jueves, 21 de noviembre de 2013

Poema del día: "Carta de Tatiana a Oneguin", de Alexsandr Serguéyevich Pushkin (Rusia, 1799-1837)

Os escribo ¿qué más
puedo deciros todavía?
Tal vez me despreciéis,
mas si sois compasivo
no me abandonaréis
a mi destino infortunado.
Yo quería callar. Creed:
nunca hubierais sabido mi vergüenza
si yo hubiera tenido la esperanza
de veros en la aldea alguna vez,
aun de tarde en tarde,
aunque tan sólo fuera para oíros,
para haber escuchado vuestra voz,
haberos dicho una palabra...
Pensar después, pensar lo mismo siempre;
de día y noche hasta mi nuevo encuentro.
Sois insociable, dicen.
Todo os aburre en nuestra aldea
y nuestra compañía no es brillante,
aunque nos es tan grato recibiros.

¿Para qué habéis venido a visitarnos?
En nuestra aldea solitaria
nunca os hubiera conocido
y no sabría nada
de este amargo tormento.
El tiempo calmaría
la inquietud de mi alma; el corazón
tal vez encontraría un buen amigo,
y hubiera sido entonces
esposa fiel y madre bondadosa.

¡Otro!..., pero no..., ¡no daría
mi corazón a nadie en este mundo!
Así está designado en las alturas,
es voluntad del cielo: yo soy tuya.
Toda mi vida ha sido prenda
de mi encuentro contigo.
Dios te ha enviado a mí, y hasta la tumba
tú serás mi custodio...
Te aparecías en mis sueños,
yo te amaba, invisible,
languidecía ante tus bellos ojos,
tus palabras sonaban en mi alma
desde hace tiempo... ¡No era sueño!
Cuando te vi, te conocí al instante;
pálida y temblorosa
¡es él! —pensé en silencio—.
¿No es verdad? Yo te oía
hablar conmigo en medio del silencio,
mientras daba limosnas a los pobres
o en la oración calmaba la tristeza
del alma atormentada.

Y en aquellos instantes
en una aparición, ¿no eras tú
a quien yo contemplaba reclinado
sobre la cabecera, con dulzura,
entre las sombras transparentes?
¿No eras tú, alegre y amoroso,
el que me susurrabas al oído
palabras de esperanza?
Seas mi ángel de la guarda,
seas malvado tentador,
resuélveme esta duda.
Tal vez es todo vano, es el engaño
de un corazón sin experiencia,
y está de otra manera designado...
¡Pero, aunque fuera así! Mi suerte
desde hoy te confío,
dejo correr mi llanto en tu presencia
y suplico tu amparo...
Ya ves: aquí estoy sola
y nadie me comprende,
mi juicio se consume,
debo morir callando.
Te espero:
que una sola mirada
devuelva la esperanza al corazón
o rompa el vano sueño
con un digno reproche.

Y termino. ¡Terrible
releer otra vez estas palabras;
me muero de temor y de vergüenza...!
Pero tu honor
es para mí una garantía
y a él me entrego confiada.

Alexsandr Serguéyevich Pushkin, incluido en Poetas rusos del siglo XIX (Ediciones Rialp, Madrid, 1967, selec. y trad. de María Francisca de Castro Gil).

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