lunes, 7 de septiembre de 2009

'Rosas salvajes, heridas luminosas', Carlos Ferrer habla sobre la antología '...pero nos queda la palabra', editada por el Liceo Poético de Benidorm

El Liceo Poético de Benidorm conmemora su sexto aniversario con la publicación de su tercera antología, titulada …pero nos queda la palabra (Ediciones Atenas, Barcelona, 2009), que reúne poemas de diecinueve autores.

En una época de indiferencia religiosa, cosmopolitismo y un agrado febril por la novedad, lo inmediato y la rapidez, estos versos claman por una lectura sosegada en un rincón de la jungla urbana de asfalto y hormigón, que es hoy la ciudad. Ante el aluvión de novedades editoriales que cada semana se agolpan en las baldas, en las mesas y en los escaparates de las librerías, a veces vale la pena detenerse en ese volumen que nos llama la atención, pero del que no hemos oído hablar y arriesgarse en la aventura de leer, uno de los deleites más intensos que conoce el hombre junto al del conocimiento. El objetivo del lector es lograr sentir como lector lo mismo que el poeta sintió al plasmar en un papel su aliento poético.

José Martí aseguró que un grano de poesía es suficiente para perfumar un siglo. Con esta antología, el Liceo Poético de Benidorm pretende “perfumar” un aniversario, el sexto, y celebrarlo con los lectores por medio de sus quehaceres literarios, plasmados en este volumen de la barcelonesa Ediciones Atenas, dentro de la colección 'Notas de autor', en forma de rosas salvajes, de heridas luminosas.

Toda antología no sólo contiene su propio presente, sino que está cargada de su propio futuro, o como escribe el antologado Mones-Ruiz “revisando los ayeres/ y midiendo los mañanas”. El poema hoy escrito no es otra cosa que el pasado en su camino hacia el futuro y es que T. S. Eliot decía que el poema es “el punto de intersección de lo intemporal con el tiempo”.

Esta antología es un bosquejo de la literatura de otro presente, más o menos lejano, que nos recordará la frase final de El gran Gatsby de F. Scott Fitzgerald: “Y así seguimos adelante, botes contra la corriente, empujados incesantemente hacia el pasado”.

La arbitrariedad de su criterio y el gusto seguido en el proceso de selección de los versos configuran …pero nos queda la palabra, con un caudal poético unido por las siglas del Liceo Poético de Benidorm y variado por la diversidad de los temas que la componen.

Esta antología es un catálogo de versos, un catalejo que nos acerca a la totalidad de un panorama, el del Liceo Poético de Benidorm, conformado por una amalgama de diferentes meandros creativos mediante los cuales nos adentramos en sus galerías y navegamos por su interioridad. Estos versos están hechos de atisbos que son ritmos y de la profundidad de unos instantes, y en manos del lector no son una colección, sino un estado de ánimo. Porque la poesía, según Thomas Gray, son pensamientos que respiran y palabras que queman.

El libro está dividido en siete capítulos siguiendo una estructura temática de las composiciones, titulados con referencias mitológicas que orientan sobre su contenido, desde poemas existenciales, amorosos o espirituales, hasta poemas sociales o nostálgicos.

Estos autores escriben, libres de cargas retóricas, acerca de lo que se amasa y late en sus propias experiencias, lo intensamente vivido está expresado en unos versos que configuran la intuición objetiva y el sentimiento, y cuya emoción estética surge del empleo de la técnica y de su conjunción con la sensibilidad. “Los poemas tienen siempre grandes márgenes blancos, grandes márgenes de silencio en los que la memoria ardiente se consume para recrear un delirio sin pasado”, escribió Paul Éluard.

No son escritores que se enrocan en lo rocoso de un mundo interior construido con piedra, ni de un hermetismo oscuro, sino que rehacen en los versos el ritmo interior de la fantasía utilizando la materia prima del lenguaje. Al decir de Baltasar Gracián, es el estilo natural como el pan, que nunca enfada, como sucede con las creaciones diáfanas de Jorge Álvarez Morcillo. La rima y la cadencia de Rafael Mones-Ruiz, los rasgos intimistas de Amparo Solbes, Mario González Pérez y la otredad, José Antonio Ávila transitando por el territorio de un bar que ya pisaron los novísimos Luis Antonio de Villena y Luis Alberto de Cuenca y elevándolo a la categoría poética, la sensualidad de Candela Jiménez que convierte el verso en espuma y fuego del mirar y Verónica León, quien traza una travesía del yo por las galerías del ser donde afloran en el consciente los encargos del subconsciente, van atrayendo verso a verso, página a página, la atención del lector.

La contención expresiva funciona como un dique de su fosforescente intensidad emocional en el caso de Pilar de Juan, mientras María Meilán incide en la gramática del recuerdo, Paqui Herrera demuestra conocer el alfabeto de la soledad y logra que el lector permanezca en el clima del poema y no en su margen, y Ana Marlópez convierte la experiencia de la realidad en experiencia de lenguaje mediante imágenes perdidas que el poema devuelve a su cotidianeidad.

Si la poesía de Julio Pavanetti presenta un plano que se reconoce por la exactitud de sus aristas y sus palabras son como profundas gotas, en las que se refleja lo cóncavo y lo convexo de la situación, la de Patricia Pérez Acha es palabra que busca, vocal que habla, consonante que reza; si Orlando Carreño encaja en el término acuñado por Valéry de “poetas conscientes”, Miguel Gutiérrez García ajusta su poética al verso de Mallarméy el silencio avaro y la noche maciza” (et l’avare silence et la massive nuit); si Florencia Guijarro escribe con Catulo en el corazón y Bécquer en la mano, Mercedes Rodríguez ve de manera distinta aquello que mucha gente ve todos los días y que ya poetizase César Simón (cf. Viaje); si Juan Carrizo muestra un extendido denuedo tensado y “el balcón abierto de mis sueños”, Annabel Villar, finalmente, es la artífice de una tempestad de fonemas y de imágenes que el lenguaje fulgura. Todos ellos completan la temperatura poética del volumen y reivindican una cristalización de la existencia como un rescoldo de lo vivido, con la esperanza de que esta antología contribuya a hacer más próxima la obra del único colectivo poético existente en la actualidad en la localidad turística. Porque no importa tanto el trayecto como la carga, la estiba, el residuo y porque este poemario debe ser un caudal que solidifique en manos del lector.

Tras la lectura de este libro polimétrico cabe aplaudir la actitud de voluntariosa originalidad con la que estos autores antologados abordan la actividad poética y dan expresividad a unos versos que ensanchan la literatura. Cernuda decía que hay dos tipos de obras literarias, “aquéllas que encuentran a su público hecho y aquéllas que necesitan que su público nazca”.

Esta antología pertenece al segundo tipo, porque es el momento de que los autores incluidos logren que el lector respire por las palabras convertidas en la piel de estas páginas y que coincidan con Mario Vargas Llosa, quien afirmó, al ser investido Doctor Honoris Causa por la Universidad de la Rioja, que “las mejores cosas en la vida me han sucedido leyendo”. Y es que, como ha afirmado el poeta Joan Margarit, la poesía es como una “casa de misericordia donde hallar refugio”.

Carlos Ferrer

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