y ante tu altar de plata reclinamos las frentes.
¡Oh, dolor! ¡Oh, deseo!
Te inciensamos con sésamo y con lino.
Y luego te trajimos las ofrendas ordenadas en filas.
Igual que melodías.
Te construimos un templo de olorosas paredes.
Y su suelo regamos con aceite, con vino.
Y con ardiente llanto.
Con los labios unidos, te encendimos hogueras en la noche.
Con el trigo molido, con hojas de palmera.
Y con nuestra tristeza.
Cantamos. Te invocamos. Te pusimos delante los mejores presentes:
los dátiles más dulces, los panes y los vinos.
Y las rosas alegres.
A tu vista rezamos. Y acercamos las víctimas.
Y fuimos engastando nuestras lágrimas en un largo rosario.
Gota a gota.
¡Oh, Señor, que concedes la música y el canto!
¡Oh, llanto de prudencia! ¡Oh, fontana del verbo!
¡Oh, Tú, tierra fecunda!
¡Oh, cruel compasión! ¡Oh, clemente venganza!
Te hemos escondido en nuestros sueños.
Te hemos escondido en cada nota
de nuestros cantos tristes.
Nazik al-Malaika, incluido en Poetas árabes realistas (Ediciones Rialp, Madrid, 1970, ed. y trad. de Pedro Martínez Montávez).
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