martes, 27 de noviembre de 2012

Poema del día: "Balada de Mulan", anónimo (China, siglo VI)

Tsi-tsi, tsi-tsi...,
Está tejiendo Mulan
junto a la puerta.
De pronto cesa el telar,
y se oye un suspiro.
—¿Qué estás pensando, hija?
¿Qué es lo que te preocupa?
—Nada, padre, casi nada...
Es que ayer vi un edicto del Gran Khan
sobre el inicio del reclutamiento.
La lista viene en doce libros,
y en todos encuentro su nombre.
Usted no tiene hijo varón,
ni yo ningún hermano mayor.
Así que quería montar a caballo
y reemplazarle para ir a la guerra.

Compra Mulan un caballo fuerte
en el mercado del este,
una montura en el del oeste,
un freno en el del sur,
y un látigo en el del norte.
A la mañana siguiente,
se despide del padre y la madre.
Por la noche, se detiene
a la orilla del río Amarillo.
Ya no oye la afectuosa voz de sus padres,
sino furiosos rugidos de las olas.
De madrugada, otra vez parte
para pernoctar en el Monte Negro.
Tampoco oye a sus cariñosos padres,
sino sólo los agudos relinchos
de los caballos del Monte Tártaro.
Presurosa marcha al campo de batalla,
y deja atrás varias fortalezas.
El gélido aire trae el duro son
de los gongs de los veladores.
Las corazas, bajo un sol lánguido,
despiden un frígido brillo.

Tras cien combates muere el general,
y al cabo de diez años regresa la guerrera.
La recibe el monarca
en la sala de Audiencia.
La asciende al grado más alto
y le concede miles de onzas de oro.
Le pregunta qué piensa hacer.
Mulan le dice que no quiere ser
ni mandarín ni funcionario.
Sólo pide un camello
para volver a casa.

Recibida la noticia,
sus padres, ya muy ancianos,
apoyados uno en el otro,
van a la entrada del pueblo a su encuentro.
Recibida la noticia,
su hermana se adorna ante la ventana.
Recibida la noticia,
su hermanito afila la cuchilla
para matar cordero y cerdo.
Mulan abre la puerta del pabellón este.
Sentada en el lecho del pabellón oeste,
se quita su ropa de combate
y se pone la de doncella.
Junto a la ventana, ante el tocador,
se peina y se maquilla.
Sale a ver a sus compañeros,
que se quedan con la boca abierta.
«Luchando doce años codo a codo,
nunca supimos que era muchacha.»
Cuando corren por el campo
una pareja de liebres,
¿quién podrá distinguir
entre el macho y la hembra?

Anónimo, incluido en Poesía clásica china (Ediciones Cátedra, Madrid, 2002, ed. y trad. de Guojian Chen).

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