Mostrando entradas con la etiqueta teatro. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta teatro. Mostrar todas las entradas

martes, 14 de diciembre de 2010

'El poder y la palabra ante la tortura', artículo del Lic. Miguel Fajardo Korea sobre la obra de teatro 'Pedro y el capitán', de Mario Benedetti

El problema por tratar será la relación entre el poder y la palabra ante la tortura en la obra dramática Pedro y el capitán, del uruguayo Mario Benedetti (1920-2009). La hipótesis que se maneja es la siguiente: ¿Es la palabra un procedimiento liberador ante los sistemas que detentan el poder político? Se propone una lectura socio-ideológica que configure una cosmovisión, tanto textual como socio-histórica, en relación con el tejido textual expuesto en la pieza teatral Pedro y el capitán, de Mario Benedetti.
   El trabajo contendrá un acercamiento teórico sobre el enfoque de los textos que versan sobre la tortura o la persecución, además, se incluirán marcas textuales para la mostración del discurso teatral benedetiano, con el objetivo de ejemplificar las afirmaciones contenidas en el trabajo. Así mismo, se hará algunas consideraciones finales. No se establece secciones por cuanto lo que se pretende es reflejar la integralidad temática descrita. Los seres humanos han estado sometidos, desde su existencia, a la esfera del poder; el cual varía en su dimensión, pero está latente, sin esconderse, porque se evidencia como una estructura cerrada. Los alcances del poder propician una alienación mediante el horror y el absurdo, contra el ser individual dentro del factor colectividad.
   Es clara la dualidad entre el ser y el deber ser: “El poder queda definido como la capacidad de influir en las conductas, de cambiar el curso de los acontecimientos, de vencer resistencias y de conseguir que la gente haga algo que de otro modo no haría” (Pfeffer, 1993: 28).
   En Pedro y el capitán, de Mario Benedetti, se evidencia que el sistema político -el capitán- detenta el poder y lo ejerce contra aquellos individuos que no se suman a él, por el contrario, tratan de afirmar su derecho de conciencia. El capitán es arbitrario, inhumano, cruel; persigue un objetivo, que Pedro -el reo político- hable: “Vos hablás, cuanto antes mejor, así no tenemos necesidad de amasijarte” (bid.p, 27). El largo silencio mostrado por Pedro es un tiempo sicológico que, poco a poco, irá minando la resistencia del capitán, y, consecuentemente, provocará el resquebrajamiento del sistema represivo.
   Para Foucault: “el poder no se tiene, se ejerce (…) Foucault dirige su mirada no al poder en sí, sino al cómo se ejerce, a lo que sucede cuando los individuos ejercen su poder sobre otros” (Amoretti, 1992: 89). Es decir, hay una microfísica del poder, ya que este se relaciona con el saber. En la medida que el capitán obtenga la información del preso, en esa dimensión triunfará él, al igual que su sistema opresivo. La búsqueda estriba en el saber las respuestas del recluso, no importa los procedimientos por utilizar. El ensañamiento del capitán contra Pedro es un proceso de aniquilamiento síquico. Su palabra es la del victimario: “los castigos van siendo progresivamente más duros. Y al final todos hablan” (ibid.p, 18). El militar establece un mecanismo para vencer al victimado. Es una contraofensiva lingüística: “el único silencio que yo justifico es el de la primera sesión. Después, es masoquismo” (ibid.p, 19). El verdugo menciona el silencio por primera vez, marca semiótica que será decisiva como un vacío de la palabra, como una ausencia que hará posible la derrota del sistema represivo.
   El capitán coronel no tiene nombre ni apellido, con ello, se hace alusión a su rango dentro de la jerarquía castrense. En el texto, el dramaturgo da un máximo de conciencia posible al lograr la redención del reo, quien no habla ni da ninguna información sobre sus compañeros y compañeras de causa. La humillación del capitán es clara: se postra ante el reo, para suplicar, pedir y rogar: “¿va a decirme un nombre y un apellido? ¿va a decirme solamente eso?” (ibid.p, 87). Se observa, entonces, el poder mágico de la palabra, pero el silencio de Pedro es un vacío semántico que tiene un fin específico: aniquilar la fortaleza síquica del victimario.
   La sala de interrogatorios es un espacio cerrado que condiciona ese micromundo de autoridad. Es un reflejo desolador; cronotopo de angustia, desde el castigo es “un modelo compacto del dispositivo disciplinario” (Foucault, 1976: 20). El capitán conmina al reo para que hable, porque este le cae simpático; él se valora como bueno, pero es un doble discurso. La culpabilidad la transfiere el capitán al sistema de autoridad: “estamos dispuestos –no yo, en lo personal, digo, nosotros como institución- a romper no solo la crisma, sino los pulmones, el hígado y hasta…” (ibid.p, 24). Es una crueldad sistematizada. Es la lucha entre el individuo y el cuerpo inquisitorial.
   En Los rituales del poder se lee que la dimensión inquisitorial es dada por una “serie de microsemióticas que conectan al texto con un ambiente cerrado, de intolerancia, persecución, celo, vigilancia y represión contra todo aquel (a quien) se le sospeche” (Ramírez Caro, 1997: 2008). En el texto de Benedetti, el capitán es recurrente en la amenaza contra Pedro, acerca de los dispositivos con que cuenta el sistema para hacerlo hablar: la picana, los subordinados (bestias), la deformación profesional (referencia despectiva a la familia), la perforación de la esposa en presencia del acusado, etc. El cuerpo operacionaliza, además como un blanco de poder, basta repasar todas las partes corporales que son puntos por atacar con crueldad: rostro, uñas, abdomen, riñones, pulmones, huevos y largo etcétera.
   Todas las estrategias para hacer hablar al reo Pedro, Rómulo o Pedro Nada Más, no dan ningún resultado por el tono contestatario del recluso, quien monta su propio juego de palabras (su propio poder) para ir minando la sicología del victimario, cuando se declara “técnicamente muerto”; a partir de allí descalifica el discurso del sistema, por cuanto él se minusvaliza, se degrada como un “loco” y focaliza todo un proceso de ironización que minimiza, tanto la agresión, porque es contra un muerto, como la palabra del poder. Pedro: “Le comunico que se ha cagado usted en un cadáver, y eso, en cualquier parte del mundo y bajo cualquier régimen, constituye una falta de respeto” (ibid.p, 56).
   La estructura socio-ideológica de esta pieza teatral refleja las estructuras sociales y las variantes semánticas del texto, desde la óptica binaria del poder, como puede observarse en las siguientes dicotomías, inferidas a partir del texto benedetiano, a saber:

VICTIMADOR                                 VICTIMADO
Capitán coronel (jerarquía)           Pedro/Rómulo/Pedro nada más
Anticomunista                              Revolucionario
Habla                                            Guarda silencio
Suplica                                          Se mantiene firme
Arriba                                           Abajo
Sistema                                         Individuo                                
Libre                                            Amarrado
Uniformado                                  Con capucha
Ordena                                         Es golpeado
Alineado                                      Alineado
Se degrada a sí mismo                 Se declara muerto
Cuerdo                                        Loco
Sigue vivo                                   Agoniza
Allá                                             Aquí
Libertad                                     Encierro
No tiene a que asirse                 Tiene en que creer
Queda en la sombra                   Su muerte previsible lo libera

   Este texto muestra un universo plural de personajes y actitudes que encaran posiciones antinómicas, por lo tanto, son comportamientos disímiles frente a la cosmovisión humana.
   El castigo contra Pedro se da por las órdenes (palabra) del: “Lo digo, lo ordeno y otros lo cumplen” (ibid.p, 35). El capitán cree convencer a Pedro que le ha tomado simpatía y, por lo tanto, le evita castigos, pero su palabra (doble discurso) se deniega por sus propias acciones; el preso político responde: “Ya me reventaron, capitán. Su rapto de bondad llegó tarde ¡Cuánto lo lamento! Ya no tengo hígado y es probable que no tenga huevos. Por las dudas, no me he fijado” (ibid.p, 57). Es decir, el reo descalifica la palabra, el parecer discursivo del militar, quien cree engañar al preso, mas este lo descalifica.
   El capitán recurre a la palabra como un arma de salvación cuando trata al recluso; sin embargo, el no confía en ese discurso y le espeta: “De ninguna manera vas a poder, capitán. Ni tratándome de usted, ni de tú, ni de vos, ni de señoría” (ibid.p, 68).
   Otro pasaje donde muestra el poder de la palabra ante el torturador se presenta cuando Pedro tiene tres meses de encontrarse incomunicado y decide hablar a solas. El verdugo le propone que hable con él, a lo que el victimado responde: “Esto es hablar/ ¿Y qué es?/ Mierda, eso es. Hablo a solas porque tengo miedo de olvidarme de cómo se habla. /Pero hablo conmigo. / No me refiero a hablar con el enemigo” (ibid.p, 74). La rotundidad de la negación es una marca ideológica.
   Benedetti sostiene en el proemio del texto: “un hombre que usa su silencio casi como un escudo y su negativa casi como un arma” (ibid.p, 10). La recurrencia de Pedro en no dar información para proteger la identidad de sus compañeros de causa es un ejemplo de lealtad –no con una causa política-, sino con uno de los más altos valores de la condición humana.
   Los diversos noes, al final de cada uno de los cuatro actos, son de un significado extraordinario. Refleja un comportamiento ético, la identificación de la derrota del capitán y, por extensión, del sistema, que no ha hecho decir al reo, a pesar de su sistema autoritario, cosificador despersonalizante. Lo impasible se manifiesta con gran dureza en todos los contextos de situación contra el militante del otro sector político.

Consideraciones finales
• El poder ha existido desde el origen del ser humano como una manera de establecer límites al comportamiento, tanto individual como social.
• El poder y la tortura evidencian una alineación espiritual en quienes lo detentan.
• El poder castrense trata de vencer la resistencia del otro para influir en ellos.
• En Pedro y el capitán, de Mario Benedetti, el militar (sistema) tortura a Pedro, el preso político, para que delate a sus camaradas, sin embargo, en lealtad con su causa, no acepta la delación y se mantiene inquebrantable con sus convicciones.
• El silencio introspectivo que asume el victimado es su arma de lealtad con sus compañeros de rebeldía. Ese vacío semántico es una ausencia de palabras, que debilita el poder del sistema, el cual requiere información acerca de los revolucionarios.
• La sala de castigo es un espacio cerrado, solitario, donde el poder del capitán –la seguridad del Estado- se vuelve absoluto contra los intereses de los seres humanos en desgracia.
• Pedro o Rómulo reta, desafía el poder sistematizado con su silencio, además, su proceso de ironización es una estrategia que lo protege, es su anticuerpo descalificador de la autoridad política.
• La lectura socioideológica de este texto refleja las estructuras sociales homologadas con las estructuras textuales, por ello, resulta importante analizar las oposiciones victimador/victimado.
• La palabra, como vacío semántico, es un escudo de poder al que apela el reo, y es su posibilidad de negar (ausencia) lo que le confiere el triunfo ante el sistema.
• Los noes de Pedro frente a las súplicas del capitán son un cuerpo léxico que afirma la identidad ideológica del victimado frente al sistema represivo.
• La súplica del capitán coronel para que el reo hable es una prosternación de un ser que pasará de victimador a victimario, porque le falló al sistema –es previsible-, por eso queda en la sombra, al final de la obra, como un indicio pánico de su futuro en la ajenidad y la tortura reversible, porque no hizo hablar, pero él sí tendrá que hacerlo, pues no tiene principios cardinales a los que pueda asirse.

Lic. Miguel Fajardo Korea, Premio Nacional de Educación (Costa Rica, 2008)
miguelfajardokorea@hotmail.com

viernes, 3 de septiembre de 2010

Entrevistas Editoriales: Fernando Bercebal Guerrero, de Ñaque Editora

¿Desde cuando estáis editando y qué os motivó a comenzar?
En 1995, tras cerca de 10 años de experiencia en formación en Artes escénicas y su pedagogía, y un poco preocupados por la respuesta que dábamos a nuestros alumnos cuando pedían bibliografía –"¿La quieres en inglés, alemán o en castellano del año 60?"- decidimos que si no editábamos nosotros no lo iba a hacer nadie.

Así que organizamos una buena red de distribución, un buen inicio de catálogo y en febrero de 1996 presentamos nuestros tres primeros títulos, abriendo tres colecciones siempre especializadas en Artes escénicas y su pedagogía.

Somos Ñaque porque surgimos de nuestro propio grupo de teatro y nuestra asociación homónimas…, y porque somos dos, Cristina y Fernando, un ñaque.

¿Qué géneros publicáis normalmente?
Ya hemos comentado que somos una editorial muy especializada. Artes escénicas y su pedagogía. Nuestras colecciones son: 'Pedagogía teatral', 'Técnica teatral', 'Técnica escénica', 'Literatura dramática' y nuestra Revista Ñaque Teatro Expresión Educación .

¿Qué criterios tenéis a la hora de seleccionar los libros que publicáis?
Normalmente nos hemos destacado por intentar cubrir huecos ‘huérfanos’ en la bibliografía especializada. Cuando nos dimos cuenta de que no había buenos libros de pedagogía, comenzamos por ahí. Luego surgió la colección de 'Técnica escénica' pues no había nada de decorado, vestuario, iluminación… En cuanto a la literatura, somos reflejo de la dramaturgia española actual más representada o conocida como Juan Mayorga, Sergi Belbel, José Sanchis Sinisterra, José Luis Alonso de Santos, Lluïsa Cunillé, Darío Facal, Fermín Cabal, Paloma Pedrero…, pero también hemos dado impulso a autores noveles como Sonia Madrid, Tomás Lorente, Carlos Contreras

¿Admitís originales?, ¿cuál es el canal para ponerse en contacto con vosotros?
Sí admitimos originales y el canal más sencillo es Internet (naque@naque.es), pero ya avanzamos que la edición está un poco retrasada, pues el ritmo editorial es el que podemos abarcar y el envío de originales va como 50 veces más rápido. Pedimos paciencia.

¿Cuáles son los principales problemas que encontráis a la hora de desarrollar vuestra labor editorial?
Es obvio que el económico es uno de los principales. Tenemos que pelear en un mundo y con un modelo de gestión implantado y dominado por las grandes editoriales y multinacionales. En el ámbito educativo y bibliotecario, donde nos movemos bastante, tenemos que remar contra corriente. No ofrecemos libros gratis, ni mp4, ni viajes promocionales. Sólo podemos ofrecer buenos libros y manuales muy útiles.

Por otro lado, las mal llamadas subvenciones, que no son sino compras encubiertas para dotar bibliotecas, aparte de estar en horas bajas, es el único camino que nos dejan las instituciones para acercarnos a sus bibliotecas, auténticos consumidores de nuestros productos, pues las grandes editoriales agotan los mínimos presupuestos bibliotecarios cerrando ‘lotes’ que incluyen auténtica infraedición a cambio de tener los grandes best seller de novela que es lo que se pretende que sea el único consumo lector en nuestro país.

Si a esto añadimos que nuestro sector profesional y aficionado (Artes escénicas y su pedagogía) no suele ser gran consumidor de lectura especializada, no suele tener una economía muy boyante y hay un uso excesivo de la fotocopia, pues tenemos un problema… Pero convivimos con él. Sin embargo, a nuestro favor tenemos que somos una editorial con una difusión distribuidora muy importante y con una imagen de calidad y reconocimiento entre los profesionales y aficionados del sector.

¿Y cuáles son las satisfacciones que recibís?
Muchas. Contaré una anécdota. No hace mucho, un amigo que no tiene que ver con el mundo editorial ni teatral, me llamó desde Málaga, pues cenaba con una amiga que estaba estudiando arte dramático. Cuando mi amigo le comentó que estaba hablando con Fernando Bercebal el de Ñaque, la amiga se emocionó mucho de tener un amigo con contactos ‘tan importantes’. Por supuesto, mi amigo y yo nos reímos pero en el fondo esos detalles te ayudan a esforzarte cada día más.

Por el lado profesional, te alegra que en convocatorias de oposiciones y puestos técnicos y artísticos, sean los libros de Ñaque los manuales más recomendados, sin que se hayan concebido como tales en origen. Finalmente, que instituciones como la ADE (Asociación de Directores de Escena), el Institut del Teatre de Barcelona o las distintas ESAD (escuelas oficiales de artes escénicas) de nuestro país, autores como Mayorga, Alonso de Santos, Sanchis, Tomás Motos, o colectivos como el profesorado especializado o los alumnos de escuelas de teatro, nos tengan en su mente cuando se les pregunta por una editorial seria de artes escénicas, nos llena de orgullo.

Una breve valoración del mundo editorial actual…
Como ya dije antes, el gran problema es que para subsistir o eres una macro o eres una micro. Pero siendo micro, muchas veces tienes que jugar en el tablero y con las condiciones que marcan las macro. El inminente libro electrónico es un ejemplo claro. Mientras las grandes temen que programas como Google puedan morderles el pastel, a nosotros nos vendría de perlas que se decidieran de una vez a quitarles un dudoso monopolio.

Asociaciones como ARCE (revistas culturales), el Gremio de libreros, o la Agrupación de Asociaciones de Editores no están pensadas para pequeñas editoriales que con sobrevivir ya tenemos más que suficiente. Ya no digo nada del espacio reservados en ciertas cadenas libreras, los descuentos exigidos o la opción de que algún día algún libro editado por Ñaque entre en un espacio de crítica en medios de comunicación nacionales...

Alguna cosa más que quieras añadir…
Agradeceros todos los esfuerzos que gente como vosotros hace por difundir el trabajo que gente como nosotros realizamos.

martes, 14 de abril de 2009

La Editorial Buscarini publica el teatro, la narrativa y las memorias del poeta bohemio Armando Buscarini

La edición del libro El rufián. Teatro, narrativa y memorias de Armando Buscarini (Editorial Buscarini, Logroño, 2008) ha corrido a cargo de Rubén y Diego Marín A., investigadores agregados del Instituto de Estudios Riojanos (IER) y estudiosos de la vida y obra de este poeta bohemio. Junto a Orgullo. Poesía (in)completa, ambos libros reúnen las obras completas de Buscarini. En esta ocasión, son cuatro obras de teatro (Sor misericordia, El Rey de los Milagros, Los dos alfareros y El rufián), ocho relatos (El fantasma de Wherter, El arte de pasar hambre, El aluvión, Las luces de la Virgen del Puerto, Maruja la de Cristo, La Reina del Bosque, San Antonio de la Florida y La cortesana del Regina) y Mis memorias, publicado a los veinte años. Géneros todos ellos en los que, al igual que en la poesía, probó fortuna tratando de triunfar artísticamente, pero con los que cosechó el mismo fracaso que le deparó la poesía. Si en ésta su estilo romántico y modernista se desgañitaba ante el triunfo de las vanguardias, fuera de la poesía, en el resto de obras, trató de contar su vida acercándose a los géneros en boga (naturalismo, costumbrismo) pero adulterados por un estilo rancio, infantil y romanticón que le haría pasar a la historia de la literatura española contemporánea no por la altura de sus obras sino por los avatares de su vida, mejor narrados por otros autores que por él. Luis Antonio de Villena, en el prólogo que abre el libro, defiende que "su caso literario es curioso por su precocidad, su pronta caída pero cierta oculta o semivelada calidad que se ve más en su poesía que en su prosa, pero también en ésta (…). Tiene en sus mejores momentos una calidad ingenua —sobre todo cuando habla de sí mismo— que mezcla restos de un modernismo pasado, con el prosaísmo vivaz de un talento literario escasamente desarrollado. Hay destellos de calidad en sus libritos de poemas (cuadernillos más bien) y en su obra en prosa, sobre todo la que —con claro fondo autobiográfico— refleja escenas de la airada vida madrileña, de la prostitución ínfima o de lo que era o había sido su vivir menesteroso". Armando Buscarini (Logroño, 1904-Ezcaray, 1940) es el poeta maldito y bohemio más característico de la literatura española de principios del siglo XX. En 1918 inició su precoz y desgraciada trayectoria literaria con la novela Emocionantísimas aventuras de Calck-Zettin. Emperador de los detectives, a la que siguieron libros de poesía como Ensueños (1919), Rosas negras (1921) y El riesgo es el eje sublime de la vida (1923). Con apenas veinte años publica la autoantología Primavera sin sol y Mis memorias y, también en 1924, las novelas de corte autobiográfico El arte de pasar hambre y Las luces de la Virgen del Puerto. Es autor, además, de las obras teatrales Sor Misercordia, El rey de los milagros, Los dos alfareros y El rufián. Su último libro, El umbral del recuerdo (1928), es una recopilación de sus mejores poemas, publicados días antes de ser ingresado en el manicomio de forma definitiva y con tan solo 25 años. A pesar de quedar recogida su vida y obra a través de las memorias de autores como César González–Ruano, Rafael Cansinos Assens y Ramón Gómez de la Serna, después de años de silencio y olvido su figura se recuperó gracias a libros como Por los caminos de Hipócrates del doctor Alberto Escudero Ortuño y Las máscaras del héroe, Armando Buscarini o el arte de pasar hambre y Desgarrados y excéntricos de Juan Manuel de Prada. Por otra parte, su obra ha sido reeditada en el volumen Orgullo. Poesía (in)completa (2006) y los epistolarios Cartas vivas (2006) y Epístolas líricas (2007). El rufián. Teatro, narrativa y memorias reúne toda la producción literaria no poética de Armando Buscarini y, junto al libro Orgullo, ofrece al lector las obras completas del escritor bohemio y maldito, paradigma de la bohemia madrileña y, posiblemente, el poeta riojano más importante del siglo XX.

Toca aquí para ir al Catálogo de poemas

viernes, 14 de septiembre de 2007

"Ubú Rey, de Alfred Jarry", por Francisco Cenamor

Ubú Rey, de Alfred Jarry, se estrena en 1896 en medio del escándalo. La primera palabra del personaje en cuestión sobre el escenario es “¡Mierdra!”, un grito que rompe con la pulcritud habitual de los personajes del realismo y, a su vez, con el realismo mismo. Ridiculiza, en cierto modo, al eterno Macbeth a la vez que retrata a una burguesía europea que no para de crecer y expandirse por el mundo. Queda inaugurado un teatro grotesco, absurdo, que no se popularizaría hasta al menos cinco décadas más tarde. ¿Estamos hablando de la primera obra del teatro del absurdo? Doctores tiene la Santa Madre Iglesia.
Padre Ubú y su mala malísima esposa, Madre Ubú, son dos personajes grotescos, ávidos de poder y de las cosas que este proporciona, que organizan una auténtica carnicería para derrocar la legalidad vigente e imponer un nuevo reinado a su imagen y semejanza. Aliados a dios y al diablo, exterminan todo lo que se pone en su camino.
Alfred Jarry, gracias a sus escándalos teatrales y sus obras provocadoras y caóticas, consiguió el éxito literario cuando era muy joven y como solemos decir, se le subió a la cabeza, tanto como el alcohol que tomaba por arrobas. Su vida terminó siendo tan exagerada como su obra y murió con apenas 34 años, enfermo de tuberculosis y pobre tras beberse todo lo que ganó con la literatura. De sus excesos quedan las imágenes de Jarry borracho, pintado de verde, montando en bicicleta y con dos pistolas al cinto.
Pero ahí quedó Ubú Rey, prácticamente su única obra conocida fuera del mundillo literario y teatral. Una obra adelantada a su tiempo que Jarry escribió con apenas 15 años y que vino a retratar a toda una pléyade de personajillos tan estúpidos como criminales que vinieron a poblar el sufrido siglo xx: Padre Ubú es Hitler, o Stalin, o Franco, o Pinochet, o pongan ustedes a quien quieran... O incluso podemos verlos en nuestras benditas democracias: seres ansiosos de poder y de gloria que se resisten a abandonar sus cargos, utilizándolos para imponer sus locuras, perseguir a los demás a sangre y fuego o exterminar pueblos enteros sin ningún pudor. ¿No serían también un poco Padre Ubú Bush, Jesús Gil, Aznar y su ansia de seguir apareciendo, o tal vez Felipe González, Ehud Ólmert, Vladimir Putin...? Por no decir ya Castro, Bin Laden, Hu Jintao, Kim Jong-il, Slobodan Milosevic, Sadam Husein... La Compañía Els Joglars utilizó hace años esta misma obra para ridiculizar al por entonces President de la Generalitat catalana Jordi Pujol. Lean esta obra y comparen.
Según el buscador del ISBN se pueden encontrar numerosas obras editadas de Alfred Jarry en castellano, encontrarlas es otra cosa. Y, desde luego, información en Internet no falta.

Francisco Cenamor

viernes, 7 de septiembre de 2007

'Hacia un teatro para adolescentes y jóvenes', por Francisco Cenamor

Leyendo algunas de las obras de teatro de la colección Juvenil. Teatro para la infancia y la juventud, coedición de la Asociación de Autores de Teatro y La Avispa, descubrí lo poco, y a mi entender mal, que se escribe para adolescentes y jóvenes, al menos jóvenes hasta los 18 o 19 años, pues creo que en general mucho del teatro “de adultos”, puede llegar con cierta facilidad a jóvenes a partir de esa edad.
Las obras que leí, para empezar, apenas utilizan personajes jóvenes con los que chicos y chicas puedan identificarse más fácilmente, y las que sí lo hacen utilizan estereotipos clásicos: bar de copas, falta de compromiso de los jóvenes... Lo peor que pude descubrir es el empeño adoctrinante, casi todas las obras tenían moralina y algunas eran verdaderos panfletos de exaltación de personajes históricos supuestamente ejemplarizantes. Al final, bien miradas estas obras, era difícil entender por qué se habían encuadrado dentro de la categoría juvenil. ¿Se pueden establecer criterios para ello? Solo se me ocurre uno: que sepa conectar con las formas estéticas y niveles de reflexión de las personas que tienen esa edad, pongamos entre 12 y 18 años, aunque entre esas dos franjas de edad halla serias diferencias pues tal vez sean edades en las que los cambios, tanto físicos como emocionales e intelectuales, van más rápidos. Es una tarea difícil si no se tiene un contacto muy directo con personas de esas edades, y aún teniéndolo. Una vez me pasaron una obra de un profesor de instituto de secundaria que dirigía a adolescentes y jóvenes en teatro y la obra trataba sobre una madre y una hija de taitantos que tenían el “vicio” de ir al bingo y el marido muerto se aparecía para convencerlas de que lo dejasen por su memoria. Un tema muy juvenil, unos personajes fácilmente asumibles por adolescente, vamos. No salía de mi asombro según la iba leyendo. Eso sin tener en cuenta el sospechoso parecido con sainetes españoles del siglo pasado similares. Mi pregunta fue, ¿cómo ve este profesor a los adolescentes con los que trabaja? Mi respuesta: no los ve, solo parecía ver mano de obra maleable para poder estrenar sus obras de teatro.
Evidentemente, lo que voy a plantear a continuación, no es la única forma posible de escribir teatro para adolescentes y jóvenes. Pero lo que si he podido ver desde mi experiencia más directa es a cientos de adolescentes riendo, llorando, bailando..., siendo cómplices de las aventuras de los personajes que veían ante si. Y lo he visto en obras más profesionales, como Yai, un precioso canto a la grupalidad adolescente creado por la Compañía Lavi e bel, de Emilio Goyanes, o el manual de sexualidad para jóvenes que es la obra Sin vergüenzas, de Felipe Loza y Garbi Losada. Y permítaseme aquí un poco de falta de humildad, lo he visto las veces que se han representado Bajo tierra y Kasa Esperanza, las dos obras que dirigí en el proceso de 3 años que estuve conviviendo, casi de continuo, para bien o para mal, con jóvenes entre 15 y 18 años. Ya antes había estado en contacto con personas de esas edades o menores en esa típica labor que tantos hemos desarrollado de monitor de parroquia o asociaciones juveniles.
Para empezar, esa cercanía es muy importante, pero cercanía no para censurarles o moralizarles: cercanía para escucharles; proponerles temas y que los traten, pero creando el clímax necesario para que los traten desde lo más profundo de si mismos, sin que caigan en la trampa que tan bien se nos da a esa edad de decir lo que los adultos quieren oír, y todos tan contentos. Es fascinante escucharles hablar, no sobre los tópicos que todos esperan (botellón, drogas, ligues...), sino sobre la muerte, el futuro, las diferencias, el otro, el extranjero, el propio grupo, los adultos, sexo, drogas, música, cultura... Y de ahí a proponerles ejercicios concretos de movimiento teatral no hay nada. Y los textos saldrán solos, porque serán ellos mismos quienes los vayan sacando de su interior. Enfrentarles a situaciones cotidianas o extracotidianas desde ellos mismos, solucionando problemas creados en la improvisación más absoluta, y solucionándolos desde sus propios recursos emocionales e intelectuales, y, lo que para mi es más importante de cara a la puesta en escena, desarrollando e inventando su propia estética escénica, utilizando diversas tecnologías: música en directo con los que sepan tocar instrumentos o manejar mesas de sonido, música enlatada fácilmente reconocible por ellos, uso de cámaras digitales o teléfonos móviles, estética play station o videoclip...
Pero claro, aquí empieza el problema para el autor teatral: a los autores nos gusta mucho, demasiado, ser autores, y en esta forma de crear el autor no es realmente el autor de la obra, la obra ha ido surgiendo en el proceso de trabajo, de acercamiento, en el proceso vital de los mismos adolescentes y jóvenes. El autor se limita a hacer dramaturgia, a convertir en texto lo que ha visto y oído; por tanto, su figura como autor teatral queda difusa. Lo que no es ninguna novedad pues hasta el final de la Edad Media y principios de la Moderna las obras salían y se desarrollaban sin que fuese importante quien era el autor, o se iban modificando cuando caían en manos de unos y otros. Incluso la obra de Shakespeare fue más importante que él mismo mientras vivió. El que el autor sea más importante que la obra es algo moderno y para mi, sinceramente, bastante lamentable.
Toda una experiencia vital escribir para adolescentes y jóvenes si no se hace desde nuestra cálida habitación y desde una conciencia cargada de tópicos y prejuicios. La realidad está llena de historias con miles de jóvenes dispuestos a vivirlas sobre un escenario.