martes, 3 de marzo de 2026

Poema del día: "Germinaciones 1ª (Agricultura)", de Fiama Hasse Pais Brandão (Portugal, 1938-2007)


Yo vi la agricultura: sembraban.
Mujeres labran deshacen
los mismos montículos, se agachan sobre el surco
ponen la semilla,
caminan y cantarían
alto si algún silencio vasto
se formase o lo creasen
los gestos—al sembrar.

Las viñas son el campo duro
a donde van. Doblan el costado—es el polvo, son
los nidos espesos, las nebulosas.

Mujeres que habitan el tiempo:
se alegran con la luz
de primavera o verano (sólo la suavidad)
duermen debajo
de aguas que son agrestes, de las noches todas.

Se paran, con el tiempo, a la entrada,
en casas áridas. Así arrojaron
al polvo su grano,
aman la tierra
así la muerte las sorprende.

Fiama Hasse Pais Brandão en Germinação, incluido en Antología breve de la poesía portuguesa del siglo XX (Instituto Politécnico Nacional, México, 1998, selec. y trad. de Mario Morales Castro).

Otros poemas de Fiama Hasse Pais Brandão

lunes, 2 de marzo de 2026

Poema del día: "Por suerte, las cometas son bastante inteligentes", de Christos R. Tsiailis (Chipre, 1974)


Podría mantener el interés
y persuadir la mano durante años
para que se agite

podría permanecer en lo alto
del firmamento y reinar
dominar las clases altas
para encantar con mi audaz cola
que ondea y forma nuevos
símbolos significativos

también podría hablar sobre desafiar la polución
en otros rombos y en los hexágonos de colores
hasta el suelo y arriba
más alto que el azul

pero prefiere sacarlo de incógnito
escondido al margen de los sueños efímeros
de sueños a favor de la fiesta nacional
de sueños a favor del desfile
de sueños a favor de la repetición

-Las cometas son bastante inteligentes afortunadamente-

y le dona la inteligencia
a la cuerda de atar
para volverse plano
lucir ligero
parecer sumiso
con los colores definidos por la respectiva moda
con la vergüenza de bailar al viento
y nunca pedir vuelos extras

los días en que vuelan por los cielos
globos inflados y pájaros agresivos
el cuerpo vibra ingrávido
imperceptible aterriza de nuevo
siempre un poco lejos del operador

siempre atado a la cuerda que sigue estirándose.

Christos R. Tsiailis, incluido en Altazor. Revista electrónica de literatura (1ª época, año 2, noviembre 2020, Chile, trad. de Carlos Ciro).

Otros poemas de Christos R. Tsiailis


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domingo, 1 de marzo de 2026

Poema del día: "Tengo miedo de escribir...", de Clarice Lispector (Brasil, 1920-1977)


Tengo miedo de escribir.
Es tan peligroso.
Quien lo ha intentado lo sabe.
Peligro de hurgar en lo que está
oculto,
pues el mundo
no está en la superficie,
está oculto en sus raíces
sumergidas
en las profundidades del mar.
Para escribir tengo que instalarme
en el vacío.
Es en este vacío donde existo
intuitivamente.
Pero es un vacío terriblemente
peligroso:
de él extraigo la sangre.
Soy un escritor que tiene miedo
de la emboscada de las palabras:
las palabras que digo esconden otras:
¿cuáles? Tal vez las diga.

Escribir es una piedra lanzada
a lo hondo del pozo.

Clarice Lispector, incluido en Zenda (5 de septiembre de 2025, España, trad. de Teresa Arijón y Bárbara Belloc).

sábado, 28 de febrero de 2026

Poema del día: "La vecina le dijo al vecino", de Anna Świrszczyńska (Polonia, 1909-1984)


La vecina le dijo al vecino:
‒ Desde que mataron a mi marido, no duermo,
cuando hay disparos ‒ la manta sobre la cabeza,
toda la noche tiemblo bajo esa manta,
voy a enloquecer si sigo sola en casa,
tengo cigarrillos que eran de mi esposo,
venga en la noche.

Anna Świrszczyńska, incluido en Vallejo & Co. (6 de octubre de 2022, Perú, trad. de Alhelí Málaga).

viernes, 27 de febrero de 2026

Poema del día: "El signo de la victoria perdió un dedo", de Nasser Rabah (Palestina, 1963)


                                 A Amjad Arar Al-Atawneh

La tristeza es barata.
La muerte es un burro cansado que transporta ciudades y calles.
El hospital está lleno de llamadas de personas ahogadas.
El mercado está repleto de productos obsoletos.
Y mi corazón ofrece a la venta mis gemidos.
¿Quién me podrá escuchar la historia de Amjad?
¿Quién me dará un corazón y un minuto de silencio?

Con el conductor intentamos fotografiar los gemidos del bolsillo
de la camisa de Sial,
quienes se dieron a perseguir las partes del cuerpo esparcidas por
la ventana:
esta es la pierna de Hamada, estos son los sueños de Souad.
Intenté con los vendedores y me dijeron:
sólo somos vendedores,
intercambiamos las penas de la gente con papeles falsos
e historias venenosas,
y el mercado está lleno hasta el tope de pájaros
sacrificados que caminan como tú.

Volví con mi vecino, que tenía un hermano que
trabajaba en la televisión
y un sobrino de su única hija. Murieron en un noticiero.
Me dio vergüenza y no pregunté.

Fui a casa de Samir, el panadero,
y encontré a los vecinos sirviendo café en un funeral:
Samir, el hijo del panadero, murió de desnutrición aguda.

Corrí a lo de Mazen, el profesor de historia, y le dije:
"Bueno, éstás vivo", y le pregunté: ¿Alguno de ustedes ha muerto?
Me respondió: "No, pero a Hoda le amputaron las piernas,
Nahil necesita tratamiento en el extranjero
y Mahmoud también lleva meses desaparecido".
Me preguntó: "¿Qué te pasa?"
Le respondí que no tenía nada, ni historia ni geografía.

¿Quién me podrá escuchar la historia de Amjad?
¿Quién me dará un corazón y un minuto de silencio?
A quien me escucha le digo: era mi amigo.
Frente al espejo te vi riendo, te dije:
oh Amjad, ¿quién de nosotros estaba más cerca del otro?
Corrías de casa en casa, repartiendo dátiles de amor.
Y viertes de nuevo tus lágrimas en mi palma.

- ¿Qué te pasa?
- Nada, solo estoy cansado.

Por todas partes, detrás de ti,
se elevan tus palmeras
extendiendo sus brazos a Dios
y agradeciendo a tu corazón, mientras tú, oh Amjad,
tan sólo te glorificas a ti mismo.

Éramos como un signo de la victoria elevado ante el cansancio.
Y ahora un dedo se perdió.
Desde hace diez años no conozco a nadie más que a ti,
tú no conoces a nadie más que a mí.
Hace diez años que no te pregunto: ¿Qué es esa cicatriz en tu frente?
Y tú no me preguntas: ¿Qué es esta herida tan fea en el cuello?
No basta con no preguntar, Amjad, y hacer la vista gorda.
Todas las heridas insignificantes de la vida las pasamos por alto sin decir palabra.
Nos basta con caminar juntos, no basta con caminar.
Ningún policía nos sigue, ni nosotros seguimos al policía del miedo.

La tristeza es barata.
La muerte es un burro cansado que carga úteros amputados.
El hospital está lleno de llamadas de personas ahogadas.
El mercado está repleto de productos obsoletos.
Y mi corazón ofrece a la venta mis gemidos.

Nasser Rabah en Un sexto dedo en cada mano (Multinacional cartonera, varios países, 2025, selec. y versiones de David Wapner).

Otros poemas de Nasser Rabah

jueves, 26 de febrero de 2026

Poema del día: "Una mujer espera", de Clementina Arderiu (España, 1889-1976)


Mundo que gira. Reloj.
¿Es desde siempre la espera
tan sólo femenina?
¿La clara certeza inmediata
no cuenta?

No sirve el dolor ni el remedio.
¿No sigue
-muy lenta- la implacable rueda?
Un clima a cada alegría.
Para cada dolor ¡cuánta fuerza
nos falta!

Bajo un cielo transitorio,
que pesa,
o en el soleado llano que fulgura,
seremos -es más fuerte que nosotros-
la eterna vestal que suplica
y espera.

Clementina Arderiu, incluido en Poetisas españolas. Antología general (Ediciones Torremozas, Madrid, 1996, ed. de Luzmaría Jiménez Faro).

Otros poemas de Clementina Arderiu


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miércoles, 25 de febrero de 2026

Poema del día: "El ruiseñor", de Samuel Taylor Coleridge (Gran Bretaña, 1772-1834)


Ni nube, ni reliquia del día sumergido
distingue el occidente: ni una larga y sutil
franja de luz huraña, ni matices borrosos.
Venid, descansaremos en el musgoso y viejo
puente. Ya veis abajo el fulgor de las aguas,
mas no oís el murmullo: va fluyendo en silencio
en su cauce de blando verdor. Todo está en calma,
¡noche aromada!, y aunque palidecen los astros,
pensemos en las lluvias invernales que alegran
la tierra en su verdor, y hallaremos así
placer en lo borroso que vela las estrellas.
Y ¡oíd!, el Ruiseñor empieza su cantar,
«ave tan melancólica, ave tan musical».
¿Es ave melancólica? ¡Oh vano pensamiento!
En la Naturaleza no hay nada melancólico,
si no es algún noctámbulo de corazón herido
al recordar algún agravio doloroso,
o algún lento trastorno, o un amor desdeñado
(y así, pobre infeliz, llena todas las cosas
de sí mismo, obligando a todos los sonidos
amables a contar otra vez la leyenda
de su propia tristeza); él, y tales como él,
han sido los primeros en llamar a esas notas
música melancólica. Y no pocos poetas
se hacen eco de tal idea: los poetas
que erigían las rimas, cuando más les valiera
haber ido a tender su cuerpo junto a un río,
a la sombra de alguna arboleda musgosa,
bajo el solo la luna, y bajo los influjos
de formas y sonidos de elementos cambiantes,
entregando su espíritu entero, de su canto
y su fama olvidados; de modo que su fama
pudiera tomar parte en la inmortalidad
de la Naturaleza; ¡cosa tan venerable!,
y así su canto hiciera a la Naturaleza
más deliciosa, y ellos como ella amados fueran.
Pero no será así: las doncellas y jóvenes
más poéticos, esos que sueltan los crepúsculos
primaverales, más y más hondos, en bailes
y calientes teatros, siempre llenos de mansa
comprensión, seguirán sus suspiros lanzando
por Filomela, siempre pidiendo compasión.

Amigo mío, y tú, nuestra hermana: nosotros
nos atenemos a otra tradición diferente:
¡no hemos de profanar así estas dulces voces
de la Naturaleza, llenas de amor y gozo!
Éste es el Ruiseñor alegre, que con prisa
agolpa y precipita sus deliciosas notas
en un denso gorjeo rápido: se diría
que teme que una noche de abril sea muy corta
para lanzar al aire su cántico de amor
y descargar su alma de su música entera.
Y sé de una arboleda de mucho espacio, junto
a un enorme castillo que no habitan los grandes
señores: y está todo silvestre, en sotobosque
enredado, y los rectos paseos se han borrado,
y flores y hierbajos crecen por los senderos.
Pero no he visto un sitio más rico en ruiseñores:
de lejos y de cerca, en el seto o el bosque,
sobre la ancha arboleda, responden provocándose
a cantar unos a otros, como en escaramuzas
y en pasos caprichosos, murmurando sus trinos
melodiosos y rápidos, con un solo sonido
de gorjeo profundo más dulce aún que todos;
renovando así el aire con armonía tal
que si cerráis los ojos olvidaríais casi
que ahora no es de día. A la luz de la luna,
en arbustos de hojitas apenas entreabiertas,
tal vez podríais verlos en las ramas: sus ojos
brillantes, a la vez brillantes y redondos,
resplandeciendo, mientras en la tiniebla muchas
luciérnagas encienden la antorcha del amor.
Una amable doncella que reside en su hogar
hospitalario junto al castillo, al ocaso
(tal como una señora con pasión entregada
a algo más en el bosque que a la Naturaleza),
por las sendas avanza: sabe todas sus notas,
esa amable doncella, y a menudo, un momento,
mientras quedó la luna oculta en una nube,
escuchó que una pausa de silencio se abría:
hasta que, al emerger la luna, despertó
tierra y cielo en la misma sensación, y esas aves
en vela se lanzaron a un coro ministril,
como si una galerna repentina de pronto
arrastrara cien arpas aéreas. También
vio muchos ruiseñores posándose aturdidos
en una rama en flor mecida por la brisa,
y acompasando aquel movimiento su canto
caprichoso, lo mismo que el embriagado Gozo
que con sus tambaleos sacude la cabeza.

¡Adiós, oh Gorjeante! Hasta el próximo ocaso,
y vosotros, amigos, ¡adiós, un breve adiós!
Hemos ido vagando gratamente y despacio;
ahora, a nuestros hogares queridos. ¡Esas notas,
otra vez! ¡Ojalá pudiera demorarme!
Mi niñito pequeño que, incapaz de sonido
articulado, todo lo estropea imitándolo
balbuceante, ¡cómo se pone tras la oreja
la manita y levanta el diminuto índice,
pidiéndonos que oigamos! Y está muy bien hacerle
compañero de juegos de la Naturaleza.
Él conoce la estrella de la tarde: una vez,
cuando se despertó de un humor apurado
—algún dolor interno le había suscitado
esa cosa tan rara, un sueño de niñito—
me apresuré con él a nuestra rosaleda,
y él observó la luna, y, callando en seguida,
suspendió los sollozos y se rio sin ruido,
mientras sus lindos ojos, inundados de lágrimas
sin caer, fulguraban en la amarilla luna.
Bien; ésta es una historia de padre; mas si el Cielo
me da vida, su infancia se ha de hacer familiar
con estos cantos, para que pueda ver unida
la alegría a la noche. Una vez más, adiós,
oh dulce ruiseñor, y adiós, amigos míos.

                                                         1798

Samuel Taylor Coleridge, incluido en Poetas románticos ingleses (BackList, Barcelona, 2010, trad. de José María Valverde).

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