domingo, 21 de febrero de 2016

Poema del día: "La cosa como es", de Maurice Riordan (Irlanda, 1953)

Vivimos dentro de una lluvia continua de átomos
donde todo emite corrientes corpusculares de imágenes
y así transmite colores, formas y sonidos a los sentidos
— de acuerdo a la teoría unificada de Lucrecio
quien se dio muerte, nos dice San Jerónimo, al enfermar
por una pócima de amor o, por decirlo así, por el amor
maltrecho en su forma química; ya había compuesto entonces
durante los catastróficos años finales de la república,
De Rerum Natura, la naturaleza de las cosas, o sólo la Naturaleza:
que conocemos por sensaciones, de primera mano, con el cuerpo.
Jerónimo, como es de esperar, respaldaba los ataques del romano
a los dioses paganos, y su no tan romano desprecio
del amor sexual: así es que el poema halló su camino
hasta manos modernas en un manuscrito defectuoso;

a las que llega aún fresca con esa embriagadora pócima primera
de especulaciones áticas, todavía sin el lastre de los resultados.
Nada sale de su alcance: las partículas de la materia,
los imanes, los sueños, la fisiología, los terremotos, el clima británico,
los temperamentos de las bestias salvajes, y "sus usos militares"...
Investiga asuntos como de qué manera escuchamos
aunque no podamos ver a la gente que charla en la habitación contigua;
por qué, al inclinarnos sobre un espejo, nos vemos emerger
de sus profundidades. No se trata de preguntas "espinosas"
nos asegura Lucrecio: aunque desconozca (es normal) la ley
de la incidencia y la reflexión, y se halle irremediablemente lejos
de todo atisbo de frecuencia o amplitud, sus hipótesis
en esta obra tienen el fulgor demoniaco de De Selby
con algo del ingenio y encanto de un niño pequeño.

Mas sobre los fenómenos mismos es elocuente y exacto:
vemos al leñador en una colina lejana levantar
el hacha hasta los hombros, justo cuando el golpe
resuena en el oído; a la luz de la luna andan a nuestro lado
sombras; nos asomamos a un charco que refleja los cielos;
esos cielos se abren y descargan su granizo; el aire se divide
mientras olemos —como nunca en la vida real— el extraño,
sulfuroso hedor de una casa destripada por un rayo.
Puede también ser dulce. Entonces el rígido hexámetro
se hincha de nociones atrevidas, expresiones amables;
el peral reúne en su entera y contrahecha forma la esencia
de la pera y ofrece su carne al apetito; las vacas se revuelcan
en los pastizales, pesadas por la leche que gotea de sus ubres
("leche entera" escribe, para "adormecer" a las terneras).

He aquí entonces el tránsito apacible de la naturaleza: Marte
duerme en el regazo de Venus y absorbe sus húmedos, maternales
átomos... Pero cuando se refiere al amor humano, todo es "incisiones",
"picaduras" y "pérdida de fuerza". Al tiempo que nuestro ojo
es orientado hacia las radiantes, volátiles superficies de niñas o efebos,
se nos advierte alejarnos; y cuando los síntomas pasan de cortadas
y moretes a hinchazón, delirio e inextinguible fuego,
se nos aconseja "distraernos con sustitutos", o si no:
Dormir a solas —por este epicúreo estupefacto
(enloquecido, afirman los Padres, por una sobredosis de poción)
quien, por refrenarse, recuerda su hogar de infancia, las noches
en vela cuando se recostaba, atento a las imágenes etruscas,
y habiendo quizá soñado con Ifigenia; un intenso
y libresco adolescente atemorizado por los dioses

quien culminaría una vida de esfuerzo científico,
no con estrofas efervescentes para Venus o Apolo,
sino con la plaga de Atenas en 430 a. C. —con esto,
para demostrar que era apto para el combate mortal,
el poeta del cuerpo vulnerable: cuando la nube atómica,
acarreada por el viento sobre las ciénagas salinas de Egipto,
invade las gargantas de los ciudadanos; transporta las armas del frío
y el calor; impone un régimen de sed y hambre; y ataca
las ciudadelas de la vida, cuyo asiento —situado en el pecho —
se tambalea pero resiste; delicados instrumentos se ponen
en acción; sin que haya alivio, salvo en las oraciones y los exabruptos.
Y luego ni siquiera en éstos; los agitados átomos han encontrado
la lengua, "intérprete de la mente" y la han desconectado.
Nada queda sino un dolor impronunciable. Y así termina.

Maurice Riordan en A Wordfrom the Loki (1995), incluido en La generación del cordero. Antología de la poesía actual en las Islas Británicas (Trilce Ediciones, México, 2000, selec. y trad. de Carlos López Beltrán y Pedro Serrano).

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