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martes, 22 de abril de 2014

Poema del día: "¿Has visto cómo crecen las plantas?...", de Jaime Sabines (México, 1926-1999)

   —¿Has visto cómo crecen las plantas? Al lugar en que cae la semilla acude el agua: es el agua la que germina, sube al sol. Por el tronco, por las ramas, el agua asciende al aire, como cuando te quedas viendo el cielo del mediodía y tus ojos empiezan a evaporarse.
   Las plantas crecen de un día a otro. Es la tierra la que crece; se hace blanda, verde, flexible. El terrón enmohecido, la costra de los viejos árboles, se desprende, regresa.
   ¿Lo has visto? Las plantas caminan en el tiempo, no de un lugar a otro: de una hora a otra hora. Esto puedes sentirlo cuando te extiendes sobre la tierra, boca arriba, y tu pelo penetra como un manojo de raíces, y toda tú eres un tronco caído.
   —Yo quiero sembrar una semilla en el río, a ver si crece un árbol flotante para treparme a jugar. En su follaje se enredarían los peces, y sería un árbol de agua que iría a todas partes sin caerse nunca.

Jaime Sabines, incluido en Tigre la sed. Antología de poesía mexicana contemporánea 1950-2005   (Ediciones Hiperión, Madrid, 2006, selecc. de Víctor Manuel MendolaMiguel Ángel Zapata y Miguel Gomes).

Otros poemas de Jaime Sabines
La noche que fue ayer...

miércoles, 9 de abril de 2014

Poema del día: "La dama i", de José María Eguren (Perú, 1874-1942)

La dama i, vagarosa
en la niebla del lago,
canta las finas trovas.

Va en su góndola encantada
de papel, a la misa
verde de la mañana.

Y en su ruta va cogiendo
las dormidas umbelas
y los papiros muertos.

Los sueños rubios de aroma
despierta blandamente
su sardana en las hojas.

Y parte dulce, adormida,
a la borrosa iglesia
de la luz amarilla.

José María Eguren, incluido en Poesía peruana. antología esencial (Visor Libros, Madrid, 2008, ed. y selec. de José Miguel Oviedo).

martes, 8 de abril de 2014

Poema del día: "Primero de enero", de Mijaíl Lérmontov (Rusia,1814-1841)

A veces, rodeado de turbias multitudes,
cuando a través de mí, como a través de un sueño,
entre el rumor del baile y de la música
y en el brusco murmullo de frases aprendidas
fulguran las imágenes sin alma de los hombres
que por las conveniencias exhiben su careta.

Cuando mi fría mano roza apenas
—con el atrevimiento descuidado
de las bellezas de la corte—
con las manos ya frías, insensibles,
hundido en apariencia en sus vanos fulgores,
acaricio en el alma un viejo sueño,
los santos ecos del pasado.

Como si unos momentos pudiera adormecerme,
en el recuerdo del pasado
como un pájaro libre emprendo el vuelo.
Me veo niño, alrededor
los sitios tan queridos:
la casa señorial
en medio del jardín
con el invernadero abandonado;
cubre una verde red de hierbas
el estanque dormido;
tras el estanque el humo de la aldea,
allá en la lejanía se levanta
la niebla sobre el campo.
Yo voy por la avenida envuelta en sombra,
a través de las ramas
penetra un rayo de la tarde,
las hojas amarillas
gimen bajo los pasos temerosos.

Y una extraña tristeza
me oprime el corazón:
pienso en ella, amo y lloro,
pienso en los sueños de mi mente
—un fuego azul despide su mirada,
la sonrisa es de rosa
igual que el resplandor
de la aurora que nace tras el bosque—.

Así, señor de un encantado reino,
durante largas horas
permanezco callado
y hasta hoy guardo vivo su recuerdo
bajo las tempestades
de dolorosas dudas y pasiones;
como una fresca isla,
ingenuamente, en medio del mar
florece en húmedo desierto.
Cuando volviendo en mí reconozco el engaño
y el ruido de la turba
hace huir mis ensueños
—huéspedes no invitados a la fiesta—
deseo ardientemente
confundir su alegría
y arrojar a su rostro
versos de hierro audaces
llenos de rabia y de amargura.

Mijaíl Lérmontov, incluido en Poetas rusos del siglo XIX (Ediciones Rialp, Madrid, 1967, selec. y trad. de María Francisca de Castro Gil).

Otros poemas de Mijaíl Lérmontov
El puñalLa muerte del poetaLa velaTodo está silencioso...

lunes, 7 de abril de 2014

Poema del día: "Adiós", de Arthur Rimbaud (Francia, 1854-1891)

   ¡El otoño ya! — Pero por qué añorar un sol eterno, si estamos empeñados en el descubrimiento de la claridad divina — lejos de las gentes que mueren a lo largo de las estaciones.
   El otoño. Nuestra barca erguida en las brumas inmóviles vira hacia el puerto de la miseria, la ciudad enorme bajo el cielo manchado de fuego y de lodo. ¡Ah!, ¡los harapos podridos, el pan mojado por la lluvia, la embriaguez, los mil amores que me crucificaron! ¡Jamás terminará por lo tanto esta vampiro reina de millones de almas y de cuerpos muertos y que serán juzgados! Vuelvo a mirar mi piel roída por la suciedad y la peste, los cabellos y las axilas llenos de gusanos y gusanos más grandes todavía en el corazón, disperso entre los desconocidos sin edad, sin sentimiento... Hubiera podido morirme de eso... ¡Horrorosa evocación! Execro la miseria.
   ¡Y temo el invierno porque es la estación del confort! — A veces veo en el cielo playas sin fin, cubiertas de blancas naciones jubilosas. Un gran navío de oro, por encima de mí, agita sus banderas multicolores bajo las brisas de la mañana. Yo creé todas las fiestas, todos los triunfos, todos los dramas. Traté de inventar flores nuevas, nuevos astros, nuevas carnes, nuevos idiomas. Creí poder adquirir poderes sobrenaturales. ¡Y bien!, ¡debo enterrar mi imaginación y mis recuerdos! ¡Una hermosa gloria de artista y de narrador perdida!
   ¡Yo!, ¡yo que me llamé mago o ángel, dispensado de toda moral, soy devuelto a la tierra, con un deber que buscar y la realidad rugosa por abarcar! ¡Rústico!
   ¿Me engaño? ¿La caridad será para mí hermana de la muerte?
   En fin, pediré perdón por haberme sustentado de mentiras. Y sigamos.
   ¡Pero ni una mano amiga! ¿Y dónde encontrar ayuda?

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Sí, la hora nueva es por lo menos muy severa. Porque puedo decir que la victoria me ha sido dada: el rechinar de dientes, los silbidos de fuego, los suspiros pestilentes se moderan. Todos los recuerdos inmundos se borran. Mis últimas añoranzas se esfuman —celos de los mendigos, de los bandoleros, los amigos de la muerte, los retrasados de toda laya—. Condenados, ¡si yo me vengase!
   Es necesario ser absolutamente moderno. Nada de cánticos: mantener el terreno ganado. ¡Dura noche! La sangre seca humea sobre mi rostro, ¡y detrás de mí sólo tengo este horrible arbolito!... El combate espiritual es tan brutal como la batalla de los hombres; pero la visión de la justicia es únicamente el placer de Dios.
   Mientras tanto, es la víspera. Recibamos todos los influjos de vigor y de real ternura. Y en la aurora, armados de una ardiente paciencia, entraremos en las espléndidas ciudades.
   ¡Qué hablaba yo de mano amiga! Una buena ventaja es poder reírse de los viejos amores engañosos, y cubrir de vergüenza esas parejas mentirosas —vi el infierno de las mujeres allá—; y me será posible poseer la verdad en un alma y un cuerpo.

Arthur Rimbaud en Une Saison en Enfer (1873), incluido en Poetas franceses contemporáneos   (Ediciones Librerias Fausto, Bueno Aires, 1974, selec. y versiones de Raúl Gustavo Aguirre).

Otros poemas de Arthur Rimbaud
A la músicaDemocraciaEl barco embriagadoEl herreroEl malEl relámpagoLos azorados,  Los poetas de siete años

domingo, 6 de abril de 2014

Poema del día: "Muerte en los salones de té de La Pérgola", de Peter Porter (Inglaterra, nacido en Australia, 1929-2010)

Las culebras silban tras el vidrio nublado.
Adentro: urnas de té de cobre rubicundo, tubos de cromo orinando vapor, un furioso rechinar de tazas, Densidad Institucional Británica. Bajo un vidrio amarillento
o un viejo celofán, sandwiches de berro-con-tomate, de lengua-con-jamón
brillan amables y trinchados a 1/6 la rueda.
Con mala fe el viento le ha tirado la puerta entre la cara a un parroquiano lento —diez pares de ojos rampan
hasta su chompa, y por pocos segundos las voces son más bajas que una escaramuza del vapor. Afuera, 
a la orilla del río, sale el médico del barrio de su Vaux-hall '47, chupándose el vigésimo cigarrillo del día.
Se para y lo bota, entre el lodo de la huerta que brama. Los árboles a medias, agachados pescan el viento
que viene de los álamos en la otra ribera.
Bajo el viento cortante, una arrugada polea-sin-fin, el río se retuerce mientras corta los campos ateridos.
Lejos apenas del rechinar y el choque de las tazas
en La Pérgola el viejo argumentador se está muriendo.
Dos amigos del partido Laborista y el doctor
le acomodan esas mantas tejidas. La sangre está rugiendo en su cabeza, la intimidad del cáncer, la fronda del dolor
gobierna su cerebro —las barreras se han roto entre sus tripas—
todo es el reino del espasmo, el terror que se asienta.
Él se sabe muriendo, lo esperan testamentos. Y ya tiene que armar para su esposa un techo con palabras. Acomodar las llamas
de su cabeza en una agenda. Decidiéndose ahora —se sabe con razón—
a llevar su cuerpo entre esas reuniones y mítines y planes de campaña,
de llevarlo y remendarlo como una buena tela, de llegar al fin deshilachiado de su época: pedirle
que engrape sus costuras al doctor, para que por lo menos los dedos continúen
subiendo las frazadas, acariciando el calor en otros dedos, tocando ese remiendo donde el gato dormía. No hay Dios. Estamos en invierno, las ventanas cantan, furtivos bebedores padecen con su té.
Ahora el viento, contra una rama desnuda, ladea el triste encaje de las gotas
frías en la tela de araña. En su cuerpo
una corriente de aire que viene desde el horno —y fuera de ese cuarto,
ignorando el rostro del doctor, profesional y suave,
este invierno de carnaval, como el Dios cuidadoso,
entre un rosal de savia congelada y los agrios macizos del jardín
pone la confusión feroz de su desprecio.

Peter Porter, incluido en Poesía inglesa contemporánea (Barral Editores, Barcelona, 1975, versión de Antonio Cisneros).

Otros poemas de Peter Porter
Lamento por un propietarioUna dama de alta cuna condensa sus memorias para el Reader's Digest

sábado, 5 de abril de 2014

Poema del día: "Alta hora de la noche", de Roque Dalton (El Salvador, 1935-1975)

Cuando sepas que he muerto no pronuncies mi nombre
porque se detendría la muerte y el reposo.
Tu voz, que es la campana de los cinco sentidos,
sería el tenue faro buscado por mi niebla.
Cuando sepas que he muerto di sílabas extrañas.
Pronuncia flor, abeja, lágrima, pan, tormenta.
No dejes que tus labios hallen mis once letras.
Tengo sueño, he amado, he ganado el silencio.
No pronuncies mi nombre cuando sepas que he muerto:
desde la oscura tierra vendría por tu voz.
No pronuncies mi nombre, no pronuncies mi nombre.
Cuando sepas que he muerto no pronuncies mi nombre

Roque Dalton, incluido en Poesía salvadoreña. Antología esencial (Visor Libros, Madrid, 2012, ed. y selec. de Fernando Valverde).

Otros poemas de Roque Dalton
El descanso del guerreroMi caballo

viernes, 4 de abril de 2014

Poema del día: "Con motivo de mi choza destruida por el viento otoñal", de Du Fu (China, 712-770)

Septiembre. Pleno otoño.
Un vendaval rugiente,
sacudiendo mi choza,
se lleva tres capas del techo
y esparce sus pajas
por la ribera opuesta.
Algunas colgadas de los árboles,
y otras sobrenadan en las charcas.

Unos chicos de la aldea Sur
valiéndose de mi senectud,
las recogen y huyen presurosos
al bosque de bambúes:
Así me roban los muy ladrones.
Con los labios abrasados
y la boca tan seca,
no puedo ni lanzar un grito.

Apoyado en mi bastón,
vuelvo a casa suspirando.
De pronto, el viento cesa,
las nubes se tornan como tinta,
y el cielo se encapota en silencio.

Mi manta, usada durante años,
está fría y dura como el hierro.
Durmiendo mal, mi pequeño hijo
acaba por romperla.
Delante del lecho,
gotea el tejado,
sin dejar sitio seco.
La lluvia no se interrumpe
como los hilos de cáñamos.
Desde el inicio de la guerra,
no he podido dormir tranquilo.
Esta noche, todo mojado,
sufro un insomnio tormentoso.

Ojalá se levantaran miles de mansiones
que den albergue y alegría
a todos los pobres del mundo,
librándoles de vientos y lluvias.
Si viera alzarse estos edificios ante mí,
aunque se derrumbara mi choza y me congelara,
moriría contento y feliz.

Du Fu,  incluido en Poesía clásica china (Ediciones Cátedra, Madrid, 2002, ed. y trad. de Guojian Chen).

Otros poemas de Du Fu
Balada de los carros de combate, La aldea Jiang (IIII), La despedida del recluta ancianoUn pollo atado