Cae la tarde en los barrios bajos de la ciudad
dando un tono grisáceo a las casas mugrientas.
Sobre las aceras, en una orfandad
de vestidos rotos, se arrastran los niños de caras macilentas.
La púrpura y el oro
de la tarde que llora,
no deja en la sonora
calleja de los pobres —cantan en coro
los niños canciones lejanas—
sus iluminaciones.
Y se hallan las ventanas
de los viejos mesones
sucias, y con parches de un papel atiesado
por todas las lluvias frías y augurales,
que caen en los sombríos inviemos espectrales
en un acompasado
ritmo burlón.
Por la estrecha calleja,
larga y zigzagueante,
la queja
emocionante
de un viejo violín, ofrenda una canción
de una monotonía
pobre, como el ropón
que cubre las miserias del triste mendicante.
Amarga letanía
de angustia y de fracaso,
que brota de las cuerdas de un sucio violín
que toca este mendigo, en su grotesco ocaso,
cual si fuera el lamento de su próximo fin.
Poco a poco la tarde cae en la vieja ciudad,
y juegan los niños, rotos los vestidos, llenos de orfandad.
Otros poemas de Andrés Carranque de Ríos