martes, 1 de marzo de 2011

Poema del día: "El enigma", de Carlos Drummond de Andrade (Brasil, 1902-1987)

Las piedras caminaban por la carretera. He aquí que una forma oscura les cortaba el camino. Ellas se interrogan, y a su experiencia más particular. Conocían otras formas deambulantes, y el peligro de cada objeto en circulación sobre la tierra. Aquél, sin embargo, en nada se asemejaba a las imágenes trituradas por la experiencia, prisioneras del hábito o domadas por el instinto inmemorial de las piedras. Las piedras se detienen, en el esfuerzo por comprender llegan a inmovilizarse del todo. Y en la contención de ese instante, se fijan las piedras -para siempre- al suelo, componiendo montañas colosales o simples y estupefactos pobres guijarros desgarrados.

   Pero la cosa sombría -desmesurada a su vez- está ahí, a la manera de los enigmas que se burlan de las tentativas de interpretación. Es un mal de los enigmas que no se descifren a sí mismos. Necesitan de la argucia ajena para que los liberte de su confusión maldita. Y la rechazan al mismo tiempo, tal es la condición de los enigmas. Aquel frenó el avance de las piedras, rebaño desprevenido, y mañana fijará igualmente a los árboles, mientras les llega el día a los vientos, y a los pájaros, y al aire pululante de insectos y vibraciones, y a todo género de vida, y a la misma capacidad universal de corresponderse y completarse que sobrevive a la conciencia. El enigma tiende a paralizar el mundo.

   Tal vez la enorme Cosa sufra en la intimidad de sus fibras, pero no se compadece ni de sí ni de aquellos que reduce a su congelada expectación.

   ¡Ay, de qué sirve la inteligencia!, se lamentan las piedras. Nosotras éramos inteligentes y, a pesar de todo, pensar la amenaza no es salvarla: es crearla.

   ¡Ay, de qué sirve la sensibilidad!, lloran las piedras. Nosotras éramos sensibles y el don de misericordia se vuelve contra nosotras cuando contábamos con aplicarlo a especies menos favorecidas.

   La noche, y la luz de la luna, modulación de dolientes canciones que preexisten a los instrumentos musicales, esparce en lo cóncavo, ya lleno de sierras abruptas y de ignorados yacimientos melancólica suavidad.

   Pero la Cosa interceptadora no se resuelve. Corta el camino y medita, oscura.

Carlos Drummond de Andrade, incluido en Antología de la poesía brasileña. Desde el Romanticismo a la generación del cuarenta y cinco (Editorial Seix Barral, Barcelona, 1973, trad. de Ángel Crespo).

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*Artículo de Francisco Cenamor sobre la antología editada en España Itabira

2 comentarios:

  1. Muy buen poema estimado Francisco.

    Abrazos,
    Frank.

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  2. Todo un descubrimiento este drummond, a ver si puedo leer algo más de él.

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