A la luz del poniente la libertad contemplo
de un grupo de mis soldados que, desvestidos
para bañarse, gritan y corren en el aire cálido.
Su carne, desgastada por el oficio de la guerra, revive,
y, contemplándolos, trato de hallarle a esto algún sentido.
Patético es, ahora, todo. El cuerpo que era rudo,
recio y ávido, en acción o en reposo repugnante,
todo hervor, sudor y suciedad, todo fuerza animal
y animal vencimiento, por el dolor y la fatiga, al fin,
frágil y luminoso se volvió. Pobre animal desnudo y ahorquillado
consciente de sus deseos y necesidades, de la carne que se levanta y cae,
yérguese en el aire tibio, tras el ajetreo gozando
la delicia de su desnudez, y, mientras las frías olas
sus espumeantes lenguas dejan a sus pies, olvida
su aversión a la guerra, la terrible pulsación que pone en marcha
esa máquina de muerte y esclavitud
por la que cada esclavo hace esclavos a otros, y se encuentra
recordando su vieja libertad en un juego
en el que, burlándose de sí mismo, cómicamente el miedo y el pudor remeda.
Juega el soldado con la muerte y la animalidad,
y yo, leyendo en las sombras de su pálida carne, veo
aquel tema de un dibujo de Miguel Ángel en el que aparecen
unos soldados, en mitad de su baño interrumpidos
por alguna salida del enemigo: un episodio
de las guerras de Pisa con Florencia. Recuerdo cómo los muestra
con sus musculosos miembros emergiendo del agua
y sobre los hombros vueltas las cabezas, aprestándose a la matanza
con olvido de sus cuerpos, que estaban desnudos,
y afanándose por ceñirse y usar las armas, que yacían allí.
Y recuerdo también otra escena, en la que el artista
—¿era, acaso, Antonio Pollaioulo?—,
esbozando macilentos cuerpos sobre un siniestro fondo rojo,
plasmó una batalla desnuda: esparrancados guerreros que, hundidos
en el suelo los dedos de sus pies, acuchillaban al enemigo
y daban muerte al hombre, al desnudo hermano que, caído,
mostraba los dientes en la mueca de sus contraídos labios.
Tratábase de italianos que conocían la tristeza y deshonor de la guerra,
y la mostraban suspendida, en la desnudez, un tema,
por la experiencia confirmado, del extremo horrible de la guerra
bajo un cielo donde hasta el aire está empapado
de Lachrimae Christi. Y esa furia y amargura, esos golpes,
ese odio de los muertos, ¿qué podría ser
sino, indirecta o brutalmente, un comentario
de la Crucifixión? Pues el cuadro arde
en indignación y lástima y desesperación y amor, por veces,
porque es el anverso de la escena
en que cuelga Cristo asesinado, desnudo, sobre la Cruz.
Quiero decir
que es la explicación de su furor.
Y nosotros también sentimos la amargura y lástima que incitan
al pensamiento y horror en esta guerra. Mas ya la
noche empieza, noche de la mente: ¿quién, hoy día, es de nuestros pecados sabedor?
Con todo, en cada acto humano nuestra sangre participa
y debiéramos saber lo que nadie ha comprendido todavía, y es
que algún gran amor sobre cuanto hacemos está,
y que él nos ha impulsado a esta furia, pues tan pocos
todo el terror de ese amor soportar pueden:
el terror de ese amor nos echó, volteándonos, en este surco
que ha fertilizado nuestra sangre...
Mas ya mis soldados se secan
para vestirse, toman sus camisas y de su desnudez
el temor y la vergüenza olvidan.
Porque amar es terrible, preferimos
la libertad de nuestros crímenes. Mas al aspirar el aire oscuro
siento un extraño deleite que me colma,
una gratitud, como si el mal mismo fuera bello;
y beso la herida en el pensamiento, mientras, en el poniente,
contemplo la enrojecida raya que pudo
del pecho de Cristo haber brotado.
FT Prince, incluido en Antología de poetas ingleses modernos (Editorial Gredos, Madrid, 1963, trad. de Jesús Pardo).

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