hacia el sur, entre velos de humo,
donde el agua no sabe de principio y pasado
y el promontorio profundiza
con sus tres dedos norte adentro;
un rayo luce en el pasillo oscuro
hacia donde las islas, por fin las islas...
Abstracto y más hermoso
Andros, Delos y Santorín,
el promontorio rompe el aire seco,
gritos interrumpidos de gaviotas,
informes, y a la vez como de mármol
en la calma insoluble de la estatua
con su cabeza de viñas pétreas, compartiendo
la penumbra del mar eternamente, el arco
sombrío de los mitos cabalga en una ola
y las islas ya son.
Al dejaros, colinas, no sabíamos,
o lo supimos como los sonámbulos
sienten que el corazón hace girar la llave,
o que una carta espera debajo de la puerta
de una casa vacía;
ahora Matapán y sus temores
se volvieron una identidad, un juicio
doblado y desdoblado por las olas
como un mapa trazado por estrellas,
con espinas y hojas a los vientos
todo lo conocido que se acaba
y el agua empieza.
Aquí belleza y llanto compartieron
como lugar y tiempo una eterna relación,
Matapán...
Aquí aprendimos que el amante
no contiene al amor, es contenido,
Matapán, Matapán.
Aquí, en verano, los felices,
amarraron sus botes; a una milla de tierra
las cigarras venían como un hálito;
el fondo vio sus pies palmípedos
y monstruosos al tocar la arena.
Aquí el viento voló, la nieve, las oscuras
manos soltaron el timón.
El día yacía como un espejo en los ojos solares.
Los olivos dormitan, el mar brilla, la roca
colgante, y bajo Arbutus se oye música mítica
de flauta junto a un niño, junto a un puerto
soliloquiando en siete notas líquidas.
Aquí, en verano, los felices
se asían como isleños
y miraban las aguas, inclinándose,
las miradas obsesas, robadas a los libros;
los dos ojos egeos pintados de azul duro
así, y “Theos Díkaios”, Dios justo,
debajo de la proa putrescente.
Nómadas habitantes del reflejo;
vimos la rosa floreciente en los jarrones,
rostros de niños crédulos en pozos,
bajo la Acrópolis el eterno golfillo
llevando la golondrina de leño
que predice la primavera; en las colinas vellosas
sobre Atenas vimos exhalarse la noche.
Más tarde, en islas, aguardando
ante el mar, como una piel, y promontorios,
nos bendecía el girar
del viento como un melocotón, como un melón,
como un higo, un viento de limones;
todas las frutas al girar de sus alientos.
Y en las colinas encontramos
rostros sagaces, venerables
como cucharas de cuerno, maneras,
nombres, cortesía hacia los forasteros.
Oímos las reflexiones pastorales:
Heme aquí, hacia Arcadia, uno, dos.
Azafrán, bergamota,
una raíz, un cabello, una cuenta, todo cálido.
Un dedo humano lleno de pequeñas corrientes: un anillo:
un hombre casado.
En un tardío invierno de nieblas y pelícanos
vimos el fin del libro; el hombre
besa a su esposa e hijos y se despide de ellos
bajo el lagar, que gira.
Entrar abril, como un nadador,
y abrirse la memoria como una vena
intrépida, en la estela de una quilla sin senda.
Solos en pie, sobre las colinas
vimos a Grecia entera, el cuerpo
humano de este cielo del que depende un mundo
que gira dentro de un cristal
guardado por las ramas verdes de los cipreses.
Muy lejos, en el azul
como notas de música en la página
las dos cabezas: el hombre y su mujer
siempre allí.
Tan lejos, que no se oye el cántico.
Laurence Durrell, incluido en Antología de poetas ingleses modernos (Editorial Gredos, Madrid, 1963, trad. de Jesús Pardo).

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