miércoles, 25 de agosto de 2010

Poema del día: "La memoria en las manos", de Pedro Salinas (España, 1891-1951)

Hoy son las manos la memoria.
El alma no se acuerda, está dolida
de tanto recordar. Pero en las manos
queda el recuerdo de lo que han tenido.

Recuerdo de una piedra
que hubo junto a un arroyo
y que cogimos distraídamente
sin darnos cuenta de nuestra ventura.
Pero su peso áspero,
sentir nos hace que por fin cogimos
el fruto más hermoso de los tiempos.
A tiempo sabe
el peso de una piedra entre las manos.
En una piedra está
la paciencia del mundo, madurada despacio.
Incalculable suma
de días y de noches, sol y agua
la que costó esta forma torpe y dura
que acariciar no sabe y acompaña
tan sólo con su peso, oscuramente.
Se estuvo siempre quieta,
sin buscar, encerrada,
en una voluntad densa y constante
de no volar como la mariposa,
de no ser bella, como el lirio,
para salvar de envidias su pureza.
¡Cuántos esbeltos lirios, cuántas gráciles
libélulas se han muerto, allí, a su lado
por correr tanto hacia la primavera!
Ella supo esperar sin pedir nada
más que la eternidad de su ser puro.
Por renunciar al pétalo, y al vuelo,
está viva y me enseña
que un amor debe estarse quizá quieto, muy quieto,
soltar las falsas alas de la prisa,
y derrotar así su propia muerte.
También recuerdan ellas, mis manos,
haber tenido una cabeza amada entre sus palmas.
Nada más misterioso en este mundo.
Los dedos reconocen los cabellos
lentamente, uno a uno, como hojas
de calendario: son recuerdos
de otros tantos, también innumerables
días felices,
dóciles al amor que los revive.
Pero al palpar la forma inexorable
que detrás de la carne nos resiste
las palmas ya se quedan ciegas.
No son caricias, no, lo que repiten
pasando y repasando sobre el hueso:
son preguntas sin fin, son infinitas
angustias hechas tactos ardorosos.
Y nada les contesta: una sospecha
de que todo se escapa y se nos huye
cuando entre nuestras manos lo oprimimos
nos sube del calor de aquella frente.
La cabeza se entrega. ¿Es la entrega absoluta?
El peso en nuestras manos lo insinúa,
los dedos se lo creen,
y quieren convencerse: palpan, palpan.
Pero una voz oscura tras la frente,
-¿nuestra frente o la suya?-
nos dice que el misterio más lejano,
porque está allí tan cerca, no se toca
con la carne mortal con que buscamos
allí, en la punta de los dedos,
la presencia invisible.
Teniendo una cabeza así cogida
nada se sabe, nada
sino que está el futuro decidiendo
o nuestra vida o nuestra muerte,
tras esas pobres manos engañadas
por la hermosura de lo que sostienen.
Entre unas manos ciegas
que no pueden saber. Cuya fe única
está en ser buenas, en hacer caricias
sin casarse, por ver si así se ganan
cuando ya la cabeza amada vuelva
a vivir otra vez sobre sus hombros,
y parezca que nada les queda entre las palmas,
el triunfo de no estar nunca vacías.

Pedro Salinas en Largo lamento (1939), incluido en Antología de los poetas del 27 (Editorial Espasa-Calpe, Madrid, 1982, selec. de José Luis Cano).

Otros poemas de Pedro Salinas
Cero (Canto ICanto V), "Este hijo mío siempre ha sido díscolo"...HallazgoLa memoria en las manosLa sin pruebas, La voz a ti debida (131824)Posesión de tu nombre...¡Qué paseo de noche...!Sin voz, desnudaYo no necesito tiempo...

4 comentarios:

  1. Como dijo un poeta al que aprecio mucho:

    "cuánto saben las manos de verdades".


    Es un poema magnífico, este de Salinas.

    Como no podía ser menos.

    Un beso.

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  2. Quién me iba a decir a mí cuando, con 14 años hice un extenso trabajo de clase sobre Pedro Salinas por el que me pusieron un 10, que yo mismo sería poeta.

    Salinas siempre me ha encantado, popularmente no muy reconocido, pero muy influyente en otros poetas, por ejemplo Mario Bendetti.

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  3. Poeta tocayo:

    Sí, Pedro Salinas no es muy popular, mas por ello no desmerece y de echarlo a pelear con otros como el mismo Benedetti, Gelman, Sabines... los revuelca a todos y los manda para Urgencias. Jajaja! Salinas, el gran poeta madrileño por antonomasia. Y reinar en Madrid, pues no lo hace cualquiera.

    Abrazos fraternos en Amistad y Posía verdaderas,

    Frank.

    P.D. Saludos Amelia!

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