martes, 15 de diciembre de 2009

Juan Ramón Mansilla habla sobre 'Flores en la cuneta', nuevo poemario de Alejandro Céspedes, XXV Premio 'Jaén' de poesía

En los desvanes de la memoria almacenamos, entre tantos recuerdos, también libros. Unos porque nos acariciaron mientras nos arrullaban; algunos, por lo que logramos que nos enseñaran; otros porque nos dieron de patadas en el estómago. Flores en la cuneta (Ediciones Hiperión, Madrid, 2009), de Alejandro Céspedes, es de estos últimos.

Partiendo de la confesión con la que principia el libro (“… hay tres cosas de la carretera que cada vez que las encuentro en mi camino siguen produciéndome una inmensa desolación: cadáveres de animales, zapatos desperdigados y ramos de flores.”), Alejandro Céspedes construye un poemario homogéneo y rotundo, capaz de provocar espasmos, lacerante. Un poemario que retuerce el lado brillante, y a menudo falsario, de la vida para entrar a trapo en las oscuridades y miserias de la condición humana. Para ello emplea dos de los símbolos más claros de nuestro tiempo: el automóvil y la publicidad.

Los poemas, cuyos títulos los toma de eslóganes y frases publicitarias, trizan sin pudor ese entorno ficticio, escudriñan en el envés, muestran lo que la inconsciencia, el éxito aparente dejan como pecios tirados en la carretera, abofetean con las más crudas consecuencias de nuestros actos: “Ellos gritan también. / Ríen. / Nadie los Juzga. / Aún no saben que a partir de la próxima curva, y para siempre, van a llevar colgados de su corazón los ojos de una perra.

La carretera, en Alejandro Céspedes, se torna metáfora de la vida. Pero de la vida tal cual, sin remilgos. De ahí su contundencia. De ahí ese sutil tono admonitorio (“Es verdad que los muertos nunca se llevan nada…”). De ahí también ese dialogar elegíaco con los lectores. Flores en la cuneta es, como la ruta, un libro arriesgado y sin concesiones. En el lenguaje, en su composición estrófica, en sus imágenes. Pero también un libro destellante. Y emotivo, muy emotivo. Crudo, sí, pero más porque provoca algo poco conveniente: pensar. Crudo también porque no acaricia la piel sino que araña las vísceras. Y eso jode.

Juan Ramón Mansilla (publicado por revista Hilos de Araña, nº 3).


Alejandro Céspedes (Gijón, 1958) es licenciado en Filosofía y Ciencias de la Educación por la Universidad de Oviedo. Desde 1985 reside en Madrid, donde ha desarrollado su actividad profesional como gestor cultural y director de espacios escénicos. Como director de producción y director de escena ha realizado numerosos montajes de ópera y zarzuela. Ha sido colaborador literario del diario El Mundo y asesor literario en la revisión de libretos de ópera y zarzuela. Miembro de la SGAE desde 1987, ha escrito letras de canciones para músicos españoles entre los que destaca Luz Casal. Entre otros, ha obtenido los premios de poesía ‘Blas de Otero’ 2007, ‘Hiperión’ 1994, ‘Navarra de poesía’ 1985, ‘Internacional Villa de Lanjarón’ 1985, accésit del ‘Premio internacional Teatro Español de Madrid’ 1985 o ‘Ángel González’ 1984.

Ha publicado los libros de poesía Los círculos concéntricos (AEAE, Madrid. 2008), Sobre andamios de humo. Poesía 1979-2007 (Vitruvio, Madrid. 2008), Y con esto termino de hablar sobre el amor (incluido en Sobre andamios de humo), Hay un ciego bailando en el andén (Hiperión, Madrid. 1998), Las palomas mensajeras sólo saben volver (Hiperión, Madrid. 1994), Tú, mi secreta isla (Plaza de la Marina, Málaga. 1990), Muchacho que surgiste (Scriptum, Santander. 1988), James Dean, amor que me prohíbes (Pamiela, Pamplona. 1986) y La noche y sus consejos (Genil, Granada. 1986).

4 comentarios:

  1. ¡Qué bueno es este tío y qué manera de evolucionar escribiendo, algunos y algunas tan jóvenes y jalead@s debería aprender de un tronco que ya tiene más de 50 tacos!
    Yonni

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  2. Si, creo sinceramente que eso es un problema, hay un boom de poesía en España, de gente menor de 35 años, que tienen muy pocas lecturas (con honrosas excepciones) de poesía, apenas conocen la poesía en una perspectiva histórica y, lo peor, apenas conocen a quienes en España escribieron o siguen escribiendo y tienen más de 45 o 50 años. Me parece una grave pérdida cultural.

    Por contra, esta gente más joven es hiperactiva, suplen su falta de calidad y conocimientos con la permanente aparición pública. Yo lo llamo el "Síndrome Belén Esteban" (siempre con honrosas excepciones.

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  3. Acabo de leer -visito frecuentemente este blog- los dos comentarios a mi libro. Al primero, Yoni, darle las gracias. Es muy benevolente. No se trata de ser más o menos moderno, quizá es un problema de mi personalidad. Nada me aburre más que releerme y, por qué no decirlo, releer otra vez en cada nuevo libro al mismo poeta. Ya sé que todos nos pasamos la vida escribiendo el mismo libro, es nuestra condena, pero por favor, intentemos hacerles a los demás menos áspera y aburrida nuestra propia voz. La presunta evolución que me otorga Yoni, no es más que búsqueda, búsqueda de otras formas de contar lo mismo. "Flores en la cuneta" no deja de ser una reflexión sobre la muerte, o sobre la vida, que no es más que lo mismo; sobre la muerte desde un punto de vista ontológico: cada muerte es todas las muertes. Como individuos somos absolutamente irrelevantes. Es posible que yo tengo un problema identitario. Asumir que vivir es perder también lleva implícita la tarea de reconstruirse. Todo lo que vamos dejando atrás nos despoja, pero también nos define, nos hace conscientes de los límites. Ese continuo desgajarse lleva también aparejado, para mí, la desconsoladora tarea de reconocerse, pero intento aportar en cada nuevo intento materiales nuevos, no los trozos de los trozos que se han ido desgajando.

    Respecto a la aportación de Paco Cenamor, decirle que sí, que estoy muy de acuerdo. La pretensión de modernidad no puede llevar aparejada la ignorancia. Porque ésta también lleva consigo la repetición de lo que, precisamente, se desconoce. También estoy de acuerdo en que en la joven poesía actual hay demasiada endogamia. Eso nunca ha sido bueno. Los animales lo saben y las tribus prehistóricas -y no tanto- practicaban el rapto como fórmula de evitarlo. En poesía el "rapto" consiste simplemente en abrirse, en leer a otros y, sobre todo, a todos los anteriores. Hay algunos ahora que se embadurnan de modernidad y no saben que lo suyo ya está escrito hace más de cien años. Y mejor. También lo mío, claro. Puedo recomendar a algunos, todos nacidos en al último cuarto del siglo XIX: Oliverio Girondo, Pessoa, Aleixandre. Y si se atreven a ir u poco más allá, Sor Juana Inés de la Cruz. Sé de más de dos a quienes se les descolgaría la mandíbula.
    Enorabuena, Cenamor, lo del "Síndrome de Belén ESteban" me encanta. Te lo copio.
    Un abrazo a ambos.
    Alejandro Céspedes

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  4. Interantes reflexión Alejandro, y me alegro de que sintonicemos. Creo que se reflexiona muy poco en torno al hecho de escribir poesía, la poesía como búsqueda, la calidad como anhelo. Estaría bien encontrarse para hablar de todo esto.

    Un fuerte abrazo.

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