sábado, 21 de agosto de 2010

Poema del día: "Y ahora el llanto", de Ángela Figuera Aymerich

                           -¿Por qué lloras si no sirve para nada?
                           -Precisamente por eso. Porque no sirve.
                                                                                  Solón

Como quien se despierta rodeado de llamas,
rodeado de lobos,
rodeado de cárceles.
Como un niño al que quitan el pecho bruscamente,
como una dama histérica,
como una oveja que montara en cólera,
he gritado, he gritado cuando he visto,
cuando, sencillamente, me he hecho cargo.

He gritado de día y por la noche.
Con muy poco respeto, lo concedo,
para el descanso de las almas probas
que no quieren saber nada de nada
porque ellos, desde luego, ellos, ¿qué culpa tienen?

He gritado a mi modo (soy tozuda),
hasta resquebrajarme la garganta,
hasta el dolor profundo de las vísceras,
hasta llenar de prosa despreciable mis versos.
(Mejor hubiera estado cortando margaritas
o sonetos de boj correlativos.)

Me habréis oído a veces
(Señor, qué mujer ésta)
y os habréis arropado la cabeza en las sábanas
para dormir en paz y soñar con los angelitos.

Ahora (esto es más tonto todavía) ahora lloro.
Estoy llorando a hilo, a metáfora viva.
Y mis lágrimas caen ineficaces
sobre los hombros apiñados y los codos con codos
de los rebaños callejeros.
Y caen sobre las manos duramente adiestradas
que empuñan una azada, un fusil, una lima,
un pedazo de tiza o una llave maestra.
Y caen sobre los ojos encogidos
de los oscuros niños coreanos
y sobre las veredas enfangadas
por donde huyen sus madres.
Van cayendo sin ruido
sobre la calva de los sabios y de los presidentes,
sobre la frente de los poetas y de los esquizofrénicos
y de las amas de casa que porfían en vano
porque tres y tres suman dieciocho.
Caen mis lágrimas, caen
sobre los altares de las iglesias y los lechos de los prostíbulos.
Sobre los micrófonos de las conferencias internacionales.
Sobre las ventanillas de las casas de empeños.
Sobre los cementerios sin cruces de la muerte innumerable
y los mostradores de las cafeterías.
Y caen sobre el sudor y sobre el beso
y sobre la risa comprada en los cinematógrafos,
y sobre el pus de las heridas
y el olor a éter de los hospitales.
Van cayendo mis lágrimas.
Sobre el griterío de los campos de fútbol
y los tinteros de las comisarías
y el artículo de fondo de los periódicos
y el brasero raquítico de las mesas camilla
y hasta en los vasos con flores de las antesalas de los abogados.

Y lloro y lloro un llanto irrestañable.
Sabiendo que no sirve para nada.
Que el llorar hace feo.
Que ese poco de sal y de sangre caliente
de mis lágrimas bobas
perderá su importancia
en el glaciar amargo sin desagüe
que está siendo la vida para el hombre.
Y lloro (no hay remedio, soy idiota)
con toda buena fe y a todo riesgo.
Como si a mí me fuera y me viniera.
Como si no estuviera tan a gusto en mi casa.

Ángela Figuera Aymerich en El grito inútil (1952), incluido en Obras completas (Ediciones Hiperión, Madrid, 1986).

4 comentarios:

  1. Contagia la mujer.

    Buenísimo y emocionante poema querido Francisco.

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  2. He descubierto hace poco a Angela Figuera. Es uno de los mejores tesoros que he encontrado. Gracias por dedicarle un espacio en tu blog.
    Gonzalo

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    1. Sí Gonzalo, Ángela es buena para introducirnos en la poesía, espero que sigas y sigas y sigas. Un abrazo.

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