Es en tiempos de aburrimiento que debemos decidir –más que ninguna otra vez– a quién adoramos.
A los repertorios de fotografías a las apps sociales,
a sus cientos y cientos de imágenes sumergidas
en la digital fosforescencia de las redes,
tristísimos legados de ninguna de nuestras vidas.
A la Iglesia Católica despojada de sí misma,
a su preciosa imaginería a su narrativa histórica,
como una cosa totalmente vacía que pueda llenar
nuestra aún más vacía memoria mitológica.
Al hinduismo budismo al yoga y al reiki
como sustitutos morales de la primera.
A las cartas astrales,
cuyas predicciones son al menos más bellas
que las de los bancos centrales.
A los filtros color vintage.
A la Unión Europea,
tremendas noches de fiesta en capitales desconocidas,
a un ir y venir plácidamente inconsciente
por estaciones de tren de países en huelga,
principales sustentadoras de esa idea marchita.
A la neurociencia y a la psiquiatría,
que han conseguido quitarle a la tristeza
lo único bello que tenía:
el secreto de lo oscuro y su mística.
A la fluoxetina.
Y sobre todo a ti
al scroll infinito del móvil,
texto sagrado nuestro texto de textos texto total,
a todo lo que nos predicas,
a tu cara a mi cara a los sitios a los que fuimos y a los que nunca iré,
todos mezclados todos pasando todos
cifrados en luz,
al entero mundo contenido tras la pantalla
deslizándose en nuestras manos sin fin.
Lola Tórtola en Los dioses destruidos (2023), incluido en Nayagua. Revista de poesía (nº 39, junio de 2025, Fundación Centro de Poesía José Hierro, Getafe).

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