que se esconde tal vez y no aparece,
pero que sigue allá.
Algo extraño... Algo tierno y oscuro.
Es tal vez el recuerdo.
El recuerdo de un día insípido y sin fondo,
de una noche encerrada quizá en un manto de olvido.
Si te hubieras hundido en los cofres del mar,
se te habrían llenado las manos de conchas...
Un recuerdo.
Es tal vez el pesar.
Que de haber enterrado un cadáver,
habrían echado hoja las raíces,
y madurado, espléndidos, los frutos.
Es tal vez la nostalgia.
Que al llegar a las calles de la ciudad la noche,
y sumergir las playas en silencio,
se desploman los pasos del gozo y la paciencia.
Y nada ya, ni nadie, detiene a la tristeza.
Lo triste se despierta al final de la tarde.
Va pasando los miembros y las puntas,
y pesa en el acento, en la seña y los ojos.
Pero es tierno.
Nos cierra en un sopor seguro y entregado,
con ojos sensitivos que no hieren al párpado,
y húmedos suspiros que acarician los pechos y las frentes.
Alentando esperanzas, maravillas, ensueños y pasiones.
No pidas a lo triste que todos los días cruce
el puerto de los ojos.
No pidas a lo triste que se muestre y repita,
porque sigue escondido.
No pidas a lo triste que se pare,
porque vuela como una gaviota.
Dile,
cuando se han acercado los espacios y lo blanco tus ojos nacarea,
cuando el lugar de lágrimas se nubla,
como si fuera un sueño:
Me tienes, y te abro
el cofre de mi herido corazón,
para que llueva música de llanto.
Si el instante supremo de dolor pudiéramos vivirlo
por dos veces,
en su sencilla hondura, triste y quieta.
Si el lamento naciera dos veces,
puro..., sin alegría.
Si pudiera sentirse dos veces eso triste,
contemplar su sorpresa,
ver su rostro y su marcha.
¡Si un día se recostara en el puerto de los ojos!
¡Si todos tus viajeros,
un día —¡ay, cosa triste!—
descendieran!
Salah Abdel Sabour, incluido en Poetas árabes realistas (Ediciones Rialp, Madrid, 1970, ed. y trad. de Pedro Martínez Montávez).
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