martes, 24 de mayo de 2011

Ramón Hernández nos habla sobre el poemario 'Las cartas que debía', de Rafael Soler

'¿Quién, si yo gritara, me oiría desde los órdenes angélicos?', se preguntaba el enigmático poeta checo Rainer María Rilke, (1875-1926), en el primer verso de su célebre libro Duineser Elegien / Elegías de Duino, y añadía: 'Pero, suponiendo que un ángel me oyera y me acogiese contra su corazón, su indescriptible fuerza me mataría; porque lo bello no es más que el comienzo de la terrible'.
   Inquietante conclusión e insondable dilema que ya presidió los más metafóricos silogismos del pensamiento griego, allá en la remota Hélade, cuya impar sabiduría nos legó el axioma de que verdad y belleza eran una misma cosa, pues ambos conceptos compartían la premisa de la armonía de las partes. Mar inconmensurable y sin orillas que tiene su origen en el idílico Génesis y su culminación en el dramático Apocalipsis, ese comienzo de lo terrible que atormentaba el espíritu del poeta Rilke, cuya evocación nos ha venido a la memoria después de varias y atentas lecturas de Las cartas que debía (Ediciones Vitruvio, Madrid, 2011), libro de poemas escrito por el singular y excepcionalmente dotado novelista y poeta Rafael Soler. Testimonio literario publicado por Ediciones Vitruvio, prestigiosa firma editorial donde, recientemente, también vio la luz pública Maneras de volver, celebrado poemario de este galardonado autor, investido en ambos textos de una poética intransferible y veraz, honda e intensa, no exenta de sombrío sarcasmo y elegíaco hermetismo.
   Prestigiosos caracteres propios de la literatura insigne de cualquier época y lugar, los cuales nos han hecho recordar a Rilke, el gran paradigma de la moderna poesía europea; tan poco o nada entendido, no sólo por sus lectores, sino, incluso, por él mismo. Mas no es éste el caso de Rafael Soler; pues, si bien el autor de Las cartas que debía se manifiesta con frecuencia como un poeta metafórico y críptico, lo es de forma consciente, como no lo fue casi nunca el emblemático escritor checo, casi siempre arrebatado por una fiebre interior que le superaba.
   Dicho esto y volviendo al libro que hoy presentamos, vemos que este poemario se ofrece al lector fragmentado en catorce partes y setenta y seis poemas, la mayoría breves, concisos, significativos y, como ya se ha sugerido, en gran medida intencionadamente herméticos. A ellos nos conduce un introito de dos citas previas. Una, de César Vallejo, a través de la que el poeta peruano nos dice: 'Ésta es mi inmensidad en bruto… éstas son mis sagradas escrituras…' La otra cita pertenece a Marilyn Monroe, ese otro ángel rilkeano de nuestro tiempo, cuando afirma: 'Vida, soy de tus dos direcciones'. Doble confidencia que, en mi opinión, explica mucho del cómo y por qué nacen de la pluma de Rafael Soler estas cartas no enviadas. Aunque, quizá, sí escritas, al menos en el alma del médium poético que nos habla, bordeando siempre su abismo interior, legitimado por la razón última y primera del poema personal que, como un boomerang, nace y muere sin concesiones a nada ni a nadie; para, una y otra vez, reinventarse en el lector, ese otro mundo ancho y ajeno que nos identifica con el poeta.
   Así pues, los textos de este poemario recién nacido, concebidos y desarrollados desde su íntimo ensimismamiento, no explican su razón de ser ni responden a interrogantes, porque su esencia habita en un revivir privado, descrito en clave, utilizando un lenguaje sobrio, medido, exacto, pleno de reivindicaciones tan secretas que, muy probablemente, nacen y mueren en el alter ego del poeta, que vive en él, como exclusivo confidente de sí mismo.
   No obstante lo que acabamos de indicar, y por arte de la magia poética, esos mundos semiocultos del espíritu se perfilan tenues, tanto por la veladura estética de la palabra, como por el resplandor difuminado de un tiempo pasado que hiere con doliente mutismo y altivo resentimiento, de tan arrebatados y líricos perfiles como el verso iniciático de estos comentarios: ¿Quién, si yo gritara, me oiría desde los órdenes angélicos? Afilado dardo dirigido a personajes anónimos, sin rostro, ajenos al lector ensimismado en una lectura obligatoriamente intensa, sumergida en el encantamiento de una esfinge impávida, habitante solitaria de un desierto sin huellas.
   En este orden de cosas, ciertamente solemnes, sería vano intento y pretensión fatua carente de sentido y de lógica, tratar de diseccionar ahora un poemario que, como todos, ha nacido para ser leído; no al trasluz, sino mediante una inmersión tan apasionada como el océano incógnito del que han nacido estos versos, compartiendo con el inspirado médium del poeta, aquí presente, el gozo y el dolor, la vida y la muerte, la condenación y el perdón. Palabra clave ésta para comprender la esencia de una poética inusual, henchida de verdad, pudor y redención; no sólo literaria, como acontece siempre con la obra bien hecha, sino también pletórica de serena autenticidad. Se cierra así, creemos, el círculo que tuvo su origen en Maneras de volver, texto anterior ya citado del autor, dejando abierta la puerta que debe conducir al poeta a otros y nuevos horizontes, después de esta travesía testimonial plena de áridos escollos, hermosas nostalgias y heridas melancolías, impulsado todo este magma por el destino inconmovible que, a todos, poetas o no, nos lleva, ajeno siempre al delirio de los oráculos.
   Porque el poeta, o su alter ego, aquí y ahora, se ofrece, no en su 'Gólgota' (título de uno de sus poemas) sino en el íntimo secreto de su arte; porque sabe que no, tenedlo claro, 'no encontraréis mis sábanas vacías', tal y como afirma, con feroz coraje, en 'No me gustan los bombones de licor', todo un desafío a la ya agonizante y vacía postmodernidad. Posiblemente el mayor acierto del libro, frente a ese dolor amarillo y su guadaña; cita, que, más allá del espacio y del tiempo, encontrará las secretas caligrafías de este poemario enigmático y fascinador, plagado de secretos legítimos, de confesiones, de silencioso grito y de mudo estruendo que, muy pronto, quizá hoy mismo, desembocará en un taller de escritura para versos con futuro, título de otro poema-carta, en el que, tras evitar todos los golpes certeros de la lluvia, el poeta empuñará otra vez la pluma con descaro humildemente en vela erguido al acecho del verso mayor incandescente para desnudo ortográfico tallarlo eterno indestructible y soberano dejando sin dudar el folio en blanco, como se dice a sí mismo en el último poema, titulado, precisamente, 'Maneras de volver', en el que se lee: 'has llegado donde quiera que sea ya has llegado'.
   Nada más cierto y nada más esperanzador e ilusionante, pues de la pluma y el block de notas de este brillante y noble escritor que es Rafael Soler, esperamos el continuo renacer de su rico, ancho y frondoso bosque poético, paradigma de aquel célebre héroe de La Araucana, de Ercilla, el mítico Caupolicán, al que también cantó el genio de Rubén Darío en su libro Azul con estrofas como ésta: 'Anduvo, anduvo, anduvo, le vio la luz del día, le vio la tarde pálida, le vio la noche fría, y siempre el tronco de árbol a hombros del titán. Anduvo, anduvo, anduvo. La aurora dijo: Basta, e irguióse la alta frente del gran Caupolicán'. Así lo deseo yo, y así será.

Ramón Hernández

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