lunes, 15 de octubre de 2018

Poema del día: "De la cuna que está incesantemente meciéndose...", de Walt Whitman (Estados Unidos, 1819-1892)

De la cuna que está incesantemente meciéndose,
de la garganta de zenzontle, musical lanzadera,
de la media noche del noveno mes
sobre las estériles arenas y los campos contiguos, donde el muchacho dejando su cama,
          vagaba, solo sin sombrero, descalzo,
bajo la luz llovida del halo de la luna,
del misterioso juego de sombras enlazándose y retorciéndose como si fueran vivas,
de los matorrales de zarzas y zarzamoras,
del recuerdo del pájaro que cantaba para mí,
de tus recuerdos, triste hermano, de los caprichosos altibajos que oía,
bajo la amarilla media luna, tarde salida y abotagada como llorando,
de aquellas primeras notas de deseo y amor, allí en la sombra,
de las miles respuestas de mi corazón que nunca cesarían,
de las miríadas de palabras entonces despertadas,
de las que como ahora surgen reviviendo la escena,
como una bandada chirriando, alzando el vuelo, o pasando por encima,
traídas aquí, antes que se me escapen, aprisa,
un hombre y, sin embargo, por estas lágrimas, niño de nuevo,
echándome en la arena, frente a las olas,
yo, cantor de penas y alegrías, unificador del aquí y del más allá,
cogiendo al vuelo toda sugerencia, pero saltando ágilmente sobre ellas,
una reminiscencia canto.
Una vez, Paumanok,
cuando estaba el aire lleno de perfume de las lilas y la hierba del quinto mes creciendo,
en esta costa del mar sobre unas zarzas,
dos alados huéspedes venidos de Alabama, dos juntos,
y su nido y cuatro huevos verdeclaros con pintas rojizas,
y todos los días el macho de aquí para allá, no lejos,
y todos los días la hembra acurrucada en su nido, en silencio, con ojos brillantes,
y todos los días, yo, niño curioso, nunca muy cerca, nunca estorbándolos,
cautamente atisbando, absorbiendo, traduciendo.

¡Brilla! ¡Brilla! ¡Brilla!
Vierte calor, gran sol,
mientras nos asoleamos, nosotros dos unidos.

¡Dos unidos!

Sople viento sur, sople viento norte,
venga día claro, venga noche negra,
en nuestro hogar o separados por ríos y montes del hogar,
cantando en todo tiempo, sin hacer caso al tiempo,
mientras estamos los dos unidos.

Hasta que de repente,
acaso muerta, sin saberlo su pareja,
una mañana la hembra ya no vino a echarse al nido,
ni esa tarde volvió, ni la siguiente,
ni apareció ya más.

Y desde entonces todo el verano al son del mar,
y de noche bajo la luna llena con el tiempo más manso,
sobre la ronca reventazón del mar,
o revoloteando de zarza en zarza durante el día,
yo lo veía, oía interrumpidamente al que quedaba, al macho,
al solitario huésped venido de Alabama.

¡Soplad! ¡Soplad! ¡Soplad!
Soplad vientos del mar sobre las costas del Paumanok.
Espero, espero, me devolváis mi compañera.

Si, mientras brillaban las estrellas,
toda la santa noche en el extremo de una musgosa rama,
casi al nivel de las pringantes olas,
sentado estaba el solitario cantor maravilloso, causando llanto.
Llamaba a su pareja,
vertía los secretos que sólo yo conozco.
Sí, hermano mío, yo sé,
los otros tal vez no, pero yo he atesorado cada nota,
porque más de una vez deslizándome en lo oscuro hasta la costa,
mudo, evitando los rayos de la luna, confundiéndome con las sombras,
evocando ahora las oscuras formas, los ecos, los sonidos y visiones según su especie,
los blancos brazos entre los huecos de los matorrales sin descanso tanteando,
yo, descalzo, muchacho, el viento agitándome el pelo, escuchaba, escuchaba sin cesar.

¡Arrulla! ¡Arrulla! ¡Arrulla!
Unida a sus olas arrulla la ola que sigue detrás,
y después la que sigue, abrazando y lamiendo, todas unidas,
pero ya no me arrulla mi amor a mí, no a mí.

Baja cuelga la luna, tarde salió,
se rezaga. ¡Oh, me parece cargada de amor, de amor!
¡Oh furioso el mar embiste a la tierra,
con amor, con amor!

¡Oh, noche! ¡No estoy viendo a mi amor revolotear entre las ramas!
¿Qué es aquella motita en el blancor lunar?

¡Alto! ¡Alto! ¡Alto!
¡Alto grito llamándote, mi amor!
Alta y clara lanzo mi voz entre las olas,
debes saber seguro quién está aquí, está aquí,
debes saber quién soy, mi amor.

¡Luna colgada a ras del horizonte!
¿Qué es aquel punto oscuro en tu disco amarillo encarnado?
¡Oh, es el bulto, el bulto de mi amiga!
¡Oh, luna, no me la detengas más!

¡Tierra! ¡Tierra! ¡Oh, Tierra!
Adonde quiera que me vuelvo pienso que ya podrías devolverme mi amor si tú quisieras,
pues casi estoy seguro de verla turbiamente donde quiera que miro.
¡Oh, nacientes estrellas!
Quizá la que yo quiero ha de salir, ha de salir entre vosotras.

¡Oh, mi garganta! ¡Oh, temblorosa garganta!
¡Suena más clara en la atmósfera!
Penetra los bosques, la tierra,
en algún sitio estarás atenta para oír, tú la que quiero,
¡brotad canciones!
¡Solitarias aquí, canciones de la noche!
¡Canciones de ausente amor! ¡Canciones de la muerte!
¡Canciones bajo esa tarda, pálida, menguante luna!
¡Oh bajo aquella luna, allí donde ella se desmaya hasta hundirse casi en el mar!
¡Oh incontenibles desesperadas canciones!
¡Pero suave! ¡Más bajo!
¡Quedo, que apenas murmure!
Porque por ahí creo que oía a mi amiga responderme a mí,
¡tan débilmente!, que debo quedarme quieto, quieto para escucharla,
mas no del todo quieto, porque podría no acudir al punto a mí.

¡Aquí, amor mío!
¡Estoy aquí, aquí!
Con esta nota sostenida me anuncio a ti;
esta dulce llamada es para ti, amor mío, para ti.

No te dejes engañar en otra parte;
ese es el silbido del viento, no es mi voz,
aquel es el rumor, el rumor de la espuma,
aquellas son las sombras de las hojas.

¡Oh, tinieblas! ¡Oh, en vano!
¡Oh, estoy muy fatigado y adolorido!
¡Oh, resplandor rojizo en el cielo junto a la luna, cayendo
sobre el mar!
¡Oh, ondulante rielar de la luna en el mar!
¡Oh, garganta! ¡Oh, sollozante corazón!
Y yo cantando en vano, ¡toda la noche en vano!
¡Oh, pasado! ¡Oh, feliz vida! ¡Oh cantos de alegría!
En el aire, en los bosques, en los campos.
¡Amado! ¡Amado! ¡Amado! ¡Amado! ¡Amado!
¡Pero mi amada ya no más, no más conmigo!

El aria cediendo,
todo lo demás continuando, las estrellas brillando,
los vientos soplando, los arpegios del pájaro continuamente el eco repitiendo,
con airados lamentos la vieja mar maternal incesantemente gimiendo,
en las costas del Paumanok sobre la arena gris y crujidora,
la pálida media luna crecida, gravitando, la faz del mar casi tocando,
el niño extático, con sus desnudos pies, en su cabello el aire jugueteando,
el amor en su corazón por largo tiempo reprimido, ahora suelto, ahora por fin tumultuosamente
          estallando,
el sentido del aria, los oídos, el alma rápidamente captando,
extrañas lágrimas por sus mejillas cayendo,
el coloquio ahí, el trío, cada cual respondiendo.

El acompañamiento, la salvaje vieja madre incesantemente llorando,
el alma del niño acremente con ritmo preguntas proponiendo, algún ahogado secreto
          susurrando,
al naciente bardo.
Demonio o pájaro (dijo el alma del niño),
¿es realmente a tu hembra a quien cantas? ¿O realmente es a mí?
Porque yo, que era un niño, el uso de mi lengua dormido todavía, ahora ya te he oído,
ahora en un instante ya sé para qué soy, despierto,
y ya un millar de cantores, un millar de canciones más claras, más altas y más tristes que las
          tuyas,
un millar de trinadores ecos han nacido dentro de mí para nunca morir,
oh, vosotros cantores solitarios, cantando solos, proyectándome a mí,
oh, solitario yo, escuchando, nunca más cesaré de perpetuaros,
nunca más escaparé, ya nunca más las reverberaciones,
ya nunca más los gritos de amor insatisfecho se ausentarán de mí,
no me dejéis volver a ser el apacible niño que era antes que allá en la noche,
junto al mar, bajo la pálida y gravitante luna,
el mensajero aquel despertara el fuego, el dulce infierno interior,
el ignorado deseo, el destino mío.
¡Oh, dadme la clave! (se oculta aquí en la noche en algún punto).
¡Oh, si he de tener yo tanto, dadme más!
Una palabra, pues (que yo he de dominarla)
la palabra final, a todas superior,
sutil, reveladora –¿cuál es?–. Escucho;
¿estáis, habéis estado murmurándola siempre, olas del mar?
¿es aquella que viene de tus líquidas olas y mojadas arenas?
A lo que respondiendo el mar,
sin tardanza, sin prisa,
me susurró toda la noche y muy claro antes de amanecer,
me silabeó la queda y deliciosa palabra muerte,
y repitiendo muerte, muerte, muerte, muerte,
silbando melodiosa, no como el pájaro ni como mi infantil corazón ya despierto,
sino avanzando hasta acercarse como para decírmela en secreto, hirviendo a mis plantas,
trepando a rastras sobre mí hasta mis orejas y bañándome todo suavemente,
muerte, muerte, muerte, muerte, muerte.
Lo que no olvido,
pero confundo el canto de mi oscuro demonio y hermano,
que me cantó a la luz de la luna en la gris playa del Paumanok,
con los mil cantos que respondían por aquí y por allá,
con mis propios cantos inspirados desde aquella hora,
y con ellos la llave, la palabra surgida de las olas,
la palabra de la más dulce canción de las canciones,
la fuerte y deliciosa palabra que arrastrándose a mis pies,
(o como una vieja nodriza que meciera la cuna, ataviada con fina vestidura, inclinándose a un
          lado),
el mar me susurró.

Walt Whitman, incluido en Antología de la poesía norteamericana (Fundación editorial El perro y la rana, Venezuela, 2007, selec. de Ernesto Cardenal, trad. de José Coronel Urtecho y Ernesto Cardenal).

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