martes, 22 de diciembre de 2009

Prólogo del poeta Francisco Vélez Nieto al libro 'La caricia del agua. Antología de poetas cantando al agua'

A lo largo de la historia el agua ha sido el símbolo de la fertilidad, pues sin ésta nada vive o se regenera.

De todos los rincones de la tierra hace milenios que se adora, se habla y canta al agua, como elemento deseado, mítico y religioso, “porque las semillas de todas las cosas son húmedas, y el agua es el origen de la naturaleza de las cosas húmedas”, señala Thales de Mileto. Sin el agua el ser humano no sería nada. Somos hijos de la naturaleza, esa que cantan los poetas e investiga, para preservarla del mal y la contaminación con garantías sanitarias, la ciencia por medio de sus investigadores y técnicos. “Mirad bien. ¡Ahora! / Blancuras en curva / Triunfalmente unas /—Frescor hacia forma—".

Y Herodoto cuenta que fueron los poetas quienes enseñaron y brindaron sus cantos a los dioses griegos. “Me fascinan los arroyos y la música que crean. / Y las corrientes, entre prados y cañas, antes de tener / oportunidad de convertirse en arroyos”. La fortuna benévola prodigio de tan preciado líquido, para ser vertido sobre la condición humana como un regalo del cielo predicando el valor y sabor del agua, ese elemento insustituible para el vivir de cada día, calmar la sed y evitar la tragedia de las guerras por tan necesario líquido, tantas veces a través de los siglos húmedas de luto y sangre, incluso en este siglo XXI, impidiendo el progreso y la paz entre los pueblos, la muerte por sed de muchos seres humanos.

Emilio Lledó señala que “la poesía nos hace ver el mundo con ojos distintos al que el uso nos marca en el diario y tantas veces vacío discurso del vivir”. Realmente, consumimos tiempos difíciles y somos conscientes de que la poesía no es un remedio mágico, tampoco un arma, para eliminar tanta calamidad en una sociedad dislocada entre guerras y ambiciones desmedidas, porque “llueve tanta tristeza por las cosas, / tanto dolor redoble en los tejados / su agua de injusta nube acumulada / sobre la soledad y el desamparo…”.

Toda esta inquietud es fruto ante ese consumo desaforado y alienador que nos lleva peligrosamente a una ceguera portadora de terror, que despavorida e inconsciente se acerca al borde del precipicio. Una corriente peligrosa que desprecia la música del río: porque entre cosas de vital importancia olvida el don del agua y del medio ambiente, ignorando el peligro de ruina de las civilizaciones, con el derroche y la infame utilización de tan preciado líquido, elemento tan vital como el aire y los alimentos para la vida. “Con qué nitidez recuerdo entonces / la laguna cubierta de hierba y la voz ronca del aliso / y, que en algún lugar viven mi padre y mi madre”.

Porque se suman siglos, milenios, desde que el agua viene siendo considerada nuestro elemento principal, un don de la naturaleza donado por los dioses míticos, placer necesario para la tierra por los cielos y así la condición humana tuviera una razón imprescindible de su propia existencia. “Venus, la de los senos adorados / que nutren de vigor savias y rosas; / la que al mirar derrama mariposas y al sonreír florecen los collados”. Ella nos ofrece la caricia diaria, el fresco de su amorosa humedad.

Así fueron girando las civilizaciones creciendo impregnadas de humedades. Esculpiendo la historia de los pueblos. Un ejemplo fue Roma, a la que el historiador Pierre Grimal denomina “la ciudad del agua”; donde los acueductos alimentaron la gran metrópoli y todo el imperio que igualmente alcanzó los grandes y prósperos territorios y ciudades de la Bética. Y sin embargo, ahora “le daban duro con un palo / también con una soga; son testigos / los días jueves y los huesos húmeros, / golpean al hombre con un palo / la soledad, la lluvia, los caminos”.

Romanos y musulmanes ya sabían de las cualidades terapéuticas del líquido elemento y sus beneficios para la salud del cuerpo y el espíritu. Un ejemplo cercano lo tenemos en Itálica, tan saqueada por los bárbaros, la cuna de dos grandes emperadores, Trajano y Adriano, el primero de ellos fue quien más aportó a toda la geografía del imperio con grandes obras públicas y primordialmente hidráulicas. Un bello y práctico juego que con los siglos fue produciendo el enriquecimiento de todas las culturas. Cosechas, jardines, música, huertos, higiene, campos regados como base para los alimentos no solamente del hombre, sino igualmente para los animales y esa riqueza general por la que la humanidad trabaja y sueña.

Defendamos su desarrollo natural cuidando la propia naturaleza. La canción de los ríos, la musicalidad de la fuente, la maravilla de los veneros, esa mirada de la gente del campo hacia el cielo rogando por la lluvia necesaria para las cosechas, idus de todas las civilizaciones, son las corrientes del agua en la geografía y el sentir diario en favor de todos los seres humanos que viven y malviven en el planeta.

Por ello los poetas se miran en los espejos del agua para inspirarse y cantarla pensando en los pueblos y sus gentes. Porque por sus ríos son corrientes que pasan cantando hacia la mar. Final y retorno a los acogedores veneros de donde brotó con su música de lluvia deseada. Porque todo principio es lluvia que la tierra acoge como madre agradecida, para mecerla con cariño en sus entrañas y repartirla entre las gentes y las cosechas, por las corrientes subterráneas de la tierra, convirtiéndose en música que brota de las fuentes para calmar la sed, el esfuerzo y el amor. Y es que cantar al agua es humanidad, por eso es doloroso, suicida, no cuidarla, no mimarla como a una amante muy querida.

La importancia del agua para todos debe ser siempre un amor deseado e insustituible. Nada de esto debe de ser nuevo, ni nos debe de sorprender por tanto que las monedas y el agua figuren en tantas supersticiones y profecías. Todo lo contrario, su peso histórico es un referente que forma un núcleo importante de las muchas culturas que llegaron a todas partes de la tierra, de nuestro mundo. Aquí fueron bien recibidas y asimiladas. Si nos consideramos un pueblo viejo no se debe a una fantasía o estrategia política calculada, ambigua, de intereses retorcidos.

No somos un pueblo sabio por pura palabrería como pretende mostrar cierto voluntarismo infantil, populista y ambiguo envuelto en la especulación histórica, indigna de presentarse como una sociedad ideal y ensueño consumista, en total contradicción con la verdadera cultura natural fruto y trabajo de muchas fuerzas unidas sobre su propia evolución, castigada, lastimada con los cantos desafinados de los nacionalismos de aprendices de sirenas, sordos y ambiciosos.

De aquí la necesidad de la cultura y la conciencia en defensa y apoyo por esa agua de todos a la hora de hablar y planificar un desarrollo sin sueños vanos, credos conductores a un paraíso terrenal plastificado. Y dentro de esa necesidad, por su modesto coste, pero su necesaria utopía y solidaridad, los poetas están ahí a través de los tiempos, pasado y presente mostrando al pueblo la poesía. La Poesía puede que no sea “un arma cargada de futuro”, como dejó escrito Gabriel Celaya, pero sin discusión alguna es el mejor escudo con el que defenderse ante el desvarío y la alienación a la que insistentemente viene obligando el Gran Hermano.

Porque no son los poetas los únicos que cantan y defienden el agua. Otros de mayor envergadura están ahí en primera fila. Son muchos los organismos volcados en la apuesta de una racionalidad más justa de tan preciado elemento. Por eso la defienden y protegen y mejoran en la medida que es posible, todas las personas poseídas de algo tan fundamental y necesario en nuestra sociedad como la sensibilidad y la toma de conciencia por esa lucha pacífica en salvar el medio ambiente. Ese que la especulación despiadada viene destrozando, envenenando la tierra, contaminándola sin ningún pudor o escrúpulos. La tierra, el aire y el agua están en peligro y necesitan ser protegidos de la maldad de los depredadores... Y la poesía, con la sencillez y humildad que le caracteriza, estará siempre presente.

En esta antología al agua, sesenta poetas sin limitaciones geográficas, acompañados de citas muy diversas y variadas sobre el agua, pretenden mostrar con estilo por medio de una poesía que juega con lo popular y lo clásico, cómo la poesía nada en su agua, viejo canto poseído de sensibilidad, belleza a lo largo de la historia de los pueblos. “Grata la voz del agua / a quien abrumaron negras arenas, / grato a la mano cóncava / el mármol circular de la columna, / gratos los finos laberintos del agua”. La poesía sólo pretende ser una motivación, una llamada a la armonía y la belleza pacífica y amorosa forma de proteger al agua como don natural de la humanidad. Porque “el genio del agua no muere”, aunque hay quienes lo desprecian porque no saben contemplarlo desde su orilla. “Me he sentado esta tarde a la orilla del río / mucho tiempo, quizá mucho tiempo, / hasta que mis ojos fluían con el agua y mi piel era fresca como la piel del río”. Están sordos y no pueden escuchar la soleá que la fuente canta. “Siento tu voz y me suena / como el cántaro en la fuente / en la fuente de mis penas”.

Francisco Vélez Nieto

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