lunes, 7 de marzo de 2011

Poema del día: "La jaula de la verdad", de Javier Bello (Chile, 1972)

Yo vivía encerrado en un presentimiento,
yo sabía que mi abuelo iba a morir ese mes de diciembre.
No tiene olor a nada la muerte,
la muerte no tiene olor a nada ni se anuncia con rosas.
Cuando me acerqué a la cama no estaba allí sentada,
no estaba allí la muerte, no estaba allí la muerte detrás de la muralla blanca,
          delante de la muralla blanca.

Yo vivía encerrado en un presentimiento,
obligarme a que mirase a los lados era pedirle a un mar muy joven, niño aún,
          que dejara de jugar con las estrellas para ir por un solo túnel,
era hacer ingresar sus animales, uno a uno, distraídos ya de cualquier otra cosa
          que no fuera una flor, un cardo que echaba sus vilanos.
El túnel tenía paredes que no hablaban, paredes que no querían hablar,
adentro había una mujer con cabeza de pájaro, cantaba junto al amanecer y el
          amanecer no existía, era imposible su llegada.

Sus manos y sus mejillas eran de tiza, de dura tiza muy blanca.
Eran invisibles aquellos hombres que con un puñado de agujas adheridas a un
          huevo
raspaban allí la harina con que saciar a sus pájaros.
Los pájaros estaban en jaulas construidas con cáscaras de nuez,
piaban inmóviles por la leche de la muchacha blanca, que resplandecía sin poder
huir de las voces y hablaba sentada en sus ojos con la noche que estaba
          de guardia esa noche.

Los hombres venían de una selva, de una subasta donde se exponían alimentos
          estériles con inconsciente orden,
meriendas envenenadas que harían olvidar a las familias la tierra negra de la
          plusvalía caliente en todas partes.

Busco esa arena en mí, es como si insultara a mi abuelo
y como un manzano que vive en un niño, condenado por la promesa de los
          frutos,
comenzara a estallar sin quejarme.

Todo me recordaba el desastre de la profundidad y las apariciones.

Yo vivía en la caja de un vértigo del que hoy ya no tengo noticia,
yo vivía en la habitación de un relámpago que crujía también por las venas de
          los otros
y abrasaba las grandes alamedas donde los niños recogían estrellitas de cuarzo
          tras la manifestación.

Los muchachos que siempre fumaban en la esquina no sabían besar, iban
          a aprender a besar con el tiempo.
Yo le gritaba a mi abuelo: los van a colgar a todos de los árboles
y miraba los tilos que vigilan todavía la plaza teñidos de un rojo muy leve.
Cuando venga la revolución van a suceder muchas cosas relativas a la práctica
          de la talabartería.
Se advertirá a los niños del poder que han inyectado en los alimentos
las mariposas del trabajo nacerá sin esfuerzo de las manos vencidas.

Ninguna saciedad, pienso ahora, hubiera habido en las cuerdas.

Ya los obreros no se ven con sus cascos azules,
nadie recuerda los puños alzados hasta el cielo,
y los hijos de los obreros odian a los ancianos, en la esquina se filtran tierra
          negra en las venas,
nunca aprendieron a besar.

Cuando todo estalló en mí yo no sabía si comportarme como un pez o un
          almendro.

Ahora los hombres han huido del túnel sin dejar ni siquiera un aviso más que la
          inmovilidad de sus aves.
No es que haya sido bueno que estuvieran parados como animal con sed en
          medio de las fábricas
ni que en sus conciencias haya desaparecido una ley que llamaron trabajo,
pero al menos había alguien alrededor de los páramos.
Yo le gritaba a mi abuelo: los van a colgar a todos de los árboles.
Yo le gritaba a mi abuelo, pero mi abuelo estaba muerto en su cama
y ahora, mi imagen de la verdad es esta:
una mujer sin orejas, volcada.

Javier Bello en Las jaulas, incluido en Feroces (DVD Ediciones, Barcelona, 1998, ed. de Isla Correyero).

2 comentarios:

  1. Inmenso poeta, Javier, compartimos una vez junto a otros el cielo de Mamalluca, observatorio de Coquimbo. Gracias, Francisco. Te felicito por el blog y la poesía. Desde el sur de Chile. ar.

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    1. Sí, hace muchos años que leí este poema, no lo recordaba.

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