martes, 13 de octubre de 2009

El escritor mexicano Omar Piña nos habla sobre el libro de relatos y ensayos 'Maelström. Agujero negro', de Marco Tulio Aguilera

Para leer a este colombiano escapista de la melancolía hay que saber acomodarse en el sillón y pasar por sus letras como quien tiene la prudencia de permitirse ver la lluvia cuando sabe que es inevitable. Las posibilidades narrativas y las obsesiones de Marco Tulio Aguilera Garramuño son puntuales en su cita con la escritura, él lo sabe y lo reafirma en cada página donde con maña y buen arte vierte y mezcla, se burla, disfruta, cita y defenestra.

Su Maelström. Agujero negro editado por la Universidad Veracruzana en su colección 'Ficción', es un libro de caprichos bien definidos pero sobre todo: defendidos con sobriedad, sin la bellaquería del que escribe mucho, rápido y además, pretende publicarlo todo. Este libro es del escritor maduro que ya ha perdido la vergüenza de contarlo todo pero que sabe guardarse algunas palabras, esas que le permiten a cada lector hacer una versión muy particular de la lectura.

Aquí el escritor colombiano se reafirma como un excelente contador de historias; así de simple, sin otra pretensión que eso: contar una historia con la maña del oficio. Así pues, su libro es un buen caldero donde se cuece ese todo que para un novato puede ser arbitrario, pero que en las manos de un escritor con experiencia son caprichos de quien tiene la astucia de sostener una campana catedralicia con apenas unos centímetros de hilo.

Marco Tulio no se agota como el simple descriptor que señala cada cosa para asignarle un nombre y volver a fundar el mundo que nos rodea. Al contrario, me parece que es tan hábil, que sabe medir los tiempos y los compases de la lectura y a eso ya no se le puede llamar maña sino dominio del oficio. Donde puede brotar una ámpula, donde la frase puede llegar a ser grave o tediosa él sabe cortar y coloca lo que a simple vista pareciera una ocurrencia, una exageración o hasta una barbaridad.

Este presumido colombiano tiene la pericia de narrar que sabe destripar los monumentos de Shakespeare y que para ensayar su novela “amazónica” leyó más libros que los que pudo reunir el viejo Ryszard Kapuściński para escribir su epopeya titulada Ébano. Es presumido pero qué caray, un escritor es primero sus libros de lectura. No llega a la altivez porque como bien lo escribe en su ¿ensayo?, ¿crónica?, ¿narración?, bueno, en el texto llamado El amor en Shakesperare: “Quien miente se miente. Quien roba se roba. Quien engaña se engaña”.

Insisto en que es un libro extraño pero tan bien escrito, que engancha. Y en él, su autor reafirma lo que le he escuchado decir en tantas ocasiones, que se escribe para sentir placer o mejor dicho, para que no se extinga esa llama de la vida que intentamos no se apague y que guarecemos con las manos. Y como es ocioso buscar el significado de todas las cosas quizá es mejor aprender a decirlas con otras combinaciones y una vez encontradas, atreverse a pronunciarlas.

Este libro pudo ser una glosa de bitácoras o una antología. Pero más bien son las “princesas” de Marco Tulio Aguilera Garramuño porque es el que es a pesar de sí mismo. Y escribo que son “princesas” a partir de la jerga periodística, que denomina así a la primera nota, la más importante de la edición, la que resalta sobre las hermanas y las primas que la acompañan en la primera plana, la que no se acuerda de las parientas arrimadas que la mano de un editor mezquino puso en los interiores, rasurada y sin foto.

“Princesas” de Marco Tulio Aguilera Garramuño son los relatos, el diario de viajes, la crítica a sus mayores y a sus menores, la encantadora hamaca en la que permite el vaivén de la melancolía, el mapa para detectar el amor en los clásicos, la fábula, la verdad traspasada con la aguja de la ficción y el ensayo.

Maelström. Agujero negro, qué libro tan presumido y tan raro. Ajá, imagino el rostro malicioso del escritor basquetbolista llamado Marco Tulio Aguilera Garramuño cuando practica su deporte favorito: descubrir que alguien lo está leyendo. Entonces adopta la postura de tres cuartos y con el rabillo del ojo se percata de la página y como es tan memorioso, prepara la cita adecuada. Según la víctima, será la cita, que en su caso aplica en las dos acepciones: el nombre femenino y el sustantivo femenino.

Voy a tratar de ser un buen narrador para explicar el deporte de las citas de este relator que, cuando ejerce periodismo, se hace llamar Mister Colombias. Si el señor está frente a una muchacha hermosa, hermosa tiene que ser como describen a las mujeres los poemas cubanos o los brasileños, entonces Mister Colombias se pone su traje de fauno y adopta la cita de nombre femenino: “acuerdo o compromiso entre dos personas acerca del lugar día y hora en que se encontrarán para verse o tratar algún asunto.” Como se dice en la banqueta; “con estos ojos lo he cachado yo.”

Si el pez muerde el anzuelo, campanas al vuelo: habrá un cuento. Si el pájaro no pica, todo se queda en “…aquella imagen perfecta de la inocencia velozmente defenestrada”, que se lee en un subrayado que hice al texto El sentido de la melancolía.

Pero si el rabo del ojo de Mister Colombias lleva información a su cerebro que se trata de un hombre y además feo, el señor se toma la molestia de concretar la cita de sustantivo femenino: “mención, nota o alusión”; pero si además se percata que el interesado sabe leerlo, hay un plus: suele regalarle un libro de los escritos por él, por supuesto.

Y como yo soy feo, me concreto a finalizar con una cita a Marco Tulio Aguilera Garramuño; dos, mejor dicho:

“¿Cómo lo hiciste, Señor? Ah, rufiancillo, cuántas cosas sabes que ignoramos los hombres, gusanos coronados”.

“El diablo es la mejor astucia de Dios. Su mejor cómplice”.

Omar Piña

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