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miércoles, 28 de enero de 2015

Poema del día: "Después de que alguno se va...", de Fabio Pusterla (Suiza, 1957)

Después de que alguno se va, todo es más vacío.
Si nos encontraremos, será para no conocernos,
diversos en los milenios, en la historia
fatigosa de todos; y en tanto reculan
los glaciares, engulle el mar
al estrecho, y el paisaje
es ya muy profundo, impronunciable,
sepulto en el paisaje tu viaje. Si nos encontraremos
no habrá memoria para mí, insecto,
para ti, hecho mariposa tropical.
Por otra parte, lo sabes, no nos veremos
más. Ningún palomo vendrá, ninguna pista
a remendar la rotura, la deriva
de muerte.

Fabio Pusterla, incluido en Arquitrave (nº 53, junio-noviembre de 2012, Colombia).

Otros poemas de Fabio Pusterla
Los paréntesis

martes, 27 de enero de 2015

Poema del día: "Elevación", de Charles Baudelaire (Francia, 1821-1867)

Por encima de estanques, por encima de valles,
De montañas y bosques, de mares y de nubes,
Más allá de los soles, más allá de los éteres,
Más allá del confín de estrelladas esferas,

Te desplazas, mi espíritu, con toda agilidad
Y como un nadador que se extasía en las olas,
Alegremente surcas la inmensidad profunda
Con voluptuosidad indecible y viril.

Escápate muy lejos de estos mórbidos miasmas,
Sube a purificarte al aire superior
Y apura, como un noble y divino licor,
La luz clara que inunda los límpidos espacios.

Detrás de los hastíos y los hondos pesares
Que abruman con su peso la neblinosa vida,
¡Feliz aquel que puede con brioso aleteo
Lanzarse hacia los campos luminosos y calmos!

Aquel cuyas ideas, cual si fueran alondras,
Levantan hacia el cielo matutino su vuelo
— ¡Que planea sobre todo, y sabe sin esfuerzo,
La lengua de las flores y de las cosas mudas!

Charles Baudelaire en Las flores del mal (Alianza Editorial, Madrid, 1984, versión de Antonio Martínez Sarrión).

Otros poemas de Charles Baudelaire
CorrespondenciasEl hombre y el mar, Las ventanasLos gatos

lunes, 26 de enero de 2015

Poema del día: "Eterna prisionera del momento...", de Juan Eduardo Cirlot (España, 1916-1973)

Eterna prisionera del momento,
rosa dorada y sola en el desierto,
si todo cuanto brilla fuera cierto,
cierto fuera también mi pensamiento.

Eterna mensajera del lamento
azul que se levanta de lo yerto,
¿por qué mi corazón, mi desconcierto
quiere tu resplandor como elemento?

Perdido entre las cruces y los cruces
de caminos que surgen de lo incierto,
tinieblas en mi voz ya son tus luces.

Eterna adolescente del instante
te buscaré en lo vivo y en lo muerto
y encontraré tu rosa de diamante.

Juan Eduardo Cirlot en 44 sonetos de amor (1971), incluido en Poetas órficos (Huerga y Fierro Editores, Madrid, 2004, ed. de Francisco Ruiz Soriano).

domingo, 25 de enero de 2015

Poema del día: "Cancionero CXXVI", de Francesco Petrarca (Italia, 1304-1374)

Claras y dulces aguas
donde los bellos miembros
puso aquella a quien sólo creo señora;
gentil rama en que quiso
(con suspiros me acuerdo)
hallar para su bello flanco apoyo;
hierba y flor que el vestido
gracioso recubriera
con su angélico seno;
sereno aire sagrado
en el que Amor me hirió con bellos ojos:
escuchad juntamente
mis postreras palabras doloridas.

Si ha de ser mi destino,
y de ello cuida el cielo,
que cierre Amor mis ojos sollozando,
que el cuerpo miserable
halle gracia en vosotros,
y vuelva a su mansión desnuda el alma.
La muerte menos dura
será si así lo espero
en el dudoso paso,
que el espíritu triste
nunca podría en puerto más sereno
ni en más tranquila fosa
escapar de la carne y de los huesos.

Acaso llegue un tiempo
en que al usado sitio
torne la fiera bella y apacible,
y donde me prendiera
aquel bendito día,
vuelva la vista alegre y deseosa,
buscándome, y ¡oh pena!,
ya tierra entre las piedras
viéndome, Amor le inspire
de forma que solloce
tan dulcemente que merced me implore,
y del cielo la obtenga,
secándose los ojos con el velo.

De las ramas caía
(qué dulce en la memoria)
de flores una lluvia en su regazo;
y ella estaba sentada
humilde en tanta gloria,
por el nimbo amoroso recubierta.
Una cayó en el manto,
otra sobre las trenzas,
que oro pulido y perlas
mostrábanse aquel día;
posábase una en tierra, y otra en agua;
y alguna en leves giros
parecía decir: «Aquí Amor reina».

Cuántas veces yo dije
de miedo lleno entonces:
«Ésta en verdad nació en el paraíso».
Llenado así de olvido
las divinas maneras,
las palabras, el rostro y dulce risa
me habían, y apartado
de la verdad ya tanto
que suspirando dije:
«¿Cómo llegué aquí, o cuándo?»,
creyendo que en el cielo me encontraba.
Y tanto ya amo el prado
es que no encuentro la paz en otro sitio.
Si adornarte supieras cual deseas,
con orgullo podrías
salir del bosque, e ir entre la gente.

Francesco Petrarca, incluido en Antología esencial de la poesía italiana (Editorial Espasa Calpe, Madrid, 1999, selecc. de Antonio Colinas, varios trad.).

Otros poemas de Franceso Petrarca
Cancionero (IXIXXXXVLXIXC)

viernes, 23 de enero de 2015

Poema del día: "Bajo ramas de mirto", de Dorothea Schlegel (Alemania, 1764-1839)

Bajo ramas de mirto,
junto al murmullo de la fuente,
y la canción del ruiseñor,
sobre césped suave
salpicado de flores,
en el soto oloroso,
con las ramas combadas
por el dorado fruto
y las flores de plata,
do el cielo siempre azul
y el aire siempre tibio
soplan en torno a ti...

Con un tenue vestido, la muchacha
baila danza policroma,
coge la fruta fresca,
saca agua de la fuente.
En la roca una choza
con pocas pertenencias;
reposa allí sus miembros
en un limpio camastro.

Tú expresas con miradas tu deseo
al corazón de ella, con hondura;
ella te ha comprendido
y la pasión comparte.
Nada impide los besos
en labios y mejillas;
azucenas y rosas,
capullitos y flores,
todo te pertenece.

Ligero como el viento del oeste
y, como él, juguetón,
toqueteas las flores
y pasas fugitivo
respetando a las tiernas.

¿Quién teme allí la envidia?
¿A quién tienta la gloria?
¿Se va a enfadar la madre?
Pero ella no es capaz
de ocultar la sonrisa;
pues la hija recuerda
su propia dulce culpa,
de nuevo, al corazón.

¡Mente mía, silencio! Otro país te acoge;
La montaña se eleva
entre tú y aquellos juegos...

Y te circundan, serios, estos muros,
serios preceptos y costumbres serias;
votos, testigos, clérigos,
y unión de los escudos de familia.

Innumerables cosas,
siempre extrañas al juego;
siempre extrañas a ti,
preceden al amor,
atan a la que es libre
con serias ataduras.

Así atada, ella pasa por delante de ti,
y te tiende la mano, consolándote,
y mira con nostalgia a lo lejano.
«Aquí nunca podré yo ser tu compañera»,
te dice ella a ti:
«Entre aquellas flores
jugaste conmigo,
arriba y abajo
anduve, jugando, contigo.
Mas debes encontrarme
de nuevo, seriamente,
serio y fiel;
y volver a ser mío:
¡pero déjame libre!»

Dorothea Schlegel, incluido en Antología de románticas alemanas (Ediciones Cátedra, Madrid, 1995, ed. y trad. de Federico Bermúdez-Cañete y Esther Trancón y Widemann).

jueves, 22 de enero de 2015

Poema del día: "A Lidia", de Carolina Colorado (España, 1821-1911)

     Error, mísero error, Lidia, si dicen
Los hombres que son justos: nos mintieron.
No hay leyes que sus yugos autoricen.
     ¿Es justa esclavitud la que nos dieron,
Justo el olvido ingrato en que nos tienen?
¡Cuánto nuestros espíritus sufrieron!
     Mal sus hechos tiránicos se avienen
Con las altas virtudes que, atrevidos,
En tribunas y púlpitos sostienen.
     Pregonan libertad; y sometidos
Nuestros pobres espíritus por ellos,
No son dueños de alzar ni sus gemidos.
     Pregonan igualdad; y esos tan bellos
Amores, que les da nuestra pureza,
Nos pagan con sus pálidos destellos.
     Pregonan caridad; y esta tristeza,
En que ven nuestras almas abismadas,
No mueve su piedad ni su terneza.
     ¡Ay Lidia!, en la niñez siempre olvidadas,
En juventud por la beldad queridas,
Somos en la vejez muy desgraciadas.
     Paréceme que miran nuestras vidas
Como a plantas de inútiles follajes,
Que valen sólo cuando están floridas.
     «No han menester jardín, crezcan salvajes,
Rindan como tributo su hermosura».
¿Qué más osan decir?... ¡Cuántos ultrajes!
     ¡Cuántos ultrajes!, Lidia, a la criatura
Que tiene un alma pura enamorada
Y un corazón tan lleno de ternura.
     ¿Verdad que el alma noble está enojada
De que tantas bondades como encierra
Porque nazca mujer sea desdeñada?
     ¿Verdad que estamos, Lidia, aquí en la tierra,
Murmurando las hembras sordamente
Contra la injusta ley que nos destierra?
     No bulle la ambición en nuestra mente
De gobernar los pueblos revoltosos,
Que es tan grande saber para otra gente.
     Ni sentimos arranques belicosos
De disputar el lauro a los varones
En sus hechos, de guerra, victoriosos.
     Lejos de la tribuna y los cañones
Y de la adusta ciencia, nuestras vidas,
Gloria podemos ser de las naciones.
     Pero no en la ignorancia, no oprimidas,
No por hermosas siempre contempladas
Sino por buenas, ¡ah!, siempre queridas.
     ¡Oh madres de otra edad afortunadas,
Cuan dichosos haréis a vuestros hijos
Si en escuela mejor sois enseñadas!
     No sufrirán por males tan prolijos
Como aquellos ya que desde la cuna
Tienen en el error los ojos fijos...
     Mas, Lidia, cuando el mundo por fortuna,
Tras de su largo llanto y dura guerra,
Esa feliz prosperidad reúna,
Ya estaremos tú y yo bajo la tierra.
                                                          Badajoz, 1845

Carolina Colorado, incluido en Antología de poetas románticas (Sial Ediciones, Madrid, 2008, edición de Diego Martínez Torrón).