aún asusta la cristiandad
puede ser dócil como el hijo
que llora al verse desamado.
Pero nunca como él injusto
que se yergue hediondo en la mañana
y va y espeta un broche, justo
en el ombligo de su propia madre.
El cocodrilo acecha a la garza
sí, pero por hambre, y se restringe
pero el hijo, que a la pobre ave
acompaña en la Y de la cauchera?
El barro puede ser una cuna
para un cocodriliano,
pero entre tanto el hijo come el estiércol
sólo porque la madre dice no.
Tiene el cocodrilo un amigo
en un pájaro que le limpia
los dientes y lo alerta del peligro:
pero en el hijo, ¿quién cree?
El hijo sale y olvida a la madre,
insulta a otro y el otro lo insulta
es de ver el simple caimán
que nunca dice: hijo de puta!
El cocodrilo tiene una suerte
de celo: se guía por el olfato
pero el hijo practica el incesto
absolutamente ipso facto.
Llaman al cocodrilo pequeño
Paleosuchus palpebrosus,
pero lo que me admira es el hijo
que vive en párpado de ocio.
El hijo es un monstruo. Y una os digo
aunque me tomen por sicópata:
nunca veré un cocodrilo
llorando lágrimas de hombre.
Vinicius de Moraes, incluido en Faunética. Antología poética zoológica panamericana y europea (Instituto Caro y Cuervo, Santa Fe de Bogotá, 1999, selec. de Víctor Manuel Patiño, trad. de Mauro Armiño).

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