martes, 10 de marzo de 2026

Poema del día: "Casa de Baudelaire", de Óscar Cerruto (Bolivia, 1912-1981)


Gran padre
de la iglesia penitencial
y armado
también cercado
de días como llamas.

Aquel a quien escarnece
el polvo del derrumbe
y los cuervos
comen los ojos
hundido hasta el cuello
en los aceites
vitandos.

A quien en el ultraje
como una epítima
menesterosa
los jueces llamaron
el Poeta
vistiéndolo de miel
y plumas huracanadas.

Vivir es devorar.
La boca del Héroe condenada está
a conocer cien muertes
ejercidas por el coro
de inexistencias.

Los cancelarios del templo
le negaron la puerta
calafateándola
de sorna.
Y sólo el Gran Viejo
del Siglo pasó
por el rostro en derrota
sus dedos
de grandeza.

Un solo grano
de impureza
hará de su noble
substancia
motivo de escándalo
había dicho
la Ardiente Voz
de Avon.

Él enviaba ya
en su defensa
un ángel de oro
flamígero.
Sabía por qué sangraban
sus manos
con esa pólvora secreta
que quema
lo que toca.

¿Y esas lámparas que arden ahora
en la lengua
de los sensatos?
¿No son los mismos
que ayer entapujaban
como objeto de trastienda
los pañuelos
impúdicos?

Los inseducidos
prescribiendo
sangrías
al poema.

Quisiera despertar
en esta Casa de los Limbos
el Donador
y reír
como un delito
rodeado por los gatos
del sarcasmo.

Quisiera sentir
que se parten los
muros con su risa
mientras la luna
golpea
en su garganta
o canta
el vino de la muerte
corriendo por las calles
del martirio.

Desde el fondo del
Infierno
levanta la copa
inmemorial
colmada
de ascuas.

Y reluce el Donador
se lo ve
reluciendo en el fuego
como un lirio
de los lupanares.

Óscar Cerruto, incluido en El árbol y la piedra. Poetas contemporáneos de Bolivia (Monte Ávila editores, Caracas, 1986, ed. de Eduardo Mitre).

Poemas de Charles Baudelaire en el blog

Otros poemas de Óscar Cerruto

lunes, 9 de marzo de 2026

Poema del día: "El baño de los soldados", de FT Prince (Gran Bretaña, 1912-2003)


El mar, en la tarde, por la arena avanza.
A la luz del poniente la libertad contemplo
de un grupo de mis soldados que, desvestidos
para bañarse, gritan y corren en el aire cálido.
Su carne, desgastada por el oficio de la guerra, revive,
y, contemplándolos, trato de hallarle a esto algún sentido.

Patético es, ahora, todo. El cuerpo que era rudo,
recio y ávido, en acción o en reposo repugnante,
todo hervor, sudor y suciedad, todo fuerza animal
y animal vencimiento, por el dolor y la fatiga, al fin,
frágil y luminoso se volvió. Pobre animal desnudo y ahorquillado
consciente de sus deseos y necesidades, de la carne que se levanta y cae,
yérguese en el aire tibio, tras el ajetreo gozando
la delicia de su desnudez, y, mientras las frías olas
sus espumeantes lenguas dejan a sus pies, olvida
su aversión a la guerra, la terrible pulsación que pone en marcha
esa máquina de muerte y esclavitud
por la que cada esclavo hace esclavos a otros, y se encuentra
recordando su vieja libertad en un juego
en el que, burlándose de sí mismo, cómicamente el miedo y el pudor remeda.

Juega el soldado con la muerte y la animalidad,
y yo, leyendo en las sombras de su pálida carne, veo
aquel tema de un dibujo de Miguel Ángel en el que aparecen
unos soldados, en mitad de su baño interrumpidos
por alguna salida del enemigo: un episodio
de las guerras de Pisa con Florencia. Recuerdo cómo los muestra
con sus musculosos miembros emergiendo del agua
y sobre los hombros vueltas las cabezas, aprestándose a la matanza
con olvido de sus cuerpos, que estaban desnudos,
y afanándose por ceñirse y usar las armas, que yacían allí.
Y recuerdo también otra escena, en la que el artista
—¿era, acaso, Antonio Pollaioulo?—,
esbozando macilentos cuerpos sobre un siniestro fondo rojo,
plasmó una batalla desnuda: esparrancados guerreros que, hundidos
en el suelo los dedos de sus pies, acuchillaban al enemigo
y daban muerte al hombre, al desnudo hermano que, caído,
mostraba los dientes en la mueca de sus contraídos labios.
Tratábase de italianos que conocían la tristeza y deshonor de la guerra,
y la mostraban suspendida, en la desnudez, un tema,
por la experiencia confirmado, del extremo horrible de la guerra
bajo un cielo donde hasta el aire está empapado
de Lachrimae Christi. Y esa furia y amargura, esos golpes,
ese odio de los muertos, ¿qué podría ser
sino, indirecta o brutalmente, un comentario
de la Crucifixión? Pues el cuadro arde
en indignación y lástima y desesperación y amor, por veces,
porque es el anverso de la escena
en que cuelga Cristo asesinado, desnudo, sobre la Cruz.
Quiero decir
que es la explicación de su furor.
Y nosotros también sentimos la amargura y lástima que incitan
al pensamiento y horror en esta guerra. Mas ya la
noche empieza, noche de la mente: ¿quién, hoy día, es de nuestros pecados sabedor?
Con todo, en cada acto humano nuestra sangre participa
y debiéramos saber lo que nadie ha comprendido todavía, y es
que algún gran amor sobre cuanto hacemos está,
y que él nos ha impulsado a esta furia, pues tan pocos
todo el terror de ese amor soportar pueden:
el terror de ese amor nos echó, volteándonos, en este surco
que ha fertilizado nuestra sangre...
                                                       Mas ya mis soldados se secan
para vestirse, toman sus camisas y de su desnudez
el temor y la vergüenza olvidan.
Porque amar es terrible, preferimos
la libertad de nuestros crímenes. Mas al aspirar el aire oscuro
siento un extraño deleite que me colma,
una gratitud, como si el mal mismo fuera bello;
y beso la herida en el pensamiento, mientras, en el poniente,
contemplo la enrojecida raya que pudo
del pecho de Cristo haber brotado.

FT Prince, incluido en Antología de poetas ingleses modernos  (Editorial Gredos, Madrid, 1963, trad. de Jesús Pardo).


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domingo, 8 de marzo de 2026

Poema del día: "Canción (versión 2)", de Florencia Pinar (España, ca 1470-ca 1530)


El amor ha tales mañas
que quien no se guarda dellas,
si se l’entra en las entrañas,
no puede salir sin ellas.
El amor es un gusano
bien mirada su figura,
es un cáncer de natura
que come todo lo sano.
Por sus burlas, por sus sañas,
dél se dan tales querellas
que si s’entra en las entrañas,
no puede salir sin ellas.
Es de diversas colores
que quien no se guarda dellas,
si se l’entra en las entrañas,
no puede salir sin ellas.
Es de diversas colores,
críase de mil antojos;
da fatiga, da dolores,
rige grandes y menores,
ciega muchos claros ojos;
y aquellos, desque cegados,
no quieren verse en clarura;
hállanse tanto quebrados,
que dicen los desdichados
es un cáncer de natura,
a quien somos sojuzgados.
Éntranos por las axiellas
cuándo quedo, cuándo apriesa,
con sospechas, con rencillas;
y al contar destas mancillas
tal se burla que s’confiesa,
y aun las más defendidas
señoras del ser humano
cuando deste son heridas,
si saben y son garridas,
y a ellas come lo sano
y a nosotros nuestras vidas.

Florencia Pinar, incluido en Antología de poetas españolas. De la generación del 27 al siglo XV (Alba Editorial, Barcelona, 2018).


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sábado, 7 de marzo de 2026

Poema del día: "El castillo de naipes", de Pierre Unik (Francia, 1909-1945)


Es más bello que el color de ese guante olvidado en el mar
y en los surcos desiertos no encuentro más nada
pero allá lejos los instrumentos de música se reúnen
en una alcoba
en un carro cuadrado
y es el amor que comienza
con festones en los cuatro ángulos
y batallas que nunca terminan
adiós maravilla adiós no tienes corazón
sino un álamo manso en la solapa del saco
y no es sin dar la alarma que mi voz llega a tu ciudad
La barca en la que se suicidan los fantasmas después de una inmersión prolongada en el cadmio de las consagraciones
la barca desnuda se presenta a mi puerta
y llama con todo su negro cielo
"pálida, dice ella, pálida más pálida que tu esposa"
yesos dientes en el sonido de la mirada me trituran
esos dientes de cadena y de incendio
incendio en que las mujeres forman la cadena
para impedir que nazca el nueve de espadas
el paje diabólico que tiene surgente de florestas
ese paje lo conozco es el nueve de espadas
y las mujeres en la ciudad son más pobres de lo que esperaba
más pobres que mi venganza
y que mi furia
más pobres que un cartero que sólo posee el abandono
sobre una casa de ocho pisos
de un billete de ida y vuelta para la horca
Es en la encrucijada del camino y de la muerta
donde se levanta el poste indicador de las enamoradas
allí acuden todos los meses a recoger los rumores
allí se encuentran pero no se ven jamás
El espantajo del castillo de naipes
el maniquí de silencio
con armadura de brezales
con su llama y su tahalí
el espantajo de los siglos
a la salida del subterráneo
no hay laberinto que importe
todas las alas y todas las llaves abren los poros del castillo de naipes

Pierre Unik en La Révolution Surréaliste (nº 9 y 10, 1927), incluido en Antología de la poesía surrealista de lengua francesa (Fabril Editora, Buenos Aires, 1961, selec. de Aldo Pellegrini).

viernes, 6 de marzo de 2026

Poema del día: "Cantar III", de Ezra Pound (Estados Unidos, 1885-1972)


Yo me sentaba en las gradas de la Dogana
porque las góndolas costaban mucho, aquel año,
y no estaban “esas niñas”, sólo había una cara,
y el Buccentoro veinte yardas allá; aullando “Stretti”,
y los rayos de la iluminación cruzados, aquel año, en el Morosini,
y pavos reales en casa de Koré, o pudo haber habido.
                   Dioses flotan en el aire azur,
brillantes dioses y toscanos, de vuelta antes que el rocío se derramara.
Luz: y la primera luz aun antes de que cayera ningún rocío.

Paniscos, y salidas del roble, dríadas,
y del manzano, melíadas,
por todo el bosque, y las hojas están llenas de voces,
suspirantes, y las nubes se doblan sobre el lago,
y hay dioses sobre ellas,
y en el agua, las bañistas de blancura almendra,
el agua plata vidrea los erectos pezones,
                 como Poggio lo observara.
Venas verdes en el turquesa,
o, las gradas grises llevan hacia arriba bajo los cedros.

Mi Cid cabalgó a Burgos
hasta la puerta claveteada entre dos torres,
golpeó con el cabo de su lanza, y la niña salió fuera,
una niña de nueve años,
al pequeño pasadizo sobre la puerta, entre las torres,
leyendo el decreto, voce tinnula:
que ningún hombre hable, dé de comer, ayude a Ruy Díaz,
bajo pena de sacarle el corazón, empalarlo en una pica
y ambos ojos arrancados, y todos sus bienes confiscados,
“y aquí Myo Cid, están los sellos,
el gran sello y el escrito”.
Y él venía desde Bivar, Myo Cid,
donde ni un solo halcón se le quedó en las percas,
y ni un solo vestido en los armarios,
y dejó su cofre con Raquel y Vidas,
aquella gran caja de arena, con los empeñadores,
para sacar el pago de su mesnada;
abriéndose paso a Valencia.
Ignez da Castro asesinada, y una pared
aquí desmantelada, aquí dejada en pie.
Triste basura, residuos de pintura caídos de la piedra,
o cascajos de mezcla, Mantegna pintó la pared.
Girones de seda, “Nec Spe Nec Metu”.

Ezra Pound, incluido en Antología de la poesía norteamericana (Fundación editorial El perro y la rana, Venezuela, 2007, selec. de Ernesto Cardenal, trad. de José Coronel Urtecho y Ernesto Cardenal).

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jueves, 5 de marzo de 2026

Poema del día: "Harén", de Dženana Hadžihafizbegović (Bosnia y Herzegovina, 1990)


circuncidada en sangre
desapasionada,
virgen enamorada –
cuerpo obediente a las tareas
despide a la juventud
circuncidada en sangre
desapasionada,
virgen enamorada –
las noches nos roban la dignidad
en el rango de decapitado
circuncidada en sangre
desapasionada,
virgen enamorada –
debajo de las cicatrices en una piel sana
no curan las heridas profundas del matrimonio
una bestia viva, sin alma
circuncidada en sangre
desapasionada,
virgen enamorada –
inocente en la cercanía
penetrar su mirada
a través de los ojos, en el alma
inocente en mutua confesión de dolores
circuncidada en sangre
desapasionada,
virgen enamorada –
esclavas, en la cadena del collar con el que sueña

Dženana Hadžihafizbegović, incluido en Revista Kametsa (2022, Perú).

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miércoles, 4 de marzo de 2026

Poema del día: "Croquis", de Guillermo Valencia (Colombia, 1873-1943)


Bajo el puente y al pie de la torcida
y angosta callejuela del suburbio,
como un reptil en busca de guarida,
pasa el arroyo turbio...
                                      Mansamente
bajo el arco de recia contextura
que el tiempo afelpa de verdosa lama
sus ondas grises la corriente apura,
y en el borde los ásperos zarzales
prenden sus redes móviles
al canto de los yertos peñascales.
Al rayar de un crepúsculo, el mendigo
que era un loco tal vez, quizá un poeta,
bajo el candil de amarillenta lumbre
que iluminaba su guarida escueta,
lloró mucho...
                        Con honda pesadumbre
corrió al abismo, se lanzó del puente,
cruzó como un relámpago la altura,
y entre las piedras de la sima oscura
se rompió con estrépito la frente.

Era al amanecer. En el vacío
temblaba un astro de cabeza rubia,
y con la vieja ráfaga de hastío
que despierta a los hombres en sus lechos
vagaba un viento desolado y frío;
se crispaban los frágiles helechos
de tallos cimbradores; lluvia densa
azotaba los techos:
enmudecía la ciudad inmensa
y me dije: ¡quién sabe
si aquellas tenues gotas de rocío,
si aquella casta lluvia
son lágrimas que vienen del vacío
desde los ojos de la estrella rubia!

Rubia estrella doliente,
solitario testigo
de la fuga del pálido mendigo,
¿fuiste su ninfa ausente?
¿eres su novia muerta,
que a los albores de otra luz despierta?
Rubia estrella, testigo
de la muerte del pálido mendigo,
cuéntame a solas su pasión secreta:
¿fue él acaso tu férvido poeta?
¿en las noches doradas,
bajo el quieto follaje de algún tilo,
tus manos delicadas
le entornaron el párpado tranquilo,
mientras volaba por su faz inquieta
tu fértil cabellera de violeta?
Rubia estrella doliente,
solitario testigo
de la fuga del pálido mendigo...

Va cayendo la tarde. Soplo vago
de insólita pavura
mana del fondo de la sima oscura,
y el cadáver, ya frío,
se ha llevado en sus ímpetus el río.

Entre la zarza un can enflaquecido
lame con gesto de avidez suprema
el sílex negro que manchó el caído
con el raudal de sus arterias rotas;
luego el áspero hocico relamido
frunce voraz, y con mirada aviesa,
temeroso que surja entre la gente
alguien que anhele compartir su presa,
clava los turbios ojos en el puente...

Guillermo Valencia en Ritos (1899), incluido en Antología crítica de la poesía modernista hispanoamericana (Ediciones Hiperión, Madrid, 1992, selec. de José Olivio Jiménez).

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