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viernes, 31 de octubre de 2014

Poema del día: "No soy la madre de nadie", de Katarina Frostenson (Suecia, 1953)

Serpiente, repta
bajo las constelaciones
no soy madre de nadie

por eso me quedo y veo
que mi ojo está solo
formando una bóveda
por encima de todo
yo no soy nadie
pero
en el desierto
soy la que lo abarca todo

Katarina Frostenson en Los pensamientos (1994), incluido en Mujeres en el Norte. Trece poetas suecas (Devenir, Madrid, 2011, selec. y trad. de René Vázquez Díaz).

Otros poemas de Katarina Frostenson
Dónde, El bosque de Europa, Posición, Voz

jueves, 30 de octubre de 2014

Poema del día: "Naïf (Del brazo de Zukofsky)", de José Kozer, (Cuba, 1940)

Del brazo de Zukofsky, sirte a los empíreos bailando,
          por la cintura asidos, hembra
          y hombre, el hombre cubierto
          por el taled, la yarmuka, la
          tela de Penélope: bailotear
          entre Teseo, Perseo y
          Antares, Proteo haciendo
          de las suyas, confundirlo
          todo.

Esófago bursátil, calaña, y luego (a modo de ejemplo)
          el Ser, vaca monástica.

No temer el lenguaje de los pájaros, ni las ochenta
          flores, y a modo de oración
          (circular) repetir vellorita,
          rubí del loto en la caléndula.

Rondó (alemana) tres muertos unísonos (huecos)
          cantando, cual desfachatado
          bolero, un canto llano
          (desencajado) tiorba
          (erju) doce cuerdas,
          nueve de orín, y un tres
          (vihuela) de yagua.

Yegua enjaezada, y yo de tricornio a la mujeriega,
          de vencejos cunden nidos
          de vellorita (estos asuntos
          son del aire) la tojosa a
          todo escape en manos del
          tornero, hierática figura
          (famélica) de uno de
          aquellos faraones.

Faramallas, del aire. De la hueca matriz de Dios
          no sale nada, todo sale de
          las hembras (cosas de la
          Creación): triple voz la
          luz se decanta esta
          mañana, tiples los
          narcisos del traspatio,
          voces roncas los tres
          zorzales posados desde
          anoche (¿basalto o
          musgo buscando
          tierra?) en el abeto.

El sueño de la madrugada condescendió en
          entregar sus acertijos
          (los menores y menos
          visibles) las ensortijadas
          tinieblas se traslucen
          esta mañana: tal parece
          hemos salvado (gallardos)
          la figura (ojo ciclópeo
          del rubí) de la Muerte.

A reincidir tocan. El sol un plural. Zukofsky,
          tras la acción inversa
          del tiempo, un Bach
          auténtico de peluca
          y violonchelo, de un
          salto la estirpe de la
          Novia nos convoca
          (le hacemos la higa)
          desamarran la Barca
          (la entrada por el Etna)
          en fila india.

José Kozer en naïf (El sastre de Apollinaire, Madrid, 2013).

Otro poemas de José Kozer y artículos sobre su obra
Linde de tinieblas, Naïf (Mamá se asustóSuave, la sombra)
*Artículo de Francisco Cenamor sobre naïf

miércoles, 29 de octubre de 2014

Poema del día: "Esperando a los bárbaros", por Constantino Cavafis (Grecia, 1863-1933)

¿Qué esperamos agrupados en el foro?

         Hoy llegan los bárbaros.

¿Por qué inactivo está el Senado
e inmóviles los senadores no legislan?

         Porque hoy llegan los bárbaros.

¿Qué leyes votarán los senadores?

         Cuando los bárbaros lleguen darán la ley

¿Por qué nuestro emperador dejó su lecho al alba,
y en la puerta mayor espera ahora sentado
en su alto trono, coronado y solemne?

         Porque hoy llegan los bárbaros.
         Nuestro emperador aguarda para recibir
         a su jefe. Al que hará entrega
         de un largo pergamino. En él
         escritas hay muchas dignidades y títulos.

¿Por qué nuestros dos cónsules y los pretores visten
sus rojas togas, de finos brocados;
y lucen brazaletes de amatistas,
y refulgentes anillos de esmeraldas espléndidas?
¿Por qué ostentan bastones maravillosamente cincelados
en oro y plata, signo de su poder?

         Porque hoy llegan los bárbaros;
         y todas esas cosas deslumbran a los bárbaros.

¿Por qué no acuden como siempre nuestros ilustres oradores
a brindarnos el chorro feliz de su elocuencia?

         Porque hoy llegan los bárbaros
         que odian la retórica y los largos discursos.

¿Por qué de pronto esa inquietud
y movimiento? (Cuanta gravedad en los rostros).
¿Por qué vacía la multitud calles y plazas,
y sombría regresa a sus moradas?

         Porque la noche cae y no llegan los bárbaros.
         Y gente venida desde la frontera
         afirma que ya no hay bárbaros.

¿Y qué será ahora de nosotros sin bárbaros?
Quizá ellos fueran una solución después de todo.
                                                                              (Ant. a 1911)

Constantino Cavafis, incluido en Poesías completas (Ediciones Hiperión, Madrid, 1991, ed. y trad. de José María Álvarez).

martes, 28 de octubre de 2014

Poema del día: "Un día", de Isaac Goldemberg (Perú, 1945)

Un día
un hombre se despierta invadido
por una abrumadora sensación de espanto
se siente monstruo
y devorado por dentro
poco a poco
Da voces
forcejea
se maltrata a gritos
alarga la mano
toca su niñez
gravita en el recuerdo
Se da vuelta
se encuentra frente a frente
llora
harto de saberse
siempre el mismo
de ser monstruo y hombre
y ocupar tantos espacios
Se entrega al sueño
se retira de su diente
de su uña
Habla
adopta otro nombre
confisca su pasado
muda de piel
piensa
Desiste del suicidio
espanta al monstruo
se apacigua
duerme
hasta que un día
cuando menos lo imagina
se despierta

Isaac Goldemberg en Los cementerios reales (2004), incluido en La vida breve. Antología personal (2001-2012) (UPAGU, Cajamarca, 2012).

Otros poemas de Isaac Goldemberg
Bar MitzváCaminos del amorDoblesEl hambre invitó a Dios al séder de Pésaj (La última cena)Elegía por Hershel GosovskyHuayno zapateado de Chepén a Santiago de Chuco

lunes, 27 de octubre de 2014

Poema del día: "La nave de los locos", de Alan Jenkins (Gran Bretaña, 1955)

¿Qué los llevó hasta el mar, a fletar ese barco que hacía agua
—viejo, de doble camarote y doce nudos, sin silla giratoria, sin velas y sin mástil:
uno no lo querría ni siquiera para un fin de semana
en un afluente del río Teme, en donde encallar que se puede, es cosa fácil,
ni para en un chapoteadero tirar el ancla,
asustar un banco de peces, volcar el colchón inflable de un niño —
a esos jóvenes que en su vida diaria rezumaban tan fino

savoir faire, hasta bajo presión, siempre sabiendo lo que había que hacer?
¿Podríamos rescatarlos de lo que haya sido que los trajo aquí,
al sur de todo lo que conocían, a arriesgarse a un viaje de pesca así,
a un barco sin capitán, a un bar corriente y un burdel;
de lo que los abrió a las influencias de los trópicos; les mostró el miedo;
paralizó dos estómagos hasta arrugarlos y apretarlos en nudo ciego,
e hizo que sus pulmones estallaran de negrura? No; está escrito en la trama,

en las estrellas que no podían leer, en el orgullo de su naturaleza
que minimizaba todo obstáculo ante aquello que elegían,
que hacía que todo el mundo concediera el más mínimo de sus deseos, una vida
en el lado filoso de las opciones, en la ciega persecución de la pesca;
unidos siempre en esto: en que ante todo lo que proyectasen, había
muy pocos —es decir nadie— que se les opusiera. No hubo trato que no intentaran,
triquiñuela que no hicieran, mierda que en el plato de alguien no apilaran...

Habían recorrido a la deriva la mitad del mundo, desde el Cabo Halfalump,
uno de ellos intentando convencer a la bomba de gasolina
o desatorando la hélice, el trique del timón, mientras el otro hacía un
guiso de cabezas de pescado y sanguinolencias y se medio dormía
embelesado por el clic clic de su caña de pescar y el titilar
indolente de su sedal al sol. Y luego, cataplún
se quedaron solos, inmensamente, con los peces por compañía mientras algo se empezaba a
          cocinar

en el cielo como un raspón reciente, el latigazo de las olas, el barco deslizándose
de lado, diminuto, proyectado entre las dos agujas
verde malva de una catedral marina en movimiento, imaginándose
lo peor (y algunos imaginares son verdad),
sin saber todavía qué podría ser, y bajaron a tratar
de ponerse en contacto con Mayday o un SOS, alguna ayuda
— su aparatejo de radio— pero ninguno sabía usar ese maldito cachivache.

Cada hora que pasaba los alejaba más de toda ayuda; cada vez
pesaba el cielo más, el mar se levantaba como un alpe;
en cosa de nada arrastró con facilidad sus pocas provisiones por la borda, yo-hé,
que se mecían alegres mientras el agua restallaba, yo-hé, parte sobre la regala, parte
por la cubierta y de regreso a su, yo-hé, posesiva,
resbalosa guarida. Hasta que se quedó quieto, a la deriva.
Calma chicha, horizonte plano, vacío. Días. Aventarse a nadar, ¿quién lo haría?

¿Supieron acaso, temieron lo que se les venía? Sin timón,
tronada la pintura, desgarrada; anegada la borda:
así hallaron el barco, con siete chuecos arañazos marcados
en la fibra de vidrio, sin utensilios de pescar, sin ropa,
sin nada, ni un rastro de Garth o de Greer, excepto por un mechón
de pelo aquí, otro allá —los ataron a anzuelos, los colgaron,
y vieron a los peces, tan fácilmente cogerlos y arrancarlos.

Alan Jenkins en Harm (1994), incluido en La generación del cordero. Antología de la poesía actual en las Islas Británicas (Trilce Ediciones, México, 2000, selec. y trad. de Carlos López Beltrán y Pedro Serrano).

domingo, 26 de octubre de 2014

Poema del día: "La diferencia entre el arte y la ciencia", de Roald Hoffmann (Polonia, 1937)

                                                  Para Jorge Calado
De esta pintura de Munch,
una persona sufriendo sobre un puente,

las manos sobre sus oídos, el observador
podría raspar una minúscula

mota naranja, podría
ponerla sobre un portaobjetos, sintonizar

los rápidos rayos que giran
bajo los aparcamientos y los estadios

de fútbol, aguijoneados por el empujón
etéreo de los imanes, enfocar, porque ese

es su oficio, las partículas de sonda
(lujosas piedras calibradas)

para su desgarrador, dibujado impacto
en la pintura. Lo que se busca

es la fuerza del grito.
Pero la intromisión de la partícula es

muy fuerte, libera sólo
moléculas de pintura, en patente

demostración del Principio
de Incertidumbre. La pintura cuelga;

el cielo noruego y el puerto
recogen el grito, reflejándolo

hacia el cráneo del observador.
Allí, resonando, se produce el cambio.

Roald Hoffmann, , incluido en Explorando el mundo. Poesía de la ciencia (Gadir Editorial, Madrid, 2006, edic. de Miguel García-Posada).