Al ponerse el sol, los balcánicos estaban derrotados. ¡Oh, desolación!
La gran península se despertó europea y se acostó asiática.
El desastre corría por mesetas y desfiladeros
que, al no poder contenerlo, lo remitían hacia las cimas jadeantes;
a su vez éstas lo despeñaban buscando islas en las que repartirlo.
Pero no había islas ni archipiélagos. Era todo un revoltijo.
Ciegas, las tormentas se arremolinaban, dando con la cabeza en el firmamento
y los relámpagos, tan pronto como nacían, envejecían instantáneamente en los lodazales.
El cielo rasgaba sus vestiduras. ¡Oh desgraciados, pueblos de los Balcanes!
¡Desventuradas lenguas estériles de desinencias raquíticas, de alfabetos sanguinolentos!
¡Nunca jamás, qué desgracia, podréis dar a luz un solo poema!
¡Cuánta sangre deberá verterse para reconstruir lo que fue destruido aquí mismo!
Cae la noche. Gélido y anónimo, el cielo se despliega al infinito.
La luna en cuarto menguante se levanta sobre la llanura que va a engullir.
Ismail Kadaré, incluido en Antología. Poesía albanesa hoy (Diputación de Zaragoza, 1992, selec. de Robert Shvarc, trad. de Mira Meksi y Francisco J. Uriz).






