lunes, 30 de julio de 2018

Poema del día: "Había un niño que salía cada día...", de Walt Whitman (Estados Unidos, 1819-1892)

Había un niño que salía cada día,
y lo primero que miraba, en eso se convertía,
y eso formaba parte de él por aquel día o parte de aquel día,
o por muchos años o sucesivos ciclos de años.

Las lilas tempranas formaban parte de aquel niño,
y la hierba y las glorias-de-la-mañana blancas y rojas y los blancos y rojos claveles, y el canto
          del jilguero,
y los corderos del tercer mes y las crías rosa pálidas de la puerca y el potrillo de la yegua y el
          ternero de la vaca.
Y la alborotadora pollada del corral o la que chapuceaba en la orilla fangosa de la poza,
y los peces suspensos de modo tan curioso allí abajo y el bello curioso líquido,
y las plantas acuáticas con sus gráciles cabezas chatas, todo formaba parte de él.
Los retoños del cuarto mes y del quinto mes formaban parte de él,
los retoños de las mieses invernales y los amarillo-claro del maíz, y las raíces comestibles del
          jardín,
y los manzanos cubiertos de flores y de frutas más tarde, y las moras silvestres y las zarzas más
          comunes del camino,
y el viejo borracho que tambaleándose volvía a su casa de la taberna de la que tarde se
          levantara,
y la maestra de escuela que pasaba camino de la escuela,
y los muchachos amigos que pasaban y los muchachos pendencieros,
y la nítida niña de rosadas mejillas y el negrito descalzo y la negrita,
y todos los cambios de la ciudad y el campo en dondequiera que iba,
sus propios padres, el que lo engendró y la que lo concibió en su vientre y lo parió,
le daban de ellos mismos a este niño algo más que eso,
le daban en adelante cada día, ellos mismos venían a formar parte de él.

La madre en casa poniendo tranquilamente los platos en la mesa de comer,
la madre con dulces palabras, limpios su gorro y su vestido, sano olor emanando de su persona
          y ropa al caminar,
el padre, fuerte, pagado de sí, varonil, maligno, iracundo, injusto,
el golpe, la rápida dura palabra, el mezquino regateo, la astuta treta,
las costumbres de familia, su lenguaje, las visitas, los muebles, el corazón que añora y se
          expande,
el afecto que no se escatima, la sensación de lo real, la idea de que si después de todo resultara
          irreal,
las dudas de día y las dudas de noche, el curioso si será y cómo,
si lo que parece así es así o si por ventura ¿es todo luces y sombras?

Los hombres y mujeres que se apiñan aprisa en las calles, si no son luces y sombras, ¿qué
          son?
Las mismas calles y las fachadas de las casas, y las mercancías expuestas en las ventanas,
los vehículos, los caballos de tiro, los muelles de gruesas tablas, la afluencia de gente a las
          barcas que cruzan el río,
la aldea en la falda vista de lejos en el crepúsculo, el río que la separa de aquí,
sombras, aureola y niebla, la luz cayendo sobre los techos y los aleros blancos y rojizos dos
          millas más allá,
la goleta cercana descendiendo asueñada en la marea con el botecito amarrado por larga
          cuerda a popa,
los rápidos tumbos, las crestas presto deshechas, azotando,
los estratos de nubes coloradas, la larga franja marrón solitaria allá lejos, la extensión de
          blancura en que inmóvil se tiende,
al borde del horizonte, el vuelo del cuervo marino, la fragancia de las salinas y del lodo en la
          costa,
todo venía a formar parte de aquel niño que salía cada día y que aún sale y saldrá todos los
          días.

Walt Whitman, incluido en Antología de la poesía norteamericana (Fundación editorial El perro y la rana, Venezuela, 2007, selec. de Ernesto Cardenal, trad. de José Coronel Urtecho y Ernesto Cardenal).

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