Hacia ti, queridísima, mis brazos
como tú los pintaste, se dilatan,
como dos blancas ramas que, del tronco,
se alargan contra el viento del olvido.
Mis manos van a tus delgadas manos
que ignoran el carnal, curvo abandono,
que atraviesan la vida y sus anhelos
con la pura dureza de las alas.
Voy a buscarte para que escapemos
a nuestro mundo o elemento amigo,
sueltan nuestra melena y nuestras colas
surcando los albures de la espuma.
Mientras los otros van contra las piedras
a mellarse las uñas y se frotan
los ojos con trabajo, en su trabajo
de menudas hormigas roedoras,
eternamente vírgenes, ligeras;
enlazadas del talle, cruzaremos
océanos de sueños y canciones,
como el invierno aquel ¿te acuerdas? Daba
tu cuarto triste la pequeña calle
cuando tu blanco seno aparecía
iluminando con su luz sagrada:
tú apenas comprendías el milagro,
pero tu sangre abría un cauce nuevo.
Y así, eras toda tú, tal como un vaso
que de infantil esencia rebosase,
la que tu cuerpo dio como prodigio,
la que a tu lápiz lleva de la mano,
la que en tu voz pequeña juguetea:
condena celestial, que te señala.
Rosa Chacel en Versos prohibidos (1978), incluido en Poesía soy yo. Poetas en español del siglo XX (1886-1960) (Visor Libros, Madrid, 2016, ed. de Raquel Lanseros y Ana Merino).

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