares, griots que te ignoran, que ignoran tu historia
y mi mirada es triste en el espejo que me habla de ti
tu rostro es tan delgado en el lago de mi memoria. ¡Mindouli!
nada, entre las olas y la espuma, surge de ti ni sobrevive
¿lo ves? soy virgen a todo misterio rural

¡Perdóname, infancia mía! Mi infancia, ¡perdóname! Porque siendo aldeano, no tengo recuerdo alguno del matorral
porque en cuanto salí de mi madre, el sol ya estaba sangrando
había que huir
huir del rebaño de tormentas, huir lejos de los párpados
había que hacerlo...
pero comprende ¡Oh Mindouli!, que sin la bravura de mi padre, esos avispones me habrían degollado
comprende, comprende que sin mi madre, sin el granero de la esperanza, yo sería un leño que picotean los cuervos

¡Mindouli! Sé que eres mujer por tu vientre, eres flor por mi corazón, por mis cantos eres madre
llevo para ti un destino maduro de trashumancia
llevo para ti un gran sol
acógeme en tu memoria para que pueda reunir mis recuerdos, para que pueda volver a unir mi ombligo,
y para que pueda hablar mi dulce lengua natal
¡Oh Mindouli, camina! camina y ven a mí para enjugar mis lágrimas...

Alvie Mouzita, incluido en Círculo de poesía (México, 12 de abril de 2025, trad. de Mariela Cordero).

Otros poema de Alvie Mouzita


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jueves, 24 de septiembre de 2026

Poema del día: "Porque he sido ella", de Hettie Jones (Estados Unidos, 1934-2024)


En el bus
de Newark a New York
el bebé vomita
en el cuello de zorro
de su único abrigo

Ella limpia el cuello
y el rostro suave del bebé
luego coge al crío
de la mano
y se dirige al metro

donde el crío
duerme
sobre su rodilla
y ella
                ella misma
posa su mirada perdida
a través de la ventana
por encima de la cabeza
del bebé que duerme

Tiene veintisiete años
y está muy cansada
                  Permíteme
ayudarla siempre
                   Porque he sido ella, permíteme
ser su amiga

Hettie Jones, incluido en Beat attitude. Antología de mujeres poetas de la Generación beat (Bartleby editores, Madrid, 2015, trad. y ed. de Annalisa Marí Pegrum).


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miércoles, 23 de septiembre de 2026

Poema del día: "El gato blanco", de Hu Xudong (China, 1974-2021)


En el 568 un sogdiano vino de Istämi
como guía de unos mercaderes.
En la orilla de un río vio un gato blanco
tendido bajo la pálida luz de la noche.
Vio en el cuerpo del gato varios mundos
que giraban con flechas y chorros de sangre
y se oían gemidos de una ciudad en ruinas
y todo se perdía en blanco torbellino.
Mil años más tarde, una noche, volviendo a casa
mi esposa y yo vimos un gato blanco
caminando por el estanque seco
como si fuera un niño de antiguas dinastías
cruzando espirales del tiempo
para volver a su tierra con nobles recuerdos.
Acariciamos el gato, oímos sus maullidos
mientras detrás de un árbol y el viento de la noche
olía nuestro mundo y con sus miradas quiso
decir algo, pero al final se marchó como agua.
Creímos que iría al País de la horda blanca
hasta el mil trescientos ochenta
cuando tras la conquista de la Horda de oro
gobernaría a Rusia.

Hu Xudong, incluido en Arquitrave (nº 70, septiembre-octubre de 2022, Colombia, trad. de Harold Alvarado Tenorio).


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martes, 22 de septiembre de 2026

Poema del día: "El techo", de Julio de la Vega (Bolivia, 1924-2010)


Después que cierro puertas,
después de amplios paredones,
después de cal cubriendo las cenizas,
después de oscuridad contra tu luz;
igual que enredaderas escalando muros
penetras en mi vida
como una fruta que se pasa el cerco,
como una claridad
a través de intersticios de ventanas cerradas,
como una primavera intempestiva,
como la ola sube al barco,
trepa hasta mis cabellos tu aquilón...
Yo empiezo la elevación de diques
para que no golpee en mí tu agua
y cierro oídos a tu nombre.
Trato de caminar sin ver atrás,
pongo candados en mi boca para no llamarte
y lanzo lejos esas llaves.
Me tejo de alambradas circundantes
para hacer frente a la añoranza;
me hago un tejado sobre el pecho
para que no me moje
la eterna lluvia
de tu eterno beso;
me pongo cardos en los dedos
para matar las ansias
y no tocar tu piel ni andando por el sueño...

Y siempre irrumpes
como una marejada sin atajos,
como la liana gana el árbol,
como el zarzal en el jardín,
como el sol en las casas,
y vences la madera en contra tuya;
vences las sinfonías que hago brotar en mí
para impedir la entrada de tu voz,
vences la tropa de mastines que te lanzo
para que no me toque tu ternura;
vences el vallador de espinas que levanto
y llegas sin heridas;
soplas para arriba la tormenta que llamo contra ti,
pasas el río de distancias
y la pared de fuego que he inventado
para mirarte lejos;
vences al centinela que te anuncia
para impedir tu paso,
ganas el puente levadizo,
las torres y los vados
y me invades
como una eterna inundación.

Julio de la Vega en Temporada de líquenes (1960), incluido en El árbol y la piedra. Poetas contemporáneos de Bolivia (Monte Ávila editores, Caracas, 1986, ed. de Eduardo Mitre).

Otros poemas de Julio de la Vega


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lunes, 21 de septiembre de 2026

Poema del día: "La luz otoñal tras la partida de las golondrinas", de Yang Hua (Taiwán, 1900-1936)


                                                     I

Las golondrinas se han llevado consigo toda la fuerza vital del mundo.
Lo que queda,
es la luz otoñal, gris, marchita y amarga,
es la luz otoñal de lamentos y gemidos.
Es la esperanza marchita del viajero solitario y del poeta errante.
Ante la atmósfera del otoño, mi alma se sumerge en una melancolía profunda.


                                                     II

Avanzo junto al arroyo frío y sereno del pueblo.
Las hojas doradas caen en su cauce con un susurro cortante.
El otoño ha teñido completamente los campos enteros,
¡solo un toque de su esencia, oh, evoca en mí una tristeza inmensa!
Mira, la corriente se lleva las hojas muertas,
fluyendo sin prisa hacia lo incierto.
¡Ah! ¿Quién no puede, quién no puede entristecerse ante el arroyo y las hojas caídas?


                                                     III

En marzo, las flores silvestres y la hierba fina te detienen y hacen que deambules,
solo queda el ceño fruncido, la sonrisa retraída y la delicadeza oculta.
Los sauces y álamos, que danzaban risueños en la brisa primaveral,
solo han dejado unas pocas hojas temblorosas,
que sollozan y se yerguen solitarias al borde del camino.
Mira, un yermo desolado—un yermo sin fin.
¿Puede esta desolación marchitar mi vena poética en busca de camino?


                                                     IV

Todo esto basta para llenar el alma de melancolía,
¡oh, luz otoñal tras la partida de las golondrinas!
Quisiera retener a las golondrinas para siempre,
¡que nunca más volviera la luz del otoño!
—¡No, no!
Amo, con dolor inevitable,
la hermosa tristeza de la luz otoñal tras la partida de las golondrinas.

Yang Hua, incluido en Antología de la poesía taiwanesa contemporánea (Visor Libros, Madrid, 2026, ed. de Luisa Shu-Ying Chang y Luisa Cheng-Fan Chen, trad. de Li Mei Liu Liu).


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domingo, 20 de septiembre de 2026

Poema del día: "Solsticio", de Maurice Blanchard (Francia, 1890-1960)


Llega un día en que todo se aclara. Llega un día en que se grita ¡basta! al día que no quiere acabar. Llega una noche, una noche que no quiere acabar, una noche tan larga que el diamante estalla y se borra de la lista de los agonizantes. Vuelve entonces la aurora de los días cambiantes. Vuelve una aurora y sus ojos deslumbrados sobre la oleada de jóvenes espigas y corazones que sangran, vacilantes amapolas ebrias de vino y de sueño. Y el pasado vuelve a florecer en los sombreros de las muchachas.

¿Visteis a ese ciego siempre sentado sobre el puente de piedra? Toca el eterno vals del adiós y su acordeón se pliega y despliega, y la serpiente de nácar y de ébano se pliega y se despliega, y los arcos, los gruesos arcos de piedra se aproximan y separan, y, siempre en el mismo momento del año, el sol poniente y el río que reinician su amor, viran en redondo y remontan hacia la fuente.

¿Visteis a ese ciego?

Maurice Blanchard en Le pain, la lumière (1955), incluido en Antología de la poesía surrealista de lengua francesa (Fabril Editora, Buenos Aires, 1961, selec. de Aldo Pellegrini).

Otros poemas de Maurice Blanchard


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sábado, 19 de septiembre de 2026

Poema del día: "El chiminellero", de Marianne Moore (Estados Unidos, 1887-1972)


Durero hubiera tenido motivos para vivir
            en esta aldea, con ocho ballenas varadas
a la vista; con el dulce aire del mar que entra en tu casa
en un hermoso día, desde el agua dibujada
            con olas de una regularidad de escamas
de pescado.

De una en una, en parejas, de tres en tres, las gaviotas
            van y vienen volando sobre el reloj del pueblo,
o dando vueltas al faro sin mover las
            alas—
pausadamente elevándose con un leve
            temblor del cuerpo— o se apiñan
chillando donde

un mar color púrpura de cuello de pavo real
            se deslíe en verduzco azur como Durero transformaba
el verde-pino del Tirol en azul de pavo real y gris
de guinea. Pueden verse langostas
            de veinticinco libras y redes de pescar puestas
a secar. El

bochinche del chubasco acuesta los salados zacatales
de la marisma, perturba estrellas en el cielo y la
            estrella en la torre; es un privilegio poder ver
            tanta confusión.

                    Un chiminellero vestido de rojo ha dejado
caer una cuerda como una araña hila su hilo;
podría ser parte de una novela pero en la acera un
letrero dice C. J. Poole, Chiminellero,
            en blanco y negro; y uno en blanco
y rojo dice

peligro. El pórtico de la iglesia tiene cuatro columnas
            estriadas, cada una tallada de una sola piedra,
                     pero
empobrecidas por el encalado. Este sería un paraíso para
golfillos, niños, animales, prisioneros,
            y presidentes que han dado su merecido a los
perversos

senadores no pensando en ellos. Uno
            ve aquí una escuela, una oficina de correos en
una tienda, pescaderías, pollerías, una goleta de tres palos
            en
el astillero. El héroe, el estudiante,
            el chiminellero, cada uno según su modo de ser,
están en su elemento.
No sería ciertamente peligroso estar viviendo
            en una aldea como esta, de gente sencilla
que tienen un chiminellero que pone señales de peligro
            junto a la iglesia
cuando está bruñendo la sólida,
            puntuda estrella, que en una torre
significa esperanza.

Marianne Moore, incluido en Antología de la poesía norteamericana (Fundación editorial El perro y la rana, Venezuela, 2007, selec. de Ernesto Cardenal, trad. de José Coronel Urtecho y Ernesto Cardenal).

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