lunes, 4 de enero de 2010

Enrique García Fuentes nos habla de 'Largueza del instante', poemario de Javier Pérez Walias

"Elegí, / obligado por el murmullo del mundo y mi silencio, / poder decir lo que ahora digo con las palabras". Toda una declaración de principios que sería un comienzo ideal para cualquier poemario, pero que Javier Pérez Walias sitúa justo en el epicentro de este Largueza del instante (Instituto Leonés de la Cultura, León, 2009), sin discusión su libro más maduro y musculoso hasta la fecha (del que, sólo de manera anecdótica señalo que ha ganado la última edición de la prestigiosa Bienal de poesía 'Provincia de León').

La elección del lugar no es caprichosa, acostumbrados como nos tiene el poeta a sus prodigiosas lecciones de estructura formal de sus libros. Ya lo he dicho en otras ocasiones: hay poetas de poemas excepcionales, de intuición casi bendita, de chispa antológica, pero, en otro sitio, existen poetas obsesionados por la construcción de un libro como algo más que una baraja de figuras poemáticas, y entre ellos, y en los primeros lugares, ha estado siempre Pérez Walias. Toda su obra adolece de esta pertinaz testarudez en la colocación del poema probablemente en el único sitio en que pudiera funcionar con el conjunto, por eso, esa declaración de principios que prologaba mis palabras se me alcanza justamente situada casi como piedra angular de este libro con mayúsculas.

Cinco partes bien ponderadas lo componen: un inicio y un cierre casi paralelos, pues se trata de lo que en principio podía parecer un poema con variantes, hasta que nos damos cuenta de que la apreciación es del todo incorrecta. Del mismo modo que nuestros dos brazos parecen lo mismo, basta con abrazar a alguien para sentir la necesidad de independencia simultánea de los mismos, pues tal ocurre con 'Jardines del infierno', que ocupa la primera parte, 'Comienzo de un tiempo pretérito' y 'Jardines del silencio', que ocupa el cierre, 'Final de un tiempo presente'. El menos avisado se apercibe del tránsito que hemos desarrollado desde el comienzo al final del libro, de que, pese al afán dulcemente retentivo del título (no olvidemos, Largueza del instante, longitud y dadivosidad al unísono) el tiempo ha transcurrido e indudablemente –quizá sea esta la vana esperanza que pretende transmitirnos el poeta– hemos salido mejor que cuando entramos, como suele ocurrir cuando viajamos de la mano de la mejor poesía.

'Reflexión serena y madura del fluir inevitable del tiempo' se nos antojaría una ajada definición del libro, del gran poema que tenemos delante, por cuanto podría tener de derivativo de otros grandes libros poéticos anteriores, pero no dudamos que le cuadra perfectamente. 'Acúmulo para la huida' se nutre de uno de los poemas más completos que ha dado la pluma de Pérez Walias, 'Sensación de estar y no'; en él, en otra estrategia «marca de la casa», el poeta se deja llevar –y nosotros con él– por el arrullo de su propio discurso y, paulatinamente, va alejándose de su inicio para, cuando menos lo esperábamos y casi sin darnos cuenta, hacernos ir volviendo pausadamente a la fuente primigenia que lo originó. Es, como digo, una característica que Walias ha sabido desarrollar siempre en sus composiciones, pero lo noto ahora mucho menos comprimido, más suelto, mucho más libre y seguro de la viabilidad incuestionable de su discurso.

Las palabras se antojan las olas del mar que llegan a una orilla y van, poco a poco, apoderándose de la playa, impregnando la arena de su frescura o calidez, de su ensoñación o de su tristeza. El poema citado no es el único ejemplo de lo que digo, otros igual de extensos (pero intensos al mismo tiempo) dan buena fe de esta atemperada maestría en la composición: 'Cae marzo sobre Narros y aún no es primavera', 'La casa pintada', y ya en otras partes del libro, 'La mirada de un niño es como la mirada de un pez' o 'Mujer con pañuelo'. Por ellos transcurre imparable el tiempo, pese a ese penúltimo esfuerzo por negarlo que el atinado título de la cuarta parte, 'El tiempo no transcurre', quisiera proponer. Es lamentablemente, inútil.

Después de haberse dejado vencer por 'El murmullo del mundo' (título de la tercera, gozne del poemario), de retrotraerse a lugares y personajes de la infancia que aún perviven en la memoria pero que sólo anidan ya en ella, el poeta descubre, en aparentemente divertido giro, que la vida, el amor y todo se pasa "tan nadando". Y lo único que al final realmente se prolonga es ese casi infinito instante de la espera que las palabras permiten decir, logrando así mantener la dulce incertidumbre de su inmediato devenir.

Enrique García Fuentes, reseña publicada en Trazos (Suplemento de Artes, Letras e Ideas. Diario Hoy).

Javier Pérez Walias (Plasencia, Cáceres, 1960). Es licenciado en Filología Hispánica –especialidad de Literatura– por la Universidad de Extremadura y profesor de Educación Secundaria. Desde el año 2005 dirige, junto a José Manuel Fuentes, la colección de poesía ‘Cuadernos del Boreal’. Ha publicado los libros de poemas: Ceremonias del barro (Ángel, Málaga, 1988), Impresiones y vértigos de invierno (Ayuntamiento de Vélez, Málaga, 1989), A este lado oscuro del cauce (Universidad, Málaga, 1992), Cazador de lunas (Málaga, 1998), Versos para Olimpia (Ediciones Imperdonables, Málaga, 2003), Antología Poética (1988-2003) (ERE, Mérida, 2004), Los días imposibles (Tres figuraciones) (Calambur, Madrid, 2005), Cazador de lunas (Ayuntamiento, Málaga, 2007).

4 comentarios:

  1. qué bueno, Francisco, todo el blog!!, felicitaciones y gracias, R. Palacios

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  2. Me gusta dedicarle tiempo y colgar cosas interesantes.

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  3. RECIÉN LLEGADA...Y TAN BIEN RECIBIDA¡¡¡
    GRACIAS AMIGO, ME GUSTA TU CASA, UN ABRAZO

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  4. Pues bienvenida, aquí tienes siempre tu casa, aunque sea "de aire".
    Un abrazo.

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