miércoles, 3 de junio de 2009

La poeta Herme G. Donis nos habla sobre el poemario de Alejandro Céspedes 'Círculos concéntricos'

Apenas unos meses después de la publicación por parte de Ediciones Vitruvio de Sobre andamios de humo (1979-2007), obra completa hasta ese momento del poeta gijonés Alejandro Céspedes, aparece ahora Círculos concéntricos (Asociación de Escritores y Artistas Españoles, Madrid, 2008), XIX Premio de Poesía 'Blas de Otero' 2007.

Comentaba hace unos días con un amigo librero sobre la cantidad de excelentes libros y autores que, por motivos del azar u oscuras razones, habrán quedado y quedarán durmiendo el sueño de los justos en polvorientos anaqueles de librerías de viejo o -si tienen suerte- poco a poco se irán poniendo “morenos” en los stands de las ferias de libros antiguos y ocasión que de vez en cuando pueblan los paseos de nuestras ciudades.

Eso es lo que suele suceder con los libros de poesía. Sus cortas tiradas y su escasa o nula distribución los ensombrecen con demasiada frecuencia. Éste bien podría haber sido el destino de Los círculos concéntricos, si su autor no lo hubiera colgado en su blog personal: esa inapreciable oportunidad que Internet brinda a todos los consumidores del mundo virtual. De esta manera, el poemario de Alejandro Céspedes tendrá los lectores que se merece. Que, dada su calidad, tendrían que ser miles.

En las páginas –de imprescindible lectura- que abren el libro, Alejandro Céspedes nos pone en antecedentes de los avatares del mismo. Nos va explicando la ardua tarea que supuso la creación de Los círculos concéntricos y de cómo el personaje femenino se le fue imponiendo desde el primer verso negándose a aceptar las “manipulaciones” a la que le exponía el autor.

El libro, elaborado con la dedicación, paciencia y cariño de un orfebre, relata la trágica historia de Aurora. Céspedes, a través de una serie de fragmentos (encadenados entre sí sin ningún tipo de fisuras y poseedores de una palabra justa e irreemplazable) va dejando hablar a su personaje sin tapujos, pero siempre observándolo con tal dulzura y respeto que si no supiéramos que en todos los órdenes de la vida las cosas nunca son lo que parecen, nos inclinaríamos a pensar que el autor, de alguna forma, ha sido un espectador cercano a los hechos que nos narra.

Desde el núcleo de los círculos de los que intenta salir y por los que irá transitando hasta llegar a su extrarradio, Aurora nos cuenta una existencia marcada por las abominables circunstancias que rodean su infancia y adolescencia, transcurridas entre el desconcierto, el silencio, y la culpa: “Traspasar la frontera era muy fácil. Quién dice a la caricia cuál es el territorio prohibido […] Qué puntos de la piel van indicando dónde están los linderos del camino por el que transitar es aún posible sin tener que esconder las emociones…” (pág. 13).

Ningún fragmento de este libro nos deja indiferentes. La voz de Aurora, con veracidad y emoción, nos sumerge en su mundo de silencios y misterios, que según nos van siendo revelados nos conmueven y estremecen: “Supe a los doce años que aquel coche tan grande era un Seat -y con dos apellidos que son Mil Cuatrocientos. Verde, como el agua estancada. Y fuimos a estrenarlo. Hasta esa edad recuerdo pocas cosas pues la memoria era un territorio inexplorado, oculto, sólo útil para que en él pastasen mis secretos…” (pág. 21).

A partir de este episodio la historia se precipita. La rebelión, el asco y el dolor se manifiestan todos de golpe. Aurora rompe las ataduras y recupera una libertad no exenta de aflicción y culpa, pero salvadora: “Todo está consumado. No puede haber condena más perpetua que darle de mamar a los recuerdos. Cualquier otra justicia es de este mundo y a mí ya no me alcanza porque hace mucho tiempo que habito en la ceniza de una estrella apagada. Nunca habrá redención pues no es culpa del pájaro si se estrella su cuerpo contra el cristal traidor de una ventana…” (pág. 40).

Como bien dice Emilio Porta en un texto que, a modo de prólogo, acompaña a la justificación del libro por parte del autor, Los círculos concéntricos no es otra cosa que una brizna –muchas briznas diría yo- de amor y dolor profundo de Alejandro Céspedes.

Herme G. Donis


Alejandro Céspedes (Gijón, 1958) es licenciado en Filosofía y Ciencias de la Educación por la Universidad de Oviedo. Desde 1985 reside en Madrid, donde ha desarrollado su actividad profesional como gestor cultural y director de espacios escénicos. Como director de producción y director de escena ha realizado numerosos montajes de ópera y zarzuela. Ha sido colaborador literario del diario El Mundo y asesor literario en la revisión de libretos de ópera y zarzuela. Miembro de la SGAE desde 1987, ha escrito letras de canciones para músicos españoles entre los que destaca Luz Casal. Entre otros, ha obtenido los premios de poesía ‘Blas de Otero’ 2007, ‘Hiperión’ 1994, ‘Navarra de poesía’ 1985, ‘Internacional Villa de Lanjarón’ 1985, accésit del ‘Premio internacional Teatro Español de Madrid’ 1985 o ‘Ángel González’ 1984.

Ha publicado los libros de poesía Los círculos concéntricos (AEAE, Madrid. 2008), Sobre andamios de humo. Poesía 1979-2007 (Vitruvio, Madrid. 2008), Y con esto termino de hablar sobre el amor (incluido en Sobre andamios de humo), Hay un ciego bailando en el andén (Hiperión, Madrid. 1998), Las palomas mensajeras sólo saben volver (Hiperión, Madrid. 1994), Tú, mi secreta isla (Plaza de la Marina, Málaga. 1990), Muchacho que surgiste (Scriptum, Santander. 1988), James Dean, amor que me prohíbes (Pamiela, Pamplona. 1986) y La noche y sus consejos (Genil, Granada. 1986).

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