lunes, 19 de junio de 2017

Poema del día: "Monólogo", de Kailash Vajpeyi (India, 1936-2015)

¡Oh, Señor Dios!
Has deparado todo el cosmos sobre mí
y heme aquí, metido en un atolladero.

Lleno de fantasía, pasiones e impulsos,
ni siquiera sé
si estoy vacío o lleno hasta el borde
si he de dejarme la barba
y cortarme las uñas.

Virtud o pecado
soy deficiente en todo
cual cucaracha en el basurero
la negligencia y el letargo consumen mis años.
Indolencia total frente a las consecuencias.

Detesto que me llamen ser humano.
Como las bestias, quisiera ser ignorante.
Bajo el azul, donde gorjean las aves,
quisiera simplemente vegetar.

El pequeño mundo
que poseo,
planeo llevarlo a la tumba.

En las profundidades de fango sanguinolento de mi corazón
acecha oculto el deseo
para convertirse en otro Lucifer
sin conocimiento del fruto.

¡Oh, Señor!
Pues te niegas a responder,
será mejor tener otros Vietnams.
Algunos genocidios más.
Una purga mundial,
sin juicio de Nuremberg.

Cientos de siglos transcurridos,
cada día,
un Kennedy asesinado,
un Sócrates que apura sereno el bebedizo,
una tierra de monjes
borrada del mapa.

Y te niegas a responder.
Ni siquiera te hacen falta sedativos. ¡Extraño!
Extraños son los tiempos.
Media humanidad
hambrienta y desgarrada,
lame la sangre de sus propias heridas.
Y al otro lado de la cerca
unos cuantos ... elegidos
se bambolean y deslizan.
Para ellos
un bombardeo es solo
un reconocimiento armado.

En vano son difamados los romanos
en la historia
por sus organizados embates.
Mi siglo quiere perpetuar
a los caníbales más civilizados.

¡Oh, Señor!
Yo no era lo que hoy soy.
En los treinta
pese a la depresión, fui concebido
se me dijo
que el mundo no valía un ardite.
Sobrevino la guerra.
En Kindergarten,
supe por primera vez de la guerra.
Pensé que era un juego mitológico,
Todo mundo aprende primero la "A"
yo tuve que empezar con la "B" (de bomba).
Para cuando pude memorizar los nombres de las ciudades
ya no había ciudades... solo escombros.
No obstante, aprendí a contar
con ayuda de las cifras anunciadas por la radio
de las víctimas, caídas
en el campo de batalla.

Yo preguntaba:
¿Hace bien la pólvora a los niños?
¿por qué las incursiones aéreas mientras dormimos?
En vez de contestar
mi padre me arrastraba con el ciego sacerdote
quien repetía palabras como:
Gracia...
Misericordia...
Paciencia.

Así vine a saber de tu existencia.
Más tarde Hitler se quitó la vida.
Anoté en mi cuaderno:
Dios está con nosotros.
Ahora sé que estaba equivocado.
Hitler jamás fue destruido.
Sólo cambió de calcetines.
El lupanar en que nos consumimos
está regenteado por megalómanos.
¡Hitler es inmortal!

¡Oh, Señor! Tú no has vivido este caos.
Las zonas de fuego libres te son enteramente ajenas.
¿Has oído hablar de la CIA?
¿Has topado con la KGB?
De seguro no sabes de napalms.
De haber vivido en un campo de concentración
habrías sabido
por qué algunos anhelan la tumba.
¡Qué bienaventuranza
ser una cucaracha!

Kailash Vajpeyi, incluido en Estudios de Asia y África (Vol. X, 1975, trad. del inglés de Elisa García Plaza. El Colegio de México).

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