Roll on, reels of celluloid, as the great earth rolls on!
Es en tiempos de aburrimiento que debemos decidir –más que ninguna otra vez– a quién adoramos.
A los repertorios de fotografías a las apps sociales,
a sus cientos y cientos de imágenes sumergidas
en la digital fosforescencia de las redes,
tristísimos legados de ninguna de nuestras vidas.
A la Iglesia Católica despojada de sí misma,
a su preciosa imaginería a su narrativa histórica,
como una cosa totalmente vacía que pueda llenar
nuestra aún más vacía memoria mitológica.
Al hinduismo budismo al yoga y al reiki
como sustitutos morales de la primera.
A las cartas astrales,
cuyas predicciones son al menos más bellas
que las de los bancos centrales.
A los filtros color vintage.
A la Unión Europea,
tremendas noches de fiesta en capitales desconocidas,
a un ir y venir plácidamente inconsciente
por estaciones de tren de países en huelga,
principales sustentadoras de esa idea marchita.
A la neurociencia y a la psiquiatría,
que han conseguido quitarle a la tristeza
lo único bello que tenía:
el secreto de lo oscuro y su mística.
A la fluoxetina.
Y sobre todo a ti
al scroll infinito del móvil,
texto sagrado nuestro texto de textos texto total,
a todo lo que nos predicas,
a tu cara a mi cara a los sitios a los que fuimos y a los que nunca iré,
todos mezclados todos pasando todos
cifrados en luz,
al entero mundo contenido tras la pantalla
deslizándose en nuestras manos sin fin.