aquеl, con el que la ciudad terminaba.
Solo el fuerte viento al atardecer
me recuerda el cerro anterior que yacía ante mis pies:
sin haberse acostumbrado al nuevo eco,
él lo intenta de nuevo
en una cueva de cemento,
donde rompen y emergen los sonidos
como espinas de dinosaurios fantasmagóricos.
Yo había adelantado a los habitantes, a su futuro,
era por ello que parecía algo solitario.
Pero para poder ser albañil
y confiar la lucha como si fuera el corazón de tu propio cuerpo,
la vida del mañana debes asumir y defender,
tal como el árbol que sin sugerir defiende la cavidad:
no es acaso eso lo que los viejos maestros enseñan,
aquellos que fallecieron jóvenes.
Faltan las puertas para que compartan
nuestros pasos cansados en la noche.
En el balcón la muchacha no sujeta
la pesada canasta de vestidos lavados,
ni tampoco la señora riega las flores
que se helarán durante el invierno.
Tú te detienes frente al límpido recipiente de la vida
con una mirada en las habitaciones sin rostro,
en las urnas de los etéreos huecos de los ascensores,
en la mayor soledad entre el hormigón y la imaginación,
donde un fino rayo es tu sombra.
Mañana el edificio se tragará muchos enseres,
el eco del viento silbante se irá apagando como en aceite de oliva
y nosotros nos mudaremos a un edificio más allá
justo en el momento en el que echen los cimientos.
Pero para buscar refugio en la lucha
y encerrar el universo entre andamios,
y tener como tu propiedad
solo la consciencia de la época:
¿no es eso lo que estaba intentando gritar
el viento ronco de tu voz
que ahora rompe los cristales
de las ventanas manchadas del mañana
y desquicia las puertas que engendran candados viscosos?
Zlatomir Zlatánov, incluido en Vallejo & Co. (11 de junio de 2020, Perú, trad. de Marco Vidal González).

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