miércoles, 13 de octubre de 2010

La poeta Nuria Ruiz de Viñaspre nos habla sobre el poemario 'Todavía muertos', de José Naveiras

Poner vida a algo que ya está muerto. Mover algo que hace mucho que no se ha movido. Otorgar latido a lo perdido. Homenajear la vida de todo ello a través del disparo. Del disparo que mata. De la lente que le da vida. De unos ojos de pez. Eso hace José Naveiras en Todavía muertos (Amargord Ediciones, Madrid, 2010). Y así, en esa zona muerta, en ese espacio primerizo de 'Muñecas rotas', eje del libro, el autor encara la muerte como ese algo que hace mucho que no se ha utilizado. Como aquellas muñecas quietas que respiran fragilidades antiguas en algún estante abandonado.

   Poema inicial cuyo título está lleno de escepticismo… ("las flores aún matan las aceras/ todavía muertos"), donde no hay lugar para la esperanza, a pesar de ese todavía, que insiste en prolongar la vida de lo muerto, en un tal vez, en insuflar un halo de esperanza ("todavía muertos/ y aún así/ permanentes") a tanto escombro (sin saldo). Pesimismo puro ("pudo lo peor de hoy/ al maltrato de ayer"), a pesar de ese pudo más el amor que el odio donde el autor, temeroso de arder, temeroso de un inminente incendio asiste con claridad meridiana a este "ya no podremos morir/ cerca del sol". Y como un faquir lleno de carácter nos hace explotar todo ese desaliento en la cara. Lleno pues de dirección suelta las amarras de esa desesperanza en versos como "La última carta de amor/ que me enviaste/ la escribió Spiderman por ti/ y eso se nota, claro".

   Lo que sí se nota es que en en los primeros versos de 'Muñecas rotas' Naveiras bucea en una mina. Es su nuevo yacimiento. Su nuevo nacimiento. Se encuentra expectante en la galería más subterránea de la mina. A veces será una ciudad levantada con hormigón, otras cueva en la que guarecerse. Parece que siempre camine solo en su caverna. En esa caverna de porcelanas. Cerámica pura. Camina solo y excava 23 túneles perfectos perforando todas sus zonas, los esmaltes más oscuros, los que nunca muestra para que no le tomen por el débil de la película. Eso sí, una vez allí, lanza su soledad a alguna estalagmita, como ese depósito de minerales, de palabras, esperando que otra lluvia de estalactitas acompañe su demanda. La deposición. La fundición. La pareja ideal. Lo perenne. La muñeca ideal de esmaltada uña. La unión de unas con otras para generar su propia vida ("soy el resultado/ de una paja que se hizo Dios/ una tarde de un caluroso verano"). Descansar más tarde del viaje ("abandonar las lágrimas"). Porque el mundo a veces nos instiga a ser débiles. A dejarnos vencer. A dejarnos excavar. Y aunque a veces venzamos ("hemos vencido/debes reconocerlo,/ en un mundo demasiado humano/ a golpes de desamor/ a golpes de éxtasis/ a golpes de luz/ a golpes/ nosotros hemos vencido"), el de-sentimiento, la des-esperanza, la des-gana, siempre aparece en versos como: "no hay más piel que arrancar/ no hay más territorios que conquistar/ a golpe de pelvis… de nuevo, los golpes".

   Pero entonces se instala el miedo en el mundo del que escribe. En su mina. El miedo a esa soledad dentada. A la oscuridad de la gruta. A la profundidad de encontrarse consigo mismo ("el grito se alojó en todos mis sarcasmos"). Sí, sí, el poeta profundiza y pregunta ¿y ahora qué?, y escucha una respuesta ¡profundiza aún más, aún mucho más! ("por favor, que alguien/ encienda ya la luz"). La muerte se presenta entonces de mil formas a ojos del poeta y éste parece aceptar el juego ("hoy he de morir/ y quizá por eso/ me encuentro un poco frágil/ o algo oblicuo"), con tal de dejar de escuchar esa voz mínima pero insistente que le dice y le grita ("pero por favor/ cesa ya con tanto grito"). Porque en ese viaje a veces sin retorno el poeta pierde algo más que su pierna derecha en esos caminos estremecidos por la cólera…

   En 'Muñecas rotas' el Dios del poeta se hace fuerte, pero el siervo detesta su fuerza. Porque el siervo es creyente. Creyente pero de héroes más que de dioses. "Porque en la fosa común/ no caben nuestros vuelos". Se hace fuerte aquel que le engendró una tarde de verano. Y su lenguaje es duro y crítico y cree que su fuerza es al fin una pose (es imposible que Dios esté tan sordo). Necesita creerlo para espetarle a la cara versos como: "si a los amantes les apagan la llama/ si al sexo le arrojan gas lacrimógeno/ Dios se hace fuerte". Porque aunque lo intenta, no consigue subirse a esa altura y dejar colar sus vuelos en la fosa ("hoy me siento sucio como el metro en una noche de domingo").

   Todo pareció iniciarse así: Unas viejas muñecas amontonadas en un escaparate de una pequeña tienda de antigüedades… una imagen intensa que inquieta. Y si lo piensan, ¡qué espantosamente despegados de la tierra están los pies de los niños y las muñecas muertas…! ¡qué exiguos los cuerpos horizontales de unos y la verticalidad de los otros, observando con sabia terquedad el mundo pasar a través de la languidez de un escaparate… Pequeñas vidas condenadas por el tiempo a ser estiércol o figura inanimada en algún estante de alguna calle sin esquinas.

"¿Y, qué ocurre con los muertos?/ yacen sin zapatos en sus barcas
de piedra son más parecidos a la tierra/ de lo que pareciera el mar si se
detuviera rehúsan ser bendecidos/ garganta ojo y nudillo"

   Naveiras, poeta de la urbe, acostumbrado en su trayectoria a plantear la cotidianeidad en su lado más extenso, el día a día del vecino, la ciudad y sus esquinas, las cortinas descolgadas para lavarlas con manos tijera, la rutina en su estado puro, no logra aquí evadirse de la eterna cuestión: ese otro huir de nuestros cuerpos una vez muerto todo. Un cambio de dirección. Ese silencio de cacerolas y demás artilugios caseros encontrados en alguna cocina abandonada. Los susurros en el hierro de las sartenes desvencijadas y ensangrentadas. Objetos apilados a punto de llevarse un camión de la basura. Lo muerto. Lo quieto. Lo roto. Los muros. La mina. La soledad que hay en una ropa tendida un día de lluvia. Lo despoblado que hay en fotogramas como: "hoy/ sopa de cebolla/ con ramas de olivo/ y cuchara de madera con agujeros". Las paredes ungidas. Los grilletes. Las argollas que sostienen nuestras pieles hechas pliegues, como dice el poeta, con trescientos sentimientos de culpa…. Todo aquello que hace mucho que no se ha usado, todo aquello muerto pero aún latente en este espacio, en esta órbita, como aquellas muñecas de Lleida, azota y bate a Naveiras iniciando otro latido en esta andadura. Y es aquí donde se incendian todos sus pecados de silencio, sus antiguos fuegos. En definitiva un libro visible que intenta mostrar lo invisible. Las heridas. Enamorado de lo inerte finalmente en este libro habla de ello. Homenaje pues del lado oscuro y más estático, el deshabitado que tanto nos habita. Él quiere cruzar la línea fronteriza. La línea de lo exánime. Traspasar ese escalofrío tras la cortina roja para profundizar en el después. Pero ¿y después? ¿después qué?

"no mataré ya más las borrosas figuras/ que, esclavas de lo absurdo,
avanzan por la calle/ agarradas al tiempo"

   Muñecas. Muñecas inanimadas. Pequeñas figuras desfiguradas. Tergiversadas. Alteradas. Muñecas sin digestiones. A veces con un doble juego en vida. Muñecas exánimes de cuerpo entero y otras muñecas nacidas de algún puño solitario. De madera, de cartón, de cera, de trapo, de plástico, articuladas, desarticuladas, completas, desvencijadas, flexibles, concretas, ¿qué más da? Juguetes rotos destinados a una eterna vida. Destinados a recrear los quehaceres cotidianos de su amo. Un homenaje a lo inanimado. Un recinchar de mandíbulas. Una pro-vocación velada. Un disimulado desvelo. Un universo que nos remite a otra jaula.

"el enemigo es el hombre/ y soy pastor del excremento/ señor único de la
nada rey del viento/ página en que ladra un perro"
Leopoldo María Panero, Conversación

   Agitador infatigable, fotógrafo de profesión y buen retratista, Naveiras-polizonte pilota y retrata la otra orilla de su nave-ira explicando el rápido huir de su cámara en aquel escaparate de Lleida. Todo poema se inicia en un punto. Esta vez fue una fotografía tomada en un estante anónimo lo que inició ese primer disparo en el hombro desembocando al fin en una idea. En la idea más visual de la muerte. Y un poema debe ser un acto obsceno, a veces hasta morboso. Así, con unas muñecas en un escaparate como único motor, el autor intenta causarnos una impresión para romper la comodidad del instante, de la vida restante, y hacer de su lenguaje otro posible a nuestros ojos. Mundo de dolor y lascivia, donde el éxito no existe. La fotografía tiene ese lado oculto. Imperecedero. Todo lo retratado pervivirá por siempre. No sólo eso, sino todo pensamiento encerrado en la escuadra de la mente del modelo, del objeto retratado. Pequeños cadáveres exquisitos en nuestras manos llenas aún de latido. Látigos de latido.

"no contemplaré tu muerte
ni el momento en el que la oquedad
de la tierra
posea los restos de
todas mis caricias.

la fiesta ha terminado"

   No mucho más tarde, Naveiras se exterioriza en sus 'Poemas externos'. Desde otras manos. El autor así nos va llevando de lo interior a lo exterior. Aquí la fotografía es bien distinta mostrándonos a veces un desamor, otras la infancia caminando hacia atrás, en forma de hijo disfrazado de Superman, aquel bárbaro que conduce un enorme ejército de sentimientos con el que consigue asolar todas las fortalezas que encuentra a su paso, como diría el poeta. Una etapa nueva donde de nuevo el escepticismo late en versos como:

"Ahora vagamos
con aire de indiferencia
en nuestros rostros"

Los héroes, los superhéroes son su única religión, son su Dios, pero aquellos héroes con los que crecimos se parecen tanto hoy a los peluches antihéroes del mundo en el que vivimos ("se han roto tantas cadenas/ y ninguna retenía nada"). Peluches. Otra clase de muñeco.

"las cadenas abrigaban
tanto como los labios
y ahora sólo nos queda
una montaña
de peluches muertos"

En cualquier caso el amor y su contrario subyace en ambas partes del libro. Barro.


José Naveiras García nació un 14 de octubre del año 1966 en la ciudad de Madrid. Se crió en un cementerio, concretamente en el de La Almudena y entre tumbas, jardines, entierros y arquitecturas góticas se moldeó su personalidad. Fue en ese cementerio donde comenzó a escribir y donde comenzó, sobre todo, su pasión por la fotografía y la música. Trabajó como DJ durante muchos años, como cocinero, tendero, camarero y encuestador otros tantos, hasta terminar como informático que es lo que actualmente mantiene su cuenta corriente. En lo literario es autor de dos libros de poesía Poemas para berberechos (Editorial Dyedicul, 2008) y Pecado de silencio (Editorial Poesía eres tú, 2009) y de un libro de relatos titulado El incendio y otros relatos (Ediciones Atlantis, 2009). Además es el fundador de la revista Es hora de embriagarse, con poesía y forma parte del equipo de redacción de la revista de relatos Al otro lado del espejo. Puedes encontrarle habitualmente en los muchos eventos poéticos y artísticos que la noche madrileña ofrece tanto como espectador o como organizador. Siempre con su cámara colgada del cuello tratando de inmortalizar a la gente que quiere crear arte.

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