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viernes, 17 de octubre de 2025

Poema del día: "Sinfonía inconclusa", de Oscar Milosz (Lituania, 1877-1939)

I

Muy poco me has conocido allá bajo el sol del castigo
Que funde las sombras de los hombres, nunca sus almas,
sobre la tierra en la que el corazón de los hombres adormilados
viaja solo, entre las tinieblas y el terror, sin saber hacia dónde.
En hace mucho tiempo —-óyelo bien, amargo
amor del otro mundo—,
Era muy lejos, muy lejos —óyelo bien, hermana de este mundo——,
en el Septentrión natal donde de los nenúfares de los lagos
Sube un olor de los primeros tiempos, un vapor de abismados manzanares de leyenda.
Lejos de nuestros archipiélagos de ruinas, de bejucos y de arpas,
Más allá de nuestras montañas felices
Había allí una lámpara y un ruido de hachas en la bruma,
lo recuerdo bien.
Y yo estaba solo en la casa que tú no conociste.
La casa de la infancia, la muda, la sombría
allá en el fondo de los espesos parques donde el
pájaro transido del amanecer
cantaba bajito por el amor de los muertos
muy antiguos, sobre el oscuro rocío
Era allí, en esas habitaciones profundas con ventanales entornados,
donde el antepasado de nuestra raza había vivido
Y es allí donde mi padre, después de sus largos viajes, fue a morir.
Yo estaba solo y, lo recuerdo,
era la estación en que el viento de nuestros países
sopla un tufo de lobo, de pasto de ciénaga y de lino
pudriéndose
y entona viejos aires de ladrona de niños
entre las ruinas de la noche.


II

La última noche había caído, y con ella la fiebre
el insomnio y el miedo. Y yo no podía recordar tu nombre.
La guardia debió haberse ido sin duda al presbiterio
porque la lámpara no descansaba ya sobre el escabel.
Todos nuestros antiguos servidores habían muerto;
sus hijos habían emigrado y yo era un extranjero
en la inclinada casa de mi infancia.
El olor de ese silencio era el olor del trigo
encontrado en una tumba, y tú quizás conozcas
esa grama de los sitios mudos, hermana de los amortajados,
color de luna madura y baja sobre Menfis.
Yo había andado mucho tiempo por el mundo con mi hermano,
sin reposo había andado; había velado junto a la angustia
en todos los albergues de este mundo. Y
entonces me encontraba allí,
la blanca la cabeza como la hermana nube. Y ya no había nadie allí.
El eco de un paso o el trote de la vieja rata
me hubieran sido gratos,
porque aquello que roía el corazón no hacía ruido alguno.
Yo era como la lámpara de la buhardilla en el amanecer;
como el retrato en el álbum de la prostituta.
Amigos y parientes habían muerto.
Y tú, hermana mía, tú estabas más lejos
que el Halo con que se corona en el claro enero
La madre de la nieve. Y apenas si me conocías.
Cuando hablabas, me estremecía al reconocer en
tu voz la de mi corazón.
Pero no me habías encontrado sino una vez, una solamente,
bajo la luz extraña de las lámparas de gala,
entre las flores nocturnas. Y había allí
cortesanos dorados.
Y esa vez sólo dije adiós a tu resplandor en el espejo.
La soledad me esperaba con su eco
en la oscura galería.
Una criatura había allí con una linterna
y una llave de cementerio.
El invierno de las calles
me sopló su aliento miserable a la cara.
Yo me creí seguido por mi juventud en llanto,
Pero bajo la lámpara y con mi Hiperión sobre
las rodillas
vi a la vejez sentada. Y no levantó la cabeza.


III

Óyelo bien, hermana de este mundo. Aquél era
el antiguo cuarto azul
de la casa de mi infancia.
Yo había nacido allí,
Allí fue también
donde se me apareció una vez, en el
recogimiento de la vigilia,
mi primer árbol de Navidad, ese árbol muerto
convertido en ángel,
que surge de la profunda y amarga selva,
que surge todo encendido desde las antiguas
profundidades de la selva helada, y camina solo
—Rey de las lagunas nevadas- con sus fuegos fatuos
arrepentidos y santificados en la apacible
campiña silenciosa y blanca:
y he ahí los ventanales áureos de la casa del niño bueno
¡Viejos, tan viejos días! ¡tan bellos, tan
puros! El cuarto era el mismo,
pero ya estaba frío para siempre, mudo y gris para Siempre.
Parecía haberse olvidado para siempre
del fuego y del brillo de las antiguas veladas.
No había allí parientes, ni amigos, ni servidumbre.
Sólo la vejez, el silencio y la lámpara.
La vejez mecía mi corazón como una loca a un niño muerto.
El silencio no me amaba ya. Y la lámpara se apagó.
Mas, bajo el peso de la Montaña de las tinieblas,
yo sentí que el Amor, como un sol interior,
se levantaba sobre los viejos países de la memoria
y que yo alzaba vuelo,
lejos, muy lejos, como entonces, en mis viajes de durmiente.


IV

“Es el tercer día”
Y yo me estremecí, porque
Me venía de mi corazón. Era la voz de mi vida
“Es el tercer día”
y yo ya no dormía
Sabía que la de la plegaria de la mañana había llegado
Pero estaba rendido y pensaba en las cosas
que debía volver a ver
El archipiélago seductor y la isla del Centro
La vaporosa, la pura que desapareció entonces
Con la tumba de coral de mi juventud
Y se adormeció a los pies del cíclope de lava
Y ante mí sobre la colina había el castillo de agua
con las lianas del Edén y los terciopelos vetustos
Sobre las gradas gastadas por los pies de la luna;
y allí a la derecha
En el bello claro medio, a mitad del bosque
Las ruinas color de sol ¡Y allí ningún paisaje secreto!
porque yo he errado en esa Tebaida
Con el amor mudo, bajo la nube de la medianoche
Yo sé dónde están las moras más maduras; la alta yerba
Donde la estatua rota ha escondido su rostro,
Es amiga mía y los lagartos, saben hace largo tiempo
Que soy mensajero de paz, que no truena nunca
En la nube de mi sombra. Aquí todo me ama
porque todo me ha visto sufrir
“Es el tercer día. Levántate, soy tu durmiente de Menfis”
Tu muerte en el país de la muerte,
tu vida en el país de la vida
La muy-sabia, la bien-ganada.

Oscar Milosz, incluido en Altazor. Revista electrónica de literatura (1ª época, año 4, marzo 2023, Chile, trad. de Augusto D´Halmar).

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viernes, 28 de junio de 2024

Poema del día: "Cupe en las botas...", de Daiva Čepauskaitė (Lituania, 1967)

Cupe en las botas,
hasta en los zapatos,
hasta en mis huellas,
entre las puertas cupe,
entre los dientes y en el seno,
en la gorra cupe,
con el nido de ratones entero
y cinco ratoncillos desnudos,
en la cabeza cupe,
en la foto no siempre,
algunas veces la recortaban,
cupe en el bolsillo
al lado de la castaña del año pasado,
en el puñado cupe,
hasta quedó espacio
para que no me caiga
me apoyé con las piernas
y me sostenía
dura como trigo sarraceno,
en la puntita del pulgar de mi madre
cupe hasta que se lo cortó,
cuando no atinó con el hacha
en el cuello
de la gallina,
en su chorro de sangre cupe,
dolía y cupe,
hasta que cesó,
cabía cabía
hasta que me callé.

Daiva Čepauskaitė, incluido en Círculo de poesía (México, 28 de abril de 2017, trad. de Dovile Kuzminskaite en colaboración con María Sebastià-Sáez).

Otros poemas de Daiva Čepauskaitė


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jueves, 23 de mayo de 2024

Poema del día: "Los desinflados chalecos salvavidas...", de Daiva Čepauskaitė (Lituania, 1967)

los desinflados chalecos salvavidas
dispersos en la costa
como cáscaras de huevo color naranja
de los que salen personas
algunas muertas
otras van en fila
cambias el canal

allí en algún lugar en China hacen sopa
de los nidos de vencejo
en estos hay baba del pajarito
que fortalecen el sistema inmunitario de la gente
cambias el canal

los niños y los chabacanos llenos de balas
el plomo los arrastra hacia abajo
ellos caen y llegan a la tierra tan rápido
que no les da tiempo para madurar
cambias el canal

el niño buscando algo para comer
visita todos los rincones de la casa
encuentra un ratón muerto
lo tumba en la cama a su lado
para que no esté tan solo
antes de dormir
cambias el canal

el vestido de Marilyn en la subasta
se vendió por 4,5 millones
el vestido era tan ajustado
que la actriz legendaria
debajo de este no llevaba nada
cambias el canal

en el vaso en el alfeizar
como el lirio más blanco
flota la dentadura postiza
de mi abuela
las oraciones ceceantes
fluyen de la boca hueca
cambias el canal

escuchas cómo susurra la escarcha
blancos cristales de gota
se acumulan en la superficie de la tierra
por la mañana de repente cruje
el tallo congelado de la hierba
la cáscara de huevo
el hueso de chabacano la bala
la cama del niño
las articulaciones de Marilyn
la dentadura postiza
el eje de la tierra
la columna vertebral del mundo

cambias el canal

Daiva Čepauskaitė, incluido en Círculo de poesía (México, 28 de abril de 2017, trad. de Dovile Kuzminskaite en colaboración con María Sebastià-Sáez).

Otros poemas de Daiva Čepauskaitė


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martes, 5 de diciembre de 2023

Poema del día: "Cuatro cartas inestables de Sarah", de Greta Ambrazaitė (Lituania, 1993)

No recuerdo en qué país nací
las corrientes de los cuatro vientos cubrieron las coordenadas espirituales,
tal vez he estado aquí muchas veces
como hostia de iglesia para un corazón rebelde,
como el anticristo con una misión diferente cada vez
en diferentes marañas de este y otros mundos
cuyas redes a veces acechan mis sueños
mis ojos se agrietaron al despertar
mis diferentes formas
separadas unas de otras
hundida en la memoria intuitiva

Recuerdo vivir en Nueva York
criar serpientes de jardín en casa,
criaturas demasiado mitológicas,
el terrario brillaba con luz,
un poco sobrenatural, multifacético
perforando nuestros huesos blandos directamente
por la noche salía de mi boca el lavado de olas sangrientas
incluso sin invitación, sin querer
No sé cuándo se mezclaron los contextos
estos suburbios ruinosos levantaban serpientes de jardín
mitad reptil, mitad humano con labios abiertos
y los ojos brillantes de Lilith
cuando cayó el castillo de ámbar
Saqué las serpientes de su jaula
llevándolas con los ojos enloquecidos más cerca
a los niños
que gritaban de terror

una vez fui un recién nacido de la era victoriana,
o más exactamente, un pequeño fantasma encerrado en una fotografía del más allá,
la blancura de mis ojos coincidía
las barras pálidas de la foto,
los vivos se repitieron
que estos son solo compromisos de claroscuro,
motas de polvo pegadas a la película,
que las cortinas no se muevan,
los suelos no pueden crujir por los fuertes vientos,
y así me quedé tras las rejas de un umbral eterno,
en una brecha sin fin,
apenas puedo respirar una ráfaga de agua
y en segundo lugar – aire,
a pesar de estar perdida en el Bosque de los Dioses
No estaba ni viva ni muerta

Yo era el dictador estatal del futuro
pegando todos los continentes
en una bola asfixiante en mi garganta
pura anestesia psicodélica derretida bajo mi lengua
nuestros cerebros fueron lavados por aguas primordiales
humedecer el pan que nunca faltó para los hambrientos
toma esto y cómelo, que este es mi cuerpo
que está roto para ti
Anuncié por megáfono,
algo así como 1984, algo del realismo mágico
entendiendo que todo es simulación
Me disparé en el tribunal
y luego supe claramente
que ganar o perder
generalmente significa lo mismo

y una vez cumplí trece
y decidí suicidarme
mucho antes de la Gran Muralla China
la Gran Revolución Francesa y la Gran Depresión
Probablemente solo aprendí más sobre eso más tarde
era enero cuando salí de noche
en la reserva y se acuesta en un ventisquero
esperando purificarme en hielo hasta que empiece a brillar
pasaron once años
Crecí como una persona extraña con mejoras pasajeras
una persona que mira sus caras rotas
y se pierde en el bosque incluso cuando se lo lleva con la mano o con una cuerda
una persona que habla más de lo que oye
una persona cuyo pulso del día a día está en el ritmo

una persona – una bomba de relojería

Greta Ambrazaitė, incluido en Liberoamérica (16 de enero de 2021).

martes, 4 de enero de 2022

Poema del día: "Punto final", de Dovilė Kuzminskaitė (Lituania, 1990)

una nostalgia es algo
que se puede bailar
se puede tocar
se puede estudiar científicamente
hay nostalgias
que son tan grandes
que se pueden cruzar en barco
lo que no se puede hacer
con una nostalgia
es arrancártela
porque incluso las más pequeñas
pueden devolverte al caos
hay que mimarlas
tratarlas con cariño y atención
hasta que se vuelvan un pájaro azul
y se vayan volando
por la ventana carmín
de la madrugada.

Dovilė Kuzminskaitė, incluido en Herederos del kaos (30 de mayo de 2021, San Francisco/Barcelona).

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lunes, 29 de noviembre de 2021

Poema del día: "Lágrima, aún no es hora...", de Marcelijus Martinaitis (Lituania, 1936-2013)

Lágrima, aún no es hora
de rodar hasta la arena
para quedar sepultada.

No abandones la casa, los lentes de la abuela,
los recuerdos en torno de la mesa, el rosario
de los interminables trabajos de la tierra.
Alcanza a los que se van, con fervor
besa sus pies.

No abandones al niño, lleva desde sus ojos
hasta la tierra un rastro.
Ten compasión de los ciegos, tú eres
su única mirada.
Ten piedad de nosotros,
mutilados,
felices.

No te congeles en el corazón
como en el hielo el ojo abierto,
lágrima, vida, mariposa mía.
Inclina bajo tu peso la hierba, vuela
hasta la casa, pequeña mariposa de los ojos.

Detente, lagrima, al borde del camino,
saluda al grande y al humilde.
Sabiduría de los ignorantes: cálida
aún, cae sobre las manos felices.

Veloz, siempre veloz, lágrima,
a todos visitas, los rondas.
Te siento -descalza cruzas las mejillas
como un jardín devastado.

Marcelijus Martinaitis, incluido en Herederos del kaos (30 de mayo de 2021, San Francisco/Barcelona, versión de Biruté Ciplijauskaité).

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miércoles, 27 de octubre de 2021

Poema del día: "Vuelta", de Henrikas Nagys (Lituania, 1920-1996)

Muy de noche ya, poco a poco
empezaré a coger sombras:
de los árboles queridos, de las personas,
de nubes y pájaros
y despidiéndome, al fin
levantaré también la mía, tímida,
del seco, desmoronado
muro de la capital,
de la humeante
autopista orillas
del mar, del norteño
lago azul, de la nieve
en el ventisquero del Ártico,
y las llevaré todas, antes de dormir,
por el prado brumoso
a mi Samogitia natal,
a la madre
foresta de forestas,
a casa,
junto a los míos.

Henrikas Nagys, incluido en Herederos del kaos (30 de mayo de 2021, San Francisco/Barcelona, versión de Biruté Ciplijauskaité).

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miércoles, 13 de enero de 2021

Poema del día: "Madre lituana", de Janina Degutytė (Lituania, 1928-1990)

Llegaste al pueblo arrasado
       y arrodillándote cogiste un puñado de ceniza caliente,
       la envolviste en un pañuelo de lino
       y lo guardaste en el seno.
Un buitre negro se puso a golpear contra tu corazón.
       Te encaminaste a casa.
Tus pies tocaban hierba, piedra, agua del arroyo,
manzanos silvestres te invitaban a su sombra
y rubias espigas de centeno se apretaban a tus manos.
       En tu seno se estremecía la criatura por nacer
       cuando te dirigiste a tu casa sobre la alta colina.

Sobre la colina alta
       hiciste inclinación hacia el este y el oeste, norte y sur,
       desataste tu pañuelo de lino
       y una alondra roja voló hacia el cielo.
Pero tú te fuiste
       a recoger lino,
       amasar pan
       y arrullar al hijo.

Janina Degutytė en Entre el sol y la desposesión (2002), incluido en Altazor. Revista electrónica de literatura (1ª época, año 2, agosto de 2020, Chile, trad. de Birutė Ciplijauskaitė).

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martes, 8 de diciembre de 2020

Poema del día: "Campanarios de azúcar", de Janina Degutytė (Lituania, 1928-1990)

Qué blanca la ciudad en diciembre:
altos campanarios de azúcar,
ventanas con pájaros de plata,
y los árboles, ajenjos con nieve
elevándose hacia las altas nubes.
Festiva la ciudad: parece irreal
tan blanca
        como si nunca pasaran por ella
                                                         sangre
                                                                   ni hollín.
Todo lavado y justificado.
Ninguna inscripción.
Como si todo fuera aún por acontecer.
Por acontecer aún.

Janina Degutytė en Entre el sol y la desposesión (2002), incluido en Altazor. Revista electrónica de literatura (1ª época, año 2, agosto de 2020, Chile, trad. de Birutė Ciplijauskaitė).

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