viernes, 28 de noviembre de 2014

Poema del día: "Balada de la muchacha y el joven, vv. 1-58", anónimo (Grecia, siglo XVI)

Una muchacha y un joven conversan por una ventana,
una noche, hasta que suena la campana del alba.
El joven le pide un beso y la muchacha un anillo,
pero el joven no le da a la muchacha su anillo,
sino que, con ocultos engaños, dice que se lo dará.
¿Cómo y qué y de qué forma vil se lo dice?
"Cuando el cuervo se vuelva blanco como una paloma,
cuando veas que el gorrión persigue al gavilán,
cuando el mar se siembre de trigo y cebada,
cuando veas que un pez se pasea por la montaña,
cuando el perro y la liebre tengan hermandad,
y el gato y el ratón sean compadres,
cuando el asno se vuelva ángel y vuele,
y veas que el sol del cielo cambia su camino,
cuando veas que los aspálatos se vuelven mirtos,
cuando los manzanos se conviertan en lentiscos del valle,
cuando veas que el mar comienza a secarse,
entonces nos bendecirán, señora, a ti y a mí".
La muchacha, como persona prudente, le respondió con cordura
y dijo así al joven:
"Cuando el gran cielo caiga sobre la tierra
y la verdad, joven, aparezca como mentira,
cuando veas que el mar comienza a hacerse dulce,
cuando se descubra para los muertos la planta de la resurrección,
cuando el resplandor del cielo caiga a la tierra y se apague,
entonces, señor mío, te besaré con dulzura".
Y, entre el sí y el no, entre mansos y fieros,
llegó a su punto la luz del día
y salió el señor Sol para agrandar el cielo
y deshacer las visiones oscuras de la noche.
Entonces, el joven dejó a la muchacha
sin que hubiesen llegado, al parecer, a ningún acuerdo.
A la noche siguiente, a las tres, se puso la luna
y el joven se encaminó a buscar la gracia de la hermosa.
Y, cuando la calle quedó sin hombre alguno,
aquel joven se dirigió al consabido lugar.
La muchacha, como estaba algo disgustada con él,
se sentó a esperarlo con cierta preocupación,
porque estaba equivocada en el amor del deseo
y confundida en la amistad del amor.
Cuando el joven se acercó a la ventana,
la hermosa, por indolencia, quería volverse,
pero se acercó a la ventana por el amor del deseo.
Llegó, se apoyó y brilló como la nieve.
Y, cuando el joven la vio, la saludó dulcemente
y la consoló de su enorme amargura.
Le dijo: "¿Acaso, ojos míos, me guardas rencor
por las palabras, por la cuestión de anoche?".
"¡Ay! Estaba enojada contigo, no quería venir, puesto que es normal
en el hombre, en ti o en otro cualquiera, engañar.
Si ayer me engañaste en lo que me dijiste,
es posible ahora que tu mente haga cambiar a tu corazón".
"¡Oh dulce paloma mía! ¿Qué me estás diciendo, señora?
¡Oh, frescura de mi amor y dulzura de mi corazón!
¿No quieres ser mi consuelo en tan gran amargura?
Posees la voluntad de hacerme vivir y el poder de matarme.
Tienes en tus manos el espíritu de mi vida
y eres el ángel que coge mi alma con su espada".

Anónimo, incluido en Antología de la poesía griega. Desde el siglo XI hasta nuestros días  (Ediciones Clásicas, Madrid, 1997, ed. de José Antonio Moreno Jurado).

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