miércoles, 25 de febrero de 2026

Poema del día: "El ruiseñor", de Samuel Taylor Coleridge (Gran Bretaña, 1772-1834)


Ni nube, ni reliquia del día sumergido
distingue el occidente: ni una larga y sutil
franja de luz huraña, ni matices borrosos.
Venid, descansaremos en el musgoso y viejo
puente. Ya veis abajo el fulgor de las aguas,
mas no oís el murmullo: va fluyendo en silencio
en su cauce de blando verdor. Todo está en calma,
¡noche aromada!, y aunque palidecen los astros,
pensemos en las lluvias invernales que alegran
la tierra en su verdor, y hallaremos así
placer en lo borroso que vela las estrellas.
Y ¡oíd!, el Ruiseñor empieza su cantar,
«ave tan melancólica, ave tan musical».
¿Es ave melancólica? ¡Oh vano pensamiento!
En la Naturaleza no hay nada melancólico,
si no es algún noctámbulo de corazón herido
al recordar algún agravio doloroso,
o algún lento trastorno, o un amor desdeñado
(y así, pobre infeliz, llena todas las cosas
de sí mismo, obligando a todos los sonidos
amables a contar otra vez la leyenda
de su propia tristeza); él, y tales como él,
han sido los primeros en llamar a esas notas
música melancólica. Y no pocos poetas
se hacen eco de tal idea: los poetas
que erigían las rimas, cuando más les valiera
haber ido a tender su cuerpo junto a un río,
a la sombra de alguna arboleda musgosa,
bajo el solo la luna, y bajo los influjos
de formas y sonidos de elementos cambiantes,
entregando su espíritu entero, de su canto
y su fama olvidados; de modo que su fama
pudiera tomar parte en la inmortalidad
de la Naturaleza; ¡cosa tan venerable!,
y así su canto hiciera a la Naturaleza
más deliciosa, y ellos como ella amados fueran.
Pero no será así: las doncellas y jóvenes
más poéticos, esos que sueltan los crepúsculos
primaverales, más y más hondos, en bailes
y calientes teatros, siempre llenos de mansa
comprensión, seguirán sus suspiros lanzando
por Filomela, siempre pidiendo compasión.

Amigo mío, y tú, nuestra hermana: nosotros
nos atenemos a otra tradición diferente:
¡no hemos de profanar así estas dulces voces
de la Naturaleza, llenas de amor y gozo!
Éste es el Ruiseñor alegre, que con prisa
agolpa y precipita sus deliciosas notas
en un denso gorjeo rápido: se diría
que teme que una noche de abril sea muy corta
para lanzar al aire su cántico de amor
y descargar su alma de su música entera.
Y sé de una arboleda de mucho espacio, junto
a un enorme castillo que no habitan los grandes
señores: y está todo silvestre, en sotobosque
enredado, y los rectos paseos se han borrado,
y flores y hierbajos crecen por los senderos.
Pero no he visto un sitio más rico en ruiseñores:
de lejos y de cerca, en el seto o el bosque,
sobre la ancha arboleda, responden provocándose
a cantar unos a otros, como en escaramuzas
y en pasos caprichosos, murmurando sus trinos
melodiosos y rápidos, con un solo sonido
de gorjeo profundo más dulce aún que todos;
renovando así el aire con armonía tal
que si cerráis los ojos olvidaríais casi
que ahora no es de día. A la luz de la luna,
en arbustos de hojitas apenas entreabiertas,
tal vez podríais verlos en las ramas: sus ojos
brillantes, a la vez brillantes y redondos,
resplandeciendo, mientras en la tiniebla muchas
luciérnagas encienden la antorcha del amor.
Una amable doncella que reside en su hogar
hospitalario junto al castillo, al ocaso
(tal como una señora con pasión entregada
a algo más en el bosque que a la Naturaleza),
por las sendas avanza: sabe todas sus notas,
esa amable doncella, y a menudo, un momento,
mientras quedó la luna oculta en una nube,
escuchó que una pausa de silencio se abría:
hasta que, al emerger la luna, despertó
tierra y cielo en la misma sensación, y esas aves
en vela se lanzaron a un coro ministril,
como si una galerna repentina de pronto
arrastrara cien arpas aéreas. También
vio muchos ruiseñores posándose aturdidos
en una rama en flor mecida por la brisa,
y acompasando aquel movimiento su canto
caprichoso, lo mismo que el embriagado Gozo
que con sus tambaleos sacude la cabeza.

¡Adiós, oh Gorjeante! Hasta el próximo ocaso,
y vosotros, amigos, ¡adiós, un breve adiós!
Hemos ido vagando gratamente y despacio;
ahora, a nuestros hogares queridos. ¡Esas notas,
otra vez! ¡Ojalá pudiera demorarme!
Mi niñito pequeño que, incapaz de sonido
articulado, todo lo estropea imitándolo
balbuceante, ¡cómo se pone tras la oreja
la manita y levanta el diminuto índice,
pidiéndonos que oigamos! Y está muy bien hacerle
compañero de juegos de la Naturaleza.
Él conoce la estrella de la tarde: una vez,
cuando se despertó de un humor apurado
—algún dolor interno le había suscitado
esa cosa tan rara, un sueño de niñito—
me apresuré con él a nuestra rosaleda,
y él observó la luna, y, callando en seguida,
suspendió los sollozos y se rio sin ruido,
mientras sus lindos ojos, inundados de lágrimas
sin caer, fulguraban en la amarilla luna.
Bien; ésta es una historia de padre; mas si el Cielo
me da vida, su infancia se ha de hacer familiar
con estos cantos, para que pueda ver unida
la alegría a la noche. Una vez más, adiós,
oh dulce ruiseñor, y adiós, amigos míos.

                                                         1798

Samuel Taylor Coleridge, incluido en Poetas románticos ingleses (BackList, Barcelona, 2010, trad. de José María Valverde).

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