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martes, 10 de noviembre de 2009

"Herta Müller, una narrativa a favor de la libertad integral", artículo del Lic. Miguel Fajardo Korea sobre la Premio Nobel rumana


Cada año, la designación del Nobel de Literatura provoca expectativas y quinielas. Este año, la escogencia de la rumana Herta Müller (1953) ha generado incertidumbre en algunos sectores. Sin embargo, al leer dos de sus obras destaca tanto su calidad literaria como la valentía de su voz narrativa, sin ataduras.


   Ella ha centrado sus relatos a favor de los débiles, los desheredados, las minorías étnicas y, sobre todo, su vehemente y vigorosa voz está a favor de la libertad integral del ser humano, en cualquier parte de la aldea global, así como su lucha personal contra las dictaduras. Ella ha sido víctima de éstas, tanto es así que debió abandonar su país.

   "Cuando una vida humana ha sido más corta que la de una dictadura, esa vida ha sido robada por el Estado", ha dicho la narradora rumana. Con esa rotundidad y con un pensamiento a favor de la libertad del individuo planetario, Herta Müller no ha sido una voz complaciente para algunos círculos.

   Una vez enterado de su designación, escribí un correo electrónico al poeta español Francisco Cenamor, quien gentilmente rastreó los libros y encontró dos de ellos en la librería Punto y Coma, en Leganés (Madrid). De esa manera, dichos ejemplares han de ser de los primeros en Costa Rica.

   Además, me di a la tarea de dar seguimiento informativo a través de Internet, lo que me llevó a contactar con el escritor Javier García-Galiano, especialista en literatura alemana, quien manifestó: “me resulta muy grato que una nota periodística mía le sirva a un lector para descubrir una obra como la de Herta Müller, que a mí me sorprendió hace diez años, cuando el Goethe-Institut me invitó a presentarla en una lectura que sostuvo aquí, en la Ciudad de México”.


   La lectura que he realizado a dos de sus obras, a saber: En tierras bajas (1990) y El hombre es un gran faisán en el mundo (1992), editadas por Ediciones Siruela, Madrid, 2007, traducción de Juan José del Solar, deja ver a una narradora con una propuesta de discurso, donde interesa lo inclusivo, la justicia. Sus 65 textos significan una toma de conciencia con los sufrimientos del ser humano.

   Sus ejes temáticos reflejan la desolación, la dureza del desarraigo y los desplazamientos y la denuncia “Un soldado ve a la lechuza joven entre la maleza. Apoya el fusil en la hierba. Se levanta. La bala parte. Y da en el blanco. El muerto es el hijo del sastre. El muerto es Dietmar” (p. 102).

   En la obra de Herta Müller, Windisch es el personaje que activa su discurso, porque “desde que se propuso emigrar ve el final en todos los rincones del pueblo” (p.14). Sus textos muestran oraciones breves, predominio de narraciones omniscientes y estilo indirecto. Igualmente, gusta del cuadro descriptivo como eslabones puntuales para conformar relatos, donde se incluye, con gran propiedad, los planos de lo cotidiano necesario.

   La narrativa de Herta Müller incorpora a los segmentos sociales menos favorecidos: campesinos, peleteros, molineros, pastores, sastres, tractoristas, carniceros, ancianos, sepultureros, carpinteros. Todos ellos luchan contra las instancias de dominación política y económica. Esos planos disímiles se ven reflejados en su obra como un fresco de gran crudeza, donde se critica un estado en descomposición: sobornos, abusos, vejaciones, corrupción…

   A pesar de ello, la familia lucha por mantenerse unida, pero las condiciones sociales imperantes las van acorralando. En el mundo discursivo de la escritora rumana hay recurrencia a una estética del vacío, de hecho, esa palabra se menciona muchísimas veces, con un sentido de tristeza, pérdida y desolación: “Pronto estaréis libres de nosotros” (p.71). Además, narra el calvario kafkiano para obtener un pasaporte que les permita emigrar y todas las implicaciones de corrupción y agresiones como norma institucionalizada: “Es como si nunca hubiéramos vivido aquí” (p. 117).

   Se denuncia con frontalidad nostálgica una temática angustiosa para el ser humano: “Ya sé que las despedidas son dolorosas…Es como estar otra vez en la guerra… Uno parte y no sabe cómo ni cuándo ni si regresará” (p.112).


   El juego discursivo de la autora rumana no da margen a ambivalencias. Es frontal. Su crítica es fuerte, irónica, como puede leerse en En tierras bajas: “La cruz más grande es la cruz de los héroes. Es más alta que la capilla. En ella figuran los nombres de todos los héroes de todos los frentes y de todas las guerras, incluso los de todos los desaparecidos, que en el pueblo se llaman deportados” ( p.162).

   En este cosmos narrativo se observa la involución de los personajes, consecuencia directa de un orden represivo, violento e irónico. En El gallo ciego se ejemplifica las garras de los abusos contra la gente humilde y La gran casa denuncia los tentáculos del estado impersonal, que interviene a su antojo en la vida de los seres humanos.

   Sus relatos significan una apuesta fervorosa con la libertad integral del ser humano, se aborda la condición del extraño en su propio mundo, tal es el caso de los excluidos: “Nadie me mira. Todos no son más que espaldas y talones y lazos de delantal y puntas de pañuelos. Todos callan. Y aún hoy siguen callando, pero me excluyen” (p.145).

   La narradora galardonada denuncia la pérdida de los bienes materiales de la población: “Algunos campesinos dicen que después de la estatización, que en el pueblo se llama expropiación, no ha vuelto a haber una cosecha de verdad” (ETB, p.158). Sus abordajes no incluyen temas recurrentes en otros autores.

   La voz rumana de Müller es una apuesta contra la opresión. El ser humano debe ser más importante que cualquier ideología.

Lic. Miguel Fajardo Korea, Premio 'Omar Dango' de la Universidad Nacional de Costa Rica 2009

martes, 20 de enero de 2009

Artículo de Francisco Cenamor sobre la novela ‘El sobre negro’, del escritor rumano Norman Manea

El sobre negro (Tusquets Editores, Barcelona, 2008), de Norman Manea, es un claro ejemplo de cómo tratar lo global desde lo local. Cómo desde un personaje, Tolea, un antiguo profesor de instituto, algo más que alocado, se puede contar la historia de desesperanza, de miseria moral y económica que atravesaban las personas que vivían, a principios de los años ochenta del pasado siglo, bajo la cruel dictadura comunista de Nicolae Ceaucescu.

Lo mejor de la novela, al menos para mí, sin duda, es la renuncia que hace Manea a utilizar una narración formal, en la que hay un principio y un final y todo se va descubriendo. Descubriendo, porque Tolea trata de descubrir quiénes conspiraron contra él para echarle de su refugio estudiantil provinciano y obligarle a refugiarse en la ciudad de locos que es Bucarest. Y, más allá, cuáles fueron las causas del suicidio de su padre, bajo la dominación nazi o a comienzos de la era comunista, y si realmente fue un suicidio.

Desde ese supuesto planteamiento inicial, la resolución de dos hechos en la vida del protagonista, nos adentraremos en una narración deslavazada, aparentemente, que nos mostrará sensaciones y pequeñas escenas cotidianas, puerta para entrar en la verdadera historia del libro: la sinrazón de la dictadura, la asfixia individual ante la falta de libertad, las intrincadas relaciones sociales de corrupción permanente, de sospecha permanente ante posibles confidentes o contrarrevolucionarios.

El caos de las vidas cotidianas se refleja en los cambios de narrador, casi párrafo a párrafo, en los que, por momentos, apenas sabemos quién nos está hablando, o si Tolea persigue la verdad o está poseído por su propia locura. Muestra de ello es también la permanente confusión de personajes, que, en el mismo escenario, pueden ser dos o tres personajes distintos.

Corremos, al leer, el riesgo de perdernos, pero, precisamente, creo que eso juega a favor del libro. Cuando comenzamos a pensar “¿qué me está metiendo este aquí en medio ahora?”, dejamos de pensarlo cuando disfrutamos de la narración pura y dura, en sí misma, sin que nos importe si ayuda o no a comprender la trama. O cuando el relato se dispara en un sentido que no era el que estábamos leyendo y todo se vuelve ensoñación o posibilidad de locura, precisamente eso es lo acertado de la novela: si el personaje está loco, ¿qué mejor manera de mostrarlo?

En resumen, nunca había disfrutado tanto perdiéndome y que viva el riesgo a la hora de escribir. Y como consejo: leer una breve biografía de Ceaucescu al finalizar el libro, por ejemplo, la de Wikipedia, nos dará algunas claves sobre la novela.

Por su parte, Norman Manea tiene una de esas vidas que, aunque dolorosas por momentos, eso fijo, son plenas por esa idea de “estar” en la Historia, que pocas veces sentimos los humanos corrientes. Nació en Rumanía en 1936 y fue deportado con su familia a un campo de concentración nazi en Ucrania (una de las sospechas presentes en el libro: la posible conversión de colaboradores de los nazis en nuevos comunistas). En su juventud, se entusiasmó con la utopía comunista, de la que fue alejándose según vivía la realidad del día a día de la dictadura de Ceaucescu, para exiliarse a Estados Unidos poco antes de caer el dictador, en una breve pero intensa revolución que, curiosamente, nunca deduciríamos del pesimismo de la novela. Novela, por cierto, El sobre negro, escrita en 1986 y reescrita en 2007, versión, esta última, que aquí se presenta.

Francisco Cenamor