en su abrupta subida? En tanto que parece
hacer pausa tu calva y terrible cabeza,
soberano Mont Blanc, el Arve y Arveiron
deliran sin cesar en tu base: mas tú,
¡oh Forma aterradora!, levantas a lo lejos
tu silencioso mar de pinos, ¡qué callado!
En torno a ti y encima, es el aire profundo
y oscuro, sustancioso, negro, una masa de ébano:
¡podría perforarse como con una cuña!
Pero al mirar de nuevo, es tu tranquilo hogar,
tu fanal cristalino, tu residencia desde
la eternidad. ¡Oh Monte, temible y silencioso!
Te he contemplado, fijo, hasta que, aunque presente
al sentido del cuerpo, fuiste desvaneciéndote
de mi pensar: en trance de plegaria, adoré
a lo Invisible solo.
Pero como una dulce
melodía hechicera, tan dulce que ignoramos
que la estamos oyendo, tú, en tanto, te mezclabas
con mi Pensar: aún más, con mi Vida y el gozo
secreto de la Vida: hasta que la ensanchada
Alma, en un arrebato trasfundida, pasaba
a la fuerte visión, y ahí, como en su forma
natural, dilatándose, llegaba, vasta, al Cielo.
¡Alma mía, despierta! ¡No debes sólo elogios
pasivos!; ¡no tan sólo las lágrimas que surgen,
mudas gracias, y un éxtasis en secreto! ¡Despierta,
voz de cántico dulce! ¡Despierta, corazón!
Verdes valles, barrancos de hielo, ¡uníos todos
a mi Himno!
¡Tú, el primero, el principal, el único
soberano del Valle! Tú luchas con la sombra
toda la noche, y toda la noche te visitan
huestes de astros, trepando al cielo, o al hundirse:
compañero en la aurora del lucero del alba,
tú mismo de la Tierra rosada estrella, Tú,
otro heraldo gemelo de la aurora: despierta
y lanza tu alabanza. ¿Quién hundió tus columnas
sin sol, hondo, en la Tierra? ¿Quién puso luz rosada
en tu rostro, y te hizo padre de eternos ríos?
Y vosotros, los cinco torrentes, locos, fieros
en alegría, ¿quién os llamó de la noche
y la muerte absoluta, desde oscuras cavernas
de hielo, a que bajarais esas rocas con filos,
negras, vertiginosas, sacudidas por siempre
y por siempre las mismas? ¿Quién os dio vuestra vida
invulnerable, vuestra fuerza y velocidad,
vuestra alegría y furia, vuestro trueno incesante
y eterna espuma? ¿Quién mandó (y llegó el silencio):
«Endurézcanse aquí las ondas y descansen»?
¡Cataratas de hielo! que con fuerza bajáis
de la frente del monte por enormes barrancos,
¡torrentes que al oír una voz poderosa
se pararon de pronto en su caída loca!
Inmóviles torrentes, calladas cataratas,
¿quién os dio tanta gloria como Puertas del Cielo
bajo la aguda luna llena? ¿Quién mandó al Sol
vestiros de arco iris? ¿Quién con flores vivientes
de puro azul tendió a vuestros pies guirnaldas?
¡Dios!, haz que los torrentes, como un clamor de pueblos,
respondan y den su eco las llanuras de hielo;
¡«Dios», arroyos del prado, cantad con voz alegre!
¡Oh pinares, con suaves rumores como de alma!
¡y también tienen voz esas pilas de nieve;
cayendo en amenaza, también tronará Dios!
¡Flores vivas en torno de la perenne escarcha!
¡Cabras salvajes junto al nido de las águilas!
¡Águilas, que jugáis con la tormenta alpina!
¡Relámpagos, temibles flechazos de las nubes!
Oh signos y prodigios del celeste elemento,
decid, «Dios», y llenad los montes de alabanza.
También, canoso Monte, con tus picos al cielo,
de cuyos pies a veces el alud, no escuchado,
se dispara, tú fulges por lo puro y sereno
a lo hondo de las nubes que te velan el pecho;
tú, otra vez, asombrosa Montaña, que al alzar
la mirada, algún tiempo baja en adoración,
subiendo de tu base lentamente, con ojos
inundados de lágrimas, pareces elevarte
solemne, como nube de vapor, ante mí;
¡elévate, oh, siempre, como nube de incienso
desde la tierra! Regio espíritu en un trono
entre todos los montes, temible embajador
de la Tierra ante el Cielo; gran Jerarca: ¡di al mudo
cielo, y a las estrellas, y al sol que se levanta,
que la Tierra, con mil voces, alaba a Dios!
1797
Samuel Taylor Coleridge, incluido en Poetas románticos ingleses (BackList, Barcelona, 2010, trad. de José María Valverde).

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