viernes, 9 de diciembre de 2011

Poema del día: "Que inacabable empieza", de Cristian Gómez Olivares (Chile, 1971)

El mar se demuestra pero nadando.
Los granjeros de la zona, al hacer la
cosecha del maíz, tienen que tener cuidado
de no electrocutarse con los cables del tendido
eléctrico, derribados durante el último tornado.
Al subirse a sus tractores comprados con un largo
crédito que terminarán de pagar sus hijos, no debieran

estar tocando el suelo. Las estadísticas dicen
que después de una tormenta los índice de
accidentes laborales se incrementan en un
doscientos por ciento, lo que da una cifra
anual de un catorce por ciento acumulado
en las últimas dos décadas. Las razones

(dicen los que saben) se pueden atribuir
al aumento de la actividad meteorológica
debido fundamentalmente a la deforestación
de vastas zonas del área norte y a que las
cosecha, sobreexplotadas por los biocombustibles,
son cada vez más difíciles de cubrir por un sólo
operario encargado de una cantidad creciente de
acres. Como los cultivos orgánicos demandan
al menos dos o tres años manteniendo intacta la
tierra, durante ese tiempo el pequeño propietario
no recibe ninguna entrada, cero ingreso, lo que
le significaría sobre endeudarse por echarse el destino
del planeta sobre los hombros. Sus dos hijas salen a jugar
al patio y él se pone a pensar en cuando sean grandes,
en la universidad, en crecerlas. Hace cálculos, ve venir
los años, una de ellas vuelve con un pájaro entre las
manos: tiene un ala medio rota, pero quizás tal vez
se salve. Y cuando lo llevan a dentro, cuando lo
comienzan a cuidar, las niñas vuelven con sus hijos,

se sientan a conversar con el abuelo que puede que
otra vez les repita esa historia sabida de memoria
en las sobremesas de la familia, de cuando era joven
y le gustaba nadar y un día llevó muy lejos a la
abuela, hasta las playas de North Carolina
para que ella conociera el mar y se decidiera
por fin a casarse con un joven granjero del
interior que recién había heredado un pedazo
de la tierra y ni siquiera sabía cómo se arreglan
los tractores, para que ella conociera el mar
y le tuviera el mismo respeto que le tienen los
marinos que nunca han sabido nadar ni tampoco
necesitan aprender  porque el mar no se explica ni
se demuestra sino es con un par de estas palabras
que lo miran desde el muelle golpear el muelle,
da lo mismo que suba o que baje la marea los botes
amarrados sólo esperan que amanezca para seguir estando allí amarrados.

Cristián Gómez Olivares en La casa de Trotsky (Ediciones de la Isla de Siltolá, Sevilla, 2011).

Otros poemas de Cristián Gómez Olivares y artículos sobre su obra
CiudadEclesiastés 12,5El más paciente, Ítaca: versión libreLa casa de los espíritusLos pescadores de perlas, No se equivocaban los maestroQue inacabable empiezaUn verano que aún se nos pega aquí en la piel¿Y qué tan confiable puede ser...

*Artículo de Francisco Cenamor sobre La casa de Trotsky

3 comentarios:

  1. Yo llamo poesía a... otra cosa. Pero me alegro que le guste a otras personas, para eso se hicieron los gustos y los criterios

    ResponderEliminar
  2. Pues esto es claramente poesía, cumple todos los requisitos para serlo, vamos.

    ResponderEliminar

Tomo la palabra: