viernes, 25 de enero de 2008

Artículos literarios: "José Bergamín: la contradicción y la soledad", por Francisco Cenamor

José Bergamín es, tal vez, el poeta de vida más contradictoria, incluso disparatada por momentos, de todos los que escribieron sus versos en el siglo XX español.
     Nació en Madrid en 1895, siendo el menor de trece hermanos, hijo del político Francisco Bergamín García, quien llegaría a ser ministro de Hacienda, Instrucción Pública y Gobernación; imagino que de ahí le vendría su continuo interés por los asuntos políticos. Su madre, Rosario Gutiérrez López, fue quien le trasmitió el fervor religioso y el gusto por la poesía. Así eran las cosas. Estudió en un colegio jesuita y se licenció en Derecho. Con sus primeras lecturas (Spinoza, Pascal, Nietzsche...) se desembaraza del catolicismo folklórico para asumir un cristianismo más teológico y crítico. Aunque se dedicó a hacer encaje de bolillos cuando afirmaba que la línea lógica del cristianismo español era San Juan de la Cruz, Fray Luis de León, Miguel de Unamuno y la revolución social.
     A los 28 años, en 1923, ya dirige el suplemento literario de El Imparcial y edita su primer poemario, El cohete y la estrella. Y da comienzo a su frenesí creador, sobre todo poesía, ensayo y teatro. A pesar de conocer y ser amigo de casi todos los poetas de la que luego sería Generación del 27, no se le incluye en la misma porque, creando una gran polémica en la prensa de la época, se negó a colaborar en el homenaje a Góngora que daría lugar a la creación de dicha generación poética. Llegada la República, la apoya sinceramente, como hicieron la gran mayoría de intelectuales de la época, al ver por fin una salida al atraso cultural crónico de España.
     En 1931 comienza a publicar una de las revistas más sorprendentes, interesantes y de mayor trascendencia de la época republicana, Cruz y raya, en cierto modo continuadora de la revista cristiana progresista francesa Esprit, dirigida por el católico progresista francés Emmanuel Mounier. Su presencia en el Secretariado General de la Asociación Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura hace que sea uno de los intelectuales españoles más conocidos en Europa, tan conocido como desconocido es actualmente en nuestro país.
     Con la caída de la República, sigue el camino de los intelectuales que no fueron asesinados o encarcelados al grito del terrorífico Millán Astray de “¡Viva la muerte, abajo la cultura!”. Se instala en México, donde sigue defendiendo la República y escribiendo para decenas de revistas de todo tipo. También dirige la Editorial Séneca, que se encarga de acoger literariamente, por mandato del Gobierno republicano en el exilio, a los literatos que huyen de España.
     En 1954, decide estar cerca de su querida España y se traslada a París en medio de una acuciante penuria económica. En 1958 entra en España y después de recorrerla casi obsesivamente debe abandonarla de nuevo en 1963 debido a su defensa de una huelga de mineros asturianos. En 1970, consigue permiso para volver y se instala en Madrid. Nunca abandonó su fervor religioso y en una carta a un amigo en 1960 afirma: “Mi deber de creyente cristiano me exige el cumplimiento riguroso de mi ministerio literario”.
     Muerto el dictador, comienza una serie de virulentos ataques periodísticos a la monarquía que le ocasionaron numerosos problemas. En los últimos años de su vida, hace una idealización descabellada de lo que significa la tradición de lo español que le lleva a encontrar un referente de su idea de lo español nada menos que en el entorno de Herri Batasuna, para cuyas publicaciones se dedica a escribir (terrible contradicción cuando sabemos que ese entorno no sintoniza precisamente con "lo español"), pero así de radicalmente contradictorio resultaba José Bergamín. En 1983, fallece en Euskadi, la tierra que el creía heredera de la tradición española, una vez que había abominado de la intelectualidad española de los primeros años de la democracia.
     Su obra, pues, es abundante y variada. Su poesía es de tradición sumamente popular, aunque de un profundo trasfondo espiritual e intelectual, como ocurre en la poesía de otros poetas populares desde San Juan de la Cruz a Lorca. Un sentimiento de soledad dominó su obra fruto de su experiencia: muchos compañeros de su revista Cruz y raya combatieron con las tropas franquistas, muchos de sus compañeros republicanos le tenían por sospechoso por profesar la fe católica y en sus últimos años nadie se atrevía a dar crédito a un viejo idealista español que encontró en el nacionalismo radical vasco su idea de España.

2 comentarios:

  1. Pues sí, la verdad, lástima que sus inauditos apoyos al final de su vida le costasen tan caro a su obra.
    Tenía anécdotas muy divertidas sobre su vida. Incluso de muy mayor siempre se rodeaba de mujeres muy jóvenes, y decía que en cuestiones de sexo hacía honor a su apellido pues era "vergamín", la tenía pequeña pero juguetona, jajaja.

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