Relatos para leer de pie... es el blog donde Belén Lorenzo, desde Santa Cruz de La Palma, nos muestra sus relatos, pero también los de otras personas que los cuelgan en sus blogs, lo que nos animará a ir saltando de uno a otro. Las entradas están etiquetadas y mantiene lista de etiquetas. En una de sus columnas laterales encontramos enlaces a otros lugares relacionados con el relato. Desde luego un lugar donde disfrutar de este tipo de textos.
Blog de #poesía: catálogo de #poetas y #poemas por nombre y por países. Editado por Francisco Cenamor.
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domingo, 26 de diciembre de 2010
viernes, 12 de noviembre de 2010
Esteban Gutiérrez Gómez 'Baco', uno de los compiladores, nos habla sobre el libro de cuentos escritos por rockeros 'Simpatía por el relato'
Simpatía por el relato (Editorial Drakul, Fuenlabrada, 2010, ed. de Esteban Gutiérrez Gómez y Patxi Irurzun).Bañados por sudor y luz...
Acabábamos de salir del concierto. Los oídos acorchados por el volumen de la música, la garganta irritada de tanto cantar a grito pelado, empapados en alcohol. Todavía resonaban las últimas estrofas del bis y era imposible tanta felicidad. Habíamos descargado adrenalina y, a cambio, emanábamos ahora una energía positiva, limpia de corrosión. De nuevo el vaciamiento había surgido el efecto deseado.
La banda estuvo genial, como siempre, dando caña desde el inicio. Nos entregamos por completo a ella desde que las luces del local se apagaron indicando que aquello comenzaba. Bañados en sudor y luz, no dejaron de atronarnos, de hacernos botar frente al escenario. Y, nosotros, no dejamos de corear aquellas jodidas buenas canciones. Así hasta el final, dos horas después.
Un castillo de risas nos acompañaba en el camino de vuelta, retumbando por las calles, brillantes y desiertas. Algún fly, los ojos iluminados, las cabezas gachas bajo la lluvia. Nos quedaba seguir bebiendo en algún bar trasnochado del barrio, contarnos nuestras impresiones y alegrarnos de que la misa del rock hubiese vuelto a funcionar.
Nos sentíamos superiores, capaces de cambiar este puto mundo, de darlo la vuelta, de hacerlo girar a un ritmo diferente. Estábamos, como después de cada concierto, seguros de creer en algo diferente, limpio. Nos encontrábamos henchidos de poder.
Eso era y es parte de la magia del rock and roll.
Quise hacer una canción con el grito de guerra de mi generación...
El rock ha sido y es un grito de guerra de muchas generaciones. Desde que nació, a mediados del siglo pasado, no han dejado de trasmitirse historias a base de rock. Historias de todo tipo capaces de estremecernos.
Tengo un amigo que no escucha otra cosa que rock. Lo tiene todo, me dice, no necesito escuchar otra cosa. El rock lo tiene todo. La fuerza allí donde es precisa, en el punto más álgido de un tema, donde la intensidad requiere un trueno. El punteo dibujando perfiles acuosos cuando el rock busca a su alma madre en el espacio del blues. Las baladas más enternecedoras que hablan de amores y amigos y perdedores, de nosotros y nuestras vidas, de nuestro mundo, de nuestra sensibilidad. Los himnos que nos gusta gritar contra todo aquello que nos toca los huevos, cuando pensamos y gritamos que, alguna vez, las cosas tienen que cambiar.
Que el rock lo tiene todo, que toda la música está contenida en el rock, que todas las historias pueden contarse al ritmo de 4X4 y que, aunque no valga de nada, hay que gritar.
Se trata de eso.
Asumido, pero hay que gritar.
Músico de rock, héroe legendario…
Los músicos de rock utilizan sus melodías para comunicarse con nosotros, para contarnos esas historias de vida que nos hacen temblar, que nos alegran el alma o nos llegan a partir el corazón, esas historias que nos hacen disfrutar sudorosos en un concierto o nos conciencian de las verdades de nuestro mundo.
Detrás de esas historias hay un letrista, un compositor, generalmente el cantante, del que surge la chispa de una nueva propuesta musical. Y a Patxi y a mí nos constaba que muchos de esos músicos, de esos letristas y compositores, son verdaderos poetas, narradores de historias versadas que quizá, quizá, se atreviesen a algo más.
En España hay muy buenos músicos de rock y excelentes letristas. Muchos de ellos escriben poesía. Algunos ya conocen también los secretos de la narrativa breve.
Buscamos, encontramos y se lo propusimos.
En esta antología aparecen un buen puñado de músicos que se han atrevido a narrarnos una historia a pelo, sin necesidad de música ni rimas ni melodías. Una historia, una simple historia hecha relato, utilizando un lenguaje diferente: el solo poder de la palabra.
Simpatía por el relato...
Aquí encontrarán todo tipo de historias, desde cuentos en apariencia infantiles, herederos de El Principito, que contienen todas las metáforas que presiden el mundo de quienes sueñan tocar el cielo alguna vez con una canción, a verdaderos cuentos rockeros a fuerza de golpes de batería y amplificador. Desde historias almadas por la ausencia y el amor, a escatológicas narraciones sobre otro tipo de amor, el amor propio, el que se practica con una sola mano. Cuentos de terror al mejor estilo Poe y cuentos afines al realismo sucio carveriano. Cuentos de ciencia ficción musical, relatos anidados en la memoria desde la infancia, cuentos que hablan de lo que pasan los músicos de rock, cuentos, cuentos, cuentos.
Todo está aquí, escrito en todos los estilos imaginables (e inimaginables, ya lo verán) por seres terráqueos apegados a una religión: el rock; y a un entusiasmo: comunicarse con sus propuestas musicales, provocarnos un cambio, llegar a hacernos estremecer.
Estremecernos, sí. Ellos buscan nuestra risa, nuestra reflexión, nuestra diversión; quieren hacernos disfrutar, buscar nuevas perspectivas en un mundo manido, muerto; quieren que sintamos algo diferente.
Hacer temblar, de una u otra manera, nuestra maltrecha alma.
Espero que algo así les ocurra con estos relatos.
Salud & Satisfacción
Esteban Gutiérrez Gómez (Bacø)
jueves, 28 de octubre de 2010
'Mario Vargas Llosa y la relectura de la huella', un artículo del Lic. Miguel Fajardo Korea
El otorgamiento del Premio Nobel de Literatura del año 2010 al escritor sudamericano Mario Vargas Llosa (Perú, 1936) nos ha llenado de honda complacencia, por cuanto Vargas Llosa signa una de las voces más autorizadas en defensa del ser humano contra los sistemas opresores entronizados en cualquier parte del planeta. Su valiente voz es un dossier acumulado de gran vigencia ética y estética. En esta ocasión, planteamos un acercamiento interpretativo a una de sus novelas iniciales Los cachorros (1967).
El problema por investigar se centra en un análisis textual que evidencie la significativa pérdida de identidad por parte de Cuéllar -Pichula o Pichulita-, personaje del relato Los cachorros, quien carece de su falo, a consecuencia del feroz ataque del perro Judas, en el colegio Champagnat de Miraflores, en Lima, Perú. El tema en estudio será abordado desde la perspectiva de la deconstrucción, con base en los alcances teóricos de Jacques Derrida, quien propone un modo de lectura donde se invierten los valores del sistema jerárquico y provoca un intercambio de propiedades discursivas. Las lecturas llevan a la crítica a buscar puntos de condensación, donde un término simple reúna diferentes líneas argumentales o conjunto de valores que figuran en oposiciones y son esenciales para el texto.
Las lecturas deconstruccionistas procuran simplificar las decisiones sobre la referencialidad, elemento que no se puede omitir, ya que siempre reaparece. Desde ese enfoque, se hará el análisis de conceptos básicos como el logo, fono y falocentrismo, para detener nuestro análisis en una relectura de la huella o de la traza. Se sabe, además, que la deconstrucción no aclara los textos, sino que investiga las relaciones textuales del mundo global. Para Derrida, cada texto es una máquina con múltiples cabezas de lectura.
Este trabajo interpretativo sobre Los cachorros, del peruano Mario Vargas llosa, pretende establecer los mecanismos intrínsecos de la deconstrucción, relacionados con el modo como Cuéllar cae en un vacío de identidad y en miedos falogocéntricos, al sufrir la castración, huella que lo descalifica como hombre y restringe, tanto su palabra como su poder, dentro de los esquemas patriarcales de la sociedad selectiva que le correspondió vivir durante su corta y tormentosa existencia.
Se selecciona el relato Los cachorros, donde se intenta identificar las marcas textuales inmanentes, relacionadas con la traza que causa, en Cuéllar, el vacío de su falo y su incidencia, tanto en su personalidad como en su redimensión con los otros. Partimos de la siguiente hipótesis: ¿es la ausencia fálica de Cuéllar, la huella que lo margina en relación con la otredad?
El trabajo establece la relación textual práctica y significativa, a partir de cinco elementos, algunos de ellos, tratados por la crítica literaria feminista, a saber: casualidad, logo, fono, falocentrismo, así como huella o ausencia. Se sabe que, para la deconstrucción, la unidad de estos principios metodológicos se asocia con figuras problemáticas y nunca con mundos o finales felices.
Cada elemento será focalizado desde el propio texto narrativo, porque el deconstruccionismo posibilita el texto global: establece la búsqueda de conexiones, correlaciones y contextos, en una práctica de juegos de significación, donde el propio texto aporta imágenes y argumentos para subvertir las presuposiciones de los lectores, lo cual permite descubrir la lógica de un significado mediante un número de trabajos o estructuras. Jacques Derrida lo denomina archiescritura (gram) donde todo es posible.
El fenómeno literario ha sido una práctica discursiva desde siempre. Cada teoría literaria establece sus alcances teórico-metodológicos, para su abordaje técnico. La literatura es un trabajo social, que compete al ser humano y precisa una serie de estructuraciones sociales, ideológicas, políticas o económicas, pero, sobre todo, discursivas.
La deconstrucción orienta su interés en la mismidad del texto y establece un enfoque sobre los rasgos básicos dichos, que serán analizados a la luz del relato Los cachorros, de Mario Vargas llosa, a quien pude conocer y escuchar en el Teatro Nacional de Costa Rica, hace varios años. En este momento, leo su voluminosa novela La fiesta del chivo, que consta de 569 páginas y trata sobre la realidad sociopolítica de Republica Dominicana, país que tuve la feliz oportunidad en conocer en 1986, durante la presentación de mi libro Realidad, mito y dolor, publicado por la Biblioteca Nacional de ese hermano país caribeño, gracias a la invitación de su director, en ese entonces, el poeta y diplomático Cándido Gerón Araujo. El autor peruano acaba de lanzar al mercado editorial su mas reciente producción narrativa El sueño del celta (2010). Mario Vargas Llosa acaba de ganar el Premio Nobel de literatura y sus lectores nos sentimos felices de dicha distinción.
El principio de la casualidad marca la esencia temporal de la causa frente al efecto, sin embargo, los deconstruccionistas invierten la posición jerárquica y consideran que ambas pueden funcionar como origen. El logocentrismo se presenta cuando la palabra hablada (oralidad) o el conocimiento centraliza su interés discursivo y determina el ser del ente como presencia. El fonocentrismo le confiere importancia a la voz, que se convierte en una metáfora de la verdad y la autenticidad. El falocentrismo oriente su enfoque en la presencia del falo, como signo de poder "falocrático", lo que presupone poseer, entonces, tanto la voz como la palabra "falogocentrismo". La carencia o huella plantea una condición problematizadora para Cuéllar, porque le crea un cuadro pánico, una situación límite, que lo obliga a modificar sus conductas, tanto personales como sociales.
El principio de la casualidad analiza cómo incide la castración de Cuéllar y los efectos de esa traza, tanto en su comportamiento como en su actuación social. La mordedura del perro Judas a Cuéllar es la causa que provoca su castración, si no se hubiese presentado esa involución causa/efecto, Cuéllar habría alcanzado sus objetivos de vida por la solvencia económica de sus padres, quienes, a partir de ese momento, lo atienden y miman con mayor frecuencia.
La castración lo aísla de su núcleo social y marca una situación límite que lo va estrechando en la marginalidad de su juventud. La castración se convierte, a su vez, en el origen de otros efectos: la mentira, cambios de actitud, imposición del apodo, los padres intentan llenar el vacío de Cuéllar con lujos y regalos, él se desinteresa por los estudios, las mujeres y la vida y, por ello, surge la muerte como un elemento disociador del paradigma social.
Asimismo, lo refleja el hecho de asumir cambios de conducta en sus relaciones interpersonales: acepta, de modo pasivo, el apodo de Pichulita, con el que Gumucio le sustituye su nombre propio. Ese apelativo lo llevará el personaje hasta el final del relato y significa una señalización, o bien, una marca semántica descalificadora, por cuanto agrega una estigmatización e involuciona, a causa de una ausencia "su miembro viril". Sin identidad sexual, Cuéllar es un disminuido, un minusválido que asume conductas delictivas y de exhibicionismo compensatorios, como una vía de escape.
La deconstrucción le confiere importancia a la causa, en este caso, Pichulita acepta el apodo irónico que es recurrente en su condición de castrado y lo inscribe como parte de su problemática identidad vacía: desidentidad, que irá conformando, poco a poco, la textualidad de significación, tanto en el texto como en el contexto del relato.
El logocentrismo plantea que la palabra ha sido un constante privilegio histórico de uso patriarcal. La cultura occidental le ha dado preeminencia a la palabra dentro de un modelo patriarcal, que asocia ese comportamiento con la voz y la conciencia. Para Derrida, significado y significante constituyen una jerarquía disimulada donde predomina el significado. Para Ferdinand de Saussure, el significante (fonocentrismo) existe para dar acceso a lo significado (logocentrismo).
Desde esa coyuntura, recurrente desde la Antigüedad, se privilegia al hombre, dado que la palabra es poder, por lo tanto, este le pertenece a él. Es, entonces, el poder de la palabra, una de las premisas que marca el predominio de lo masculino dentro de una sociedad jerarquizada.
En ese contexto, la castración sufrida por Cuéllar anula su logo, porque él no tiene voz en todo el relato ¿es, acaso, la retórica del silencio? Son los otros -la otredad- quienes conforman la oposición a esa ausencia de Pichulita. Cuando sus amigos le insisten en hacerse de una novia, el narrador asume el discurso indirecto, es decir, una mediación, para darnos cuenta de Pichulita: ¿Y después?, en alusión a su traza, esto es, a su diferencia. Para Emilia Macaya “un centro deja de serlo desde el momento en que lo marginal puede ocupar su lugar” (Macaya, 1997: 33).
Cuéllar no tiene el atributo logocéntrico por su carencia fálica. Sus amigos, por el contrario, lo ejercen, porque nombran. En el relato, por ejemplo, lo caracterizan como un bandido, matón, salvaje, cochino, bruto o animal. El paralelismo de la razón masculina, mediante la creación del pensamiento, es una idea que privilegia la apropiación de la palabra como canon patriarcal. El hecho que Pichulita carezca de ella corresponde a una inversión del orden, esto es, un logo que disocia y rompe el orden semántico: alude al falo, pero se enmarca dentro de una ausencia.
El fonocentrismo hace ver que la ausencia de voz por parte de Pichulita es un elemento que ahonda su separación modélica intersubjetiva. Pichulita no posee voz, porque no tiene falo. La ausencia de ambos privilegios, históricamente masculinos, le imposibilita incorporarse en el mundo social para ejercer la intersubjetividad e incide en su pérdida de poder social, a pesar de ser hombre. Para Derrida “la voz es una metáfora de la verdad y autenticidad, una fuente de habla viva y autopresente” (Moi, 1992: 117). El poder de la voz se deslinda en el relato de Vargas Llosa desde diversas actuaciones: juegos, apodos, música, cartas, noviazgos, matrimonios, hijos. El gran drama de Pichulita acaece porque él, con sus carencias, se convierte en un extraño en su propio mundo, que es su propio reclusorio: sin identidad y con un gran vacío existencial, donde se marca su diferencia, que, a su vez, lo margina del sistema social.
La timidez de Pichulita se ejemplifica cuando no se atreve a declarársele a Teresita Arrarte, quien es conquistada por Cachito Arnilla. Esta vez, Pichulita tampoco reacciona; por el contrario, apela a las excentricidades, a los signos externos: correr autos, desafiar las olas y, según el narrador; “vestir una toalla al cuello como una chalina y anteojos de sol”.
La ausencia de voz por parte de Cuéllar es un vacío semántico y semiótico, porque nulifica su presencia como sujeto. Sin discurso, Cuéllar se degrada, sus amigos se alejan de él y se avergüenza, porque lo consideran un maricón, cuando se junta con mocosos (rosquetes) de dudosa procedencia social. La reacción ante la acción de Pichulita es mirarlo, silbarlo y señalarlo: “La ausencia de voz es una carencia, negatividad o ausencia de significado” (Moi, 1995: 174).
El falocentrismo considera que el falo es el símbolo que marca la diferencia cultural entre hombres y mujeres: excluye a quienes carecen de él, estigmatiza. Jacques Lacan establece dos órdenes –el imaginario y el simbólico. El primero va paralelo con el lapso preedípico y el segundo con el periodo edípico. El orden simbólico se distingue por la presencia del lenguaje y el falo (ley del padre); en cambio, el orden imaginario es visto como un vacío, una identidad perdida.
La voz y la palabra, el falogocentrismo, que se impone sobre cualquier otra relación, es pertenencia del hombre y, como tal, implica actividad, paso, avance, forma, inteligencia, semen, poder. La castración sufrida por Pichulita, en su edad escolar, significa un emplazamiento dentro del mundo patriarcal del colegio Champagnat. Ese accidente cambia su vida acomodada y lo convierte en un extraño en su propio mundo, al extremo que lo aísla y provoca cambios conductuales, tanto en lo individual como en lo social. Él se ve obligado a "demostrar" una virilidad y masculinidad que no tiene.
No poseer falo representa, asimismo, perder su propio nombre por un apodo literal Pichulita, diminutivo de pichula, el pene de los niños. Ese sobrenombre hace referencia a una masculinidad como presencia/ausente. Ese apelativo evidencia pérdida de identidad viril, porque se estigmatiza su condición e involuciona como un disminuido, como minusválido sexual, toda vez que el nombre señala la ausencia de una cualidad, básica dentro del universo de la cultura patriarcal.
La carencia de poder fálico enfrenta a Cuéllar con situaciones límite, por ejemplo, la conquista femenina, toda vez que, según el narrador, les podría decir que sí, pero ¿y después? Es decir, hay una exigencia social para que demuestre su “hombría”, aunque sea para mantener las apariencias. Para clarificar este pasaje, podría aplicarse el cuadrado semiótico de Algirdas Juliem Greimas.
Cuando sus compañeros –Chingolo, Mañuco, Choto y Lalo- definen sus vidas, Pichulita se separa de ellos y marcha a Tingo María. Ese acto voluntario marca el entorno de su separatividad social, como personaje que involuciona.
La ausencia fálica de Cuéllar signa una pérdida de poder, de voz, de palabra. El falogocentrismo de que se ha venido hablando, él no lo posee, por lo tanto se convierte en un ser inadaptado, un ser social incompleto dentro de la sociedad, un personaje reflector que marca diferencia, descentramiento de la mismidad que cuestiona la carencia subjetiva, señal de su condición incompleta que lo enfrenta con la angustia, la soledad, la frustración y, finalmente, con la muerte. Como el falo es la ley del padre, su castración transgrede la unidad; él se ve como quien no es, quien ha perdido su autoestima y se convierte en un individuo en repliegue, sin falo –como significante privilegiado-, desde el momento del fatídico accidente corporal.
La huella o ausencia, evidencia en la castración de patriarcal, toda vez que confieren poder al hombre, en menoscabo de la condición femenina, sin embargo, en Cuéllar, la carencia de los tres elementos preciados significa un repliegue en sí mismo, lo cual provoca su crisis de identidad, que se ahonda como nostalgia o evocación de la huella.
Sin falo, Cuéllar se aliena. Lacan formula ese planteamiento en la expresión “Soy el que ha perdido”. Su búsqueda es interior, pero su señalización y rechazo operan en el plano exterior, porque si hubiera entablado relaciones sentimentales y sexuales con las mujeres, su patrón de vida hubiese seguido el esquema social de sus compañeros. En Los cachorros era el siguiente: hombres hechos y derechos, todos con mujer, carro e hijos que estudiaban en el Champagnat o el Santa María, con una casita de verano en las playas (Vargas Llosa, 1991: 144).
Para Aínsa: “la identidad de un individuo o de un grupo humano es una cualidad sociobiológica, independiente de la voluntad de ese individuo o de ese grupo, pero que sólo tiene sentido cuando se expresa en relación con otros individuos u otros grupos humanos” (Aínsa, 1995: 28).
La preocupación por el qué dirán se resume en ¿y después?, es el trauma de la huella, tanto física como mental, que Pichulita no logra vencer y se agranda con la presencia de algunos signos relacionados con su problema, porque desde el accidente muchos le guardan consideraciones: los hermanos del colegio lo soban por el miedo a su influyente progenitor; sus padres intentan llenar el vacío fálico del hijo con regalos y lujos. La actitud de los compañeros de Cuéllar, al aceptarlo con su ausencia de pene, se transforma, en realidad, en una marcación de la ausencia del falo; el enfrentamiento de presencia-ausencia no es ya grupal, sino social y, más que nada, individual. Redimensiona el problema del personaje de la siguiente manera: la carencia del falo marca dos ausencias: la del hombre dentro del contexto universal y la del poder dentro de la burguesía.
Para Cuéllar, carecer de falo tiene una múltiple situación problematizadora, porque se le crea un cuadro pánico, lleno de insatisfacción, duda, angustia, recelo, incertidumbre, y se ve obligado a modificar sus conductas. El apodo que le pone Gumucio, poco después del accidente, alude a su propio vacío, a su carencia fálica –Pichulita-, una mala palabra como un marica.
La huella es, en Pichulita, la diferencia que lo marca de la otredad y, a raíz de ella, debe cambiar su vida y reformular sus relaciones interpersonales. Ese desmembramiento lo señala, sin duda, con una imagen corporal fragmentaria, que incide en su negativa autovaloración. Para Cuéllar, ser castrado es un trazo, el rompimiento de su unidad corporal, porque “el cuerpo es un blanco de poder”, al decir de Michel Foucault.
El signo ausente condiciona, entonces, una experiencia alineadora que afecta su autoimagen y su relación con la otredad, porque son los otros quienes nombran, mas Pichulita es inane, sin ese poder. Sin su falo está desposeído, incompleto y ello marca su reclusión, apartamiento o proceso de feminización –sin falo, palabra ni voz-, por lo tanto, su final es previsible. El narrador endiña: “Cuánto sufrió, qué vida tuvo, pero ese final es un hecho que se lo buscó” (Vargas Llosa, 1991: 144).
No cabe duda de que la castración de Pichulita lo induce a jugar con la vida. Su muerte se puede ver como una manera de liberarse de la estrechez mental y la exclusión que sufrió, como blanco corporal del poder patriarcal, a pesar de su estatus social burgués. Para Emilia Macaya “la huella o traza constituirá la afirmación de la diferencia, de la relacionalidad y, por lo tanto, de la relatividad” (Macaya, 1992: 22).
Las palabras descriptoras refieren lo siguiente -casualidad-: Cuéllar, desde el momento del accidente, cambia su personalidad, se aísla, se le impone un apodo descalificador y se estigmatiza su condición como un ser castrado, huella que marca su diferencia genérica, a pesar de pertenecer a una familia limeña acomodada. La tragedia afecta la virilidad de Cuéllar, no cuando es un escolar, sino en el momento de su adolescencia. – logocentrismo-: el hecho que Cuéllar no posea falo se asocia con su carencia de palabra, voz, poder e, inclusive, con un gradual proceso de feminización, de cambios conductuales, fobias y ensimismamiento. Por ser castrado, Pichulita no posee el privilegio de la palabra, que le es arrebatada por el sistema patriarcal jerarquizado. La otredad lo caracteriza por involución, con su poder masculinizante, en un proceso degradatorio y excluyente.
La voz es, para Cuéllar, una ausencia que ahonda su descalificación y lo conduce a planos de incertidumbre y marginalización. La ausencia de su voz provoca que acumule pérdidas afectivas y cambie su actuación, se vuelve exhibicionista y comienza un proceso de señalamiento social. Es claro, entonces, que su pérdida fálica es la causa de su vacío de poder social. La ausencia de voz le imposibilita las relaciones intersubjetivas. La prevalencia del falo es un signo cultural de poder masculino. La castración de Cuéllar, por lo tanto, marca su exclusión del universo de las relaciones interpersonales machistas donde creció, esto es, el colegio de Champagnat de Miraflores, en Lima.. El falo impone el Orden Simbólico como ley del padre. Cuéllar, sin su falo, pierde el nombre de identidad, en él opera el mecanismo de la desidentidad y se ve emplazado a aparentar, tanto virilidad como masculinidad, pero no las tiene y esa coyuntura lo estigmatiza durante el resto de su corta vida.
La huella o vacío remite a un pasado desde el presente, que se proyecta hacia el futuro, porque es un vacío, una carencia de la cual no se puede desligar, pues descalifica a Pichulita del universo patriarcal y él se convierte en un ser alienado (del lat: alius: otro y “alienare”: hacerse otro), los seres humanos, dejan de ser ellos mismos para ser otros. Después del accidente, Pichulita pierde los privilegios falocráticos; su carencia significa un repliegue, por cuanto muestra debilidades en su vacía identidad, llena de miedos, donde refleja su histeria y su proceso de marginalización.
Igualmente, la lucha Eros-Tanatos es parte de la neurosis básica de Pichulita, y se evidencia en una autoagresión: angustia, quejas, manías, persecuciones, histeria, vanidad, simulación, desarraigo sentimental, miedos o timidez. La castración le impide a Pichulita el disfrute del privilegio falogocéntrico, la compañía femenina, las actividades con su grupo de amigos burgueses, las relaciones interpersonales, es decir, el desarrollo de una vida normal.
Consideraciones finales
• La pérdida del falo, causada por un feroz ataque del perro Judas, representa un trauma para Cuéllar, que lo marcará durante su corta vida, como un alienado, condición que nunca pudo superar.
• La propuesta teórica de la desconstrucción permite una lectura múltiple, con la presencia de estructuras profundas que tejen las redes discursivas, las cuales no aclaran el texto, sino que lo diseminan y relacionan, mas no lo definen, porque interesa el mundo global del texto. Plantea que la lectura incorrecta retiene la huella de la verdad, con base en dos principios: las lecturas de importancia incluyen pretensiones de verdad; la interpretación se estructura por el intento de captar lo que ha dejado pasar y construido mal en otras lecturas. Significa, entonces, que toda la lectura es incorrecta, porque requiere de corrección y las lecturas correctas son aquellas que son solo lecturas incorrectas concretas, no corregidas ¿parece un trabalenguas retórico?
• La hipótesis del trabajo se confirma, dado que la ausencia fálica de Cuéllar es una huella que lo margina en su relación con la otredad, para ello operan los elementos sistematizados por el orden simbólico. Su vacío fálico le impide construir una conciencia de personalidad en relación con los otros, quienes nombran, porque no tienen limitaciones de esa naturaleza.
• La concatenación de los elementos permiten establecer una interrelación en cadena, una especie de continuo, donde se advierte una unidad destructiva de la autoimagen, por lo tanto, se observa en Pichulita una tendencia muy marcada hacia el escape, el exhibicionismo o el suicidio, señal de ello son los tres accidentes previos, hasta que encuentra la muerte, ya previsible, en las traicioneras curvas de Pasamayo.
• La castración de Cuéllar lo transforma y el texto marca ese recorrido, desde la imposición del apodo, Pichulita, que lo estigmatiza: a partir de ese momento se comienza a generar su proceso de crisis de identidad, por cuanto evidencia su proceso de inadaptación en el universo patriarcal de donde forma parte, porque, ahora, él se encuentra marginado del sistema jerárquico masculino, puesto que, según la teoría lacanina, el falo es un “significante privilegiado”.
• Pichulita, el apodo que le impone Gumucio, posee una carga semántica disociadora: por una parte, es el diminutivo de pichula, el pene de los niños, sin embargo, por oposición, en el caso de Cuéllar, significa la carencia de falo. Se observa, por lo tanto, un proceso por inversión de la jerarquía patriarcal.
• Para Pichulita, no tener falo implica perder el estatus patriarcal de la voz y la palabra, lo cual ahonda su crisis de identidad. Puede intuirse, en una estructura discursiva profunda, un subliminal proceso de feminización que, según mi lectura, subyace en el nivel deconstruido del texto.
• La asociación falogocéntrica es una estructura cultural de poder patriarcal. El vacío fálico, en el caso de Pichulita lo excluye, y provoca su comportamiento como un ser alienado, con crisis de identificación y separatividad sociales. La castración es una huella que Cuéllar no pudo remediar, ante la imposibilidad de la operación, tampoco logró sustituir ni compensar y lo descentró en su propia mismidad. Ser castrado implicó su encerramiento. Sus amigos le espetaban –como reacción del poder logocéntrico descalificador-, que se hacía el misterioso, el interesante, el torcido, el resentido.
• Pichulita trata de llenar su carencia fálica con locuras evasivas: correr autor, su afición por el surf, volarse los vidrios de algunas casas con la escopeta de perdigones de su padre o andar con mocosos rosquetes de dudosa reputación social. Todo el planteamiento de la castración de Cuéllar lleva a formular una relectura de su huella o vacío. Al carecer de falo, miembro que da poder en la sociedad patriarcal, Pichulita pierde los privilegios de ese significante cultural y, paralelamente, el logo y el fonocentrismo. Su cuerpo incompleto le arrebata el poder, y otros, quienes no presentan esas zonas corporales deficitarias, se encargan de estigmatizar su condición de incompletitud, por ello, él se encierra en sí mismo hasta su previsible final, la muerte que, para Freud, es el impulso de todo ser vivo para volver a un estado inorgánico.
Lic. Miguel Fajardo Korea, Universidad Nacional de Costa Rica
miguelfajardokorea@hotmail.com
martes, 20 de abril de 2010
Juan Antonio Domínguez nos habla del libro 'Cuentos históricos del pueblo africano', de Johari Gautier Carmona
Algunos cuentos nos hacen descubrir nuevas sensaciones, otros nos abren los ojos sobre nuevos horizontes. Los Cuentos históricos del pueblo africano (Editorial Almuzara, Córdoba, 2010) de Johari Gautier Carmona responden a estas dos funcionalidades con el valor añadido de ser una obra completa e inspiradora, que nos obliga a preguntarnos sobre nuestra relación con el entorno y a ver más allá de lo que nos han dicho siempre en la escuela.
La obra se constituye de 18 relatos sacados de la extensa historia del pueblo africano. Todos se asemejan a postales llamativas, radiografías impactantes y coloridas, que, más que divulgar una parte de la historia del continente negro, nos invitan a vivirla, a sentirla, a ser parte de ella, como nunca antes lo habíamos hecho. Y es verdad. La historia la conocemos a través de nuestros ojos europeos, nada más. Nos imaginamos que César, Augusto, Alejandro Magno, Carlos V o Napoleón lo son todo en la Historia del mundo, que fueron los que realizaron las mayores empresas de la Humanidad, pero no es así. También hubo un tiempo en el que las civilizaciones egipcias, etíopes, malienses y zulúes irradiaron a la Humanidad con sus avances, su sensibilidad y sus anécdotas. De eso nos habla Johari Gautier con una prosa elegante, fina y precisa, que nos traslada a cientos de años sin el mínimo problema.
Qué experiencia tan interesante ponerse en la piel de Hatshepsut, la mujer faraón que 1500 años antes de Cristo logró marcar la historia de Egipto, y sentir el poderío de una mujer excepcional en los tiempos de los Grandes Dioses. Qué delicia seguir los pasos del intrépido Sundiata Keita (fundador del Imperio de Malí), entender el orgullo de Menelik II, la diplomacia de Chaka Zulú y Kanka Moussa. También produce un extremo placer descubrir la sensibilidad de Abubakari II, ese emperador pacifista cuyo empeño se resumía a cruzar el mar dos siglos antes de Cristóbal Colón. Por su magnanimidad y su excelencia, todos estos personajes vienen a agregarse a las tan famosas figuras de las últimas décadas como Nelson Mandela y Patrice Lumumba, y a consolidar esa imagen dinámica y sabia de un continente que desconocemos.
Más allá de África, el autor no se olvida del pueblo africano de las Américas, víctima de una trata negrera devastadora, y consagra unos relatos preciosos a la memoria de Domingo Biohó (rebelde afrocolombiano), el audaz Toussaint Louverture o el maravilloso Martín Luther King. Con estos cuentos, Gautier Carmona nos recuerda que el pueblo africano ha seguido un camino largo y tortuoso para la igualdad y el reconocimiento de su dignidad.
A través de esta lectura placentera, que rezuma sensibilidad y nuevas emociones, que abre corazones y agudiza la vista, el lector puede acercarse a un continente cercano y maravilloso que, sin lugar a dudas, volverá a brillar y ser una referencia. Para los amantes de África, este libro será la confirmación de que su amor está basado en un sentimiento sólido y fructífero. Para los que descubran al continente negro, la pasión será tan deleitable como la calidad literaria de la obra.
Juan Antonio Domínguez
Johari Gautier Carmona (1979) es un escritor y periodista franco-español nacido en París (Francia). Actualmente reside en Barcelona, ciudad central dentro de su creación literaria, tras una estancia de varios años en Inglaterra. Ha publicado en 2009 su primera novela El Rey del mambo (Ediciones Irreverentes, Madrid, 2009) y en 2010 el libro Cuentos históricos del pueblo africano. Colabora asiduamente en distintos medios de comunicación y ha sido galardonado con varios premios literarios.
miércoles, 20 de enero de 2010
Antonio Castellote nos habla sobre el libro de relatos 'Amar en martes', de Angélica Morales
De Piel de lagarta, otro libro de cuentos de Angélica Morales, ya comenté lo que me había impresionado su desparpajo surrealista. Aquellos cuentos obedecían a metáforas verbales, su mundo era el de un ramonismo brillante y femenino. Los cuentos eran coherentes con su estética, que exigía constantes hallazgos poéticos, fugaces bengalas de palabras. No era, ni es, lo más habitual, entre otras razones porque exige un dominio del idioma y un oído demasiado bueno para que pueda sostenerse más allá de los márgenes del poema.
Angélica Morales publica ahora Amar en martes (Editorial Certeza, Zaragoza, 2009), en la misma colección, 'Cantela', y otra vez todo el libro responde a una misma estética, pero en este caso es la apuesta estética contraria a la de Piel de lagarta. Digo contraria en un sentido estrictamente metafórico: si en aquel libro las metáforas nacían de las palabras, aquí nacen de las imágenes narradas, que suelen ser descritas sin más ornamento que la intensidad vivísima de su exactitud.
Son dos formas diferentes de acercarse a la literatura. Esta segunda forma, la descripción objetiva de lo imaginado, no la imaginación verbal, me parece incluso más exigente, y por supuesto coherente con el tono general de lo narrado. Es imprescindible que el estilo cree la atmósfera necesaria para vivir lo que se nos cuenta. Es como el estado de ánimo de la historia. En el caso de Amar en martes se trata de una elegía, y los diez cuentos son imágenes distintas de un mismo motivo, sublimado en fábulas, destilado en escenas. Se trata de la pérdida de alguien cercano, de los muchos ángulos en los que pueden reaparecer, en ensoñaciones dulces o en pesadillas desasosegantes, los añicos del espejo roto. Pero la tarea de la ficción es no abordar el asunto en abstracto ni en la primera persona herida que lo lamenta, sino representarlo en cuentos independientes, en añicos con autonomía. Tampoco el dolor se manifiesta siempre con quejidos. A veces es una forma de mirar más cruda, o en la renuncia al cascabeleo de la trama. El narrador acompaña en el sentimiento, pero no se apodera de la ficción.
Quizá por esto sean los cuentos que más me hayan gustado aquellos en los que la nitidez de día nublado es absoluta, la poda consciente, necesaria, y la intensidad provenga de la sencillez con que se enuncian los detalles y en su ritmo intenso, en su frío desasosiego. En este sentido, el relato central y el más largo de todos, ‘Rosas robadas’, es una pieza estupenda. Reconozco que a esas alturas ya había leído todos los cuentos, aparte de por el placer de lo bien contado, de lo bien resuelto, alérgico a cualquier cliché, fijándome en la proporción de piel de lagarta que aún quedaba en algunos de los cuentos, y que era como una alegría secundaria. Aun cuando la autora hila con habilidad los resultados de la trama, como en el cuento 'Aquella perra', el resultado estalla en un significado que no es sólo resultado de la pericia argumental, ciertamente diestra, sino más bien el reflejo del ánima, del dolor valiente que lo impregna todo.
Incluso me atrevería a decir que hay un personaje que con diferentes encarnaciones marca la unidad del libro, la mujer hundida y salvada por sí misma, dentro de sí misma y sus ensoñaciones. La mujer a la que duele la intemperie, y sin embargo unas veces se arroja a ella, otras la padece y otras la silencia para siempre. En este catálogo de fragilidades no podían ensayarse relatos en forma de respuesta sino acaso en forma de pregunta. El realismo descarnado no es cualquier imagen del mismo modo que una buena fotografía no es cualquier parte de la realidad. Angélica Morales nos propone encuadres, situaciones concretas, escenas extirpadas de la continuidad y colocadas en la vitrina de los fenómenos. El ánima que les da vida es ese estilo riguroso, ese brillante ejercicio de constatación, narrado a la velocidad del desconsuelo.
Angélica Morales. Escritora y actriz. Miembro de la Asociación Aragonesa de Escritores, forma parte de su actual Junta Directiva. Así mismo pertenece al comité de redacción de la revista de la AAE, Imán. Colaboradora del Diario del Alto Aragón y de la revista literaria Barataria, de la Asociación Aragonesa de Amigos del Libro. Ha publicado, además, los libros Benedicto XIII, el papa Luna: El hombre que fue piedra (Delsan, Zaragoza, 2006), Piel de lagarta (Certeza, Zaragoza, 2007), Yakarta o La última zorra (El Atrapamundos, Zaragoza, 2007) y El duende de cristal (Ayuntamiento de Huesca, 2008).
miércoles, 13 de enero de 2010
Comentario del poeta Álvaro Muñoz Robledano sobre el libro de relatos 'La vida en Hermenauta', de Antonio Polo
Alzar una ciudad con palabras no es tarea nueva, sino que forma una de las más hermosas tradiciones de la literatura, desde tantos mitos del pasado hasta los laberintos en que atisbamos nuestro paisaje cotidiano. La vida en Hermenauta (Grupo cultural Ariadna, Madrid, 2005), de Antonio Polo, es un nuevo eslabón en esa cadena de sueños que invaden la vigilia y cuyos nombres forman parte del acervo de todo hombre de bien: Ilión, Comala, Armilla, Barataria, Macondo...
Si el avezado lector cree que exagero, puede abrir las páginas del libro que ahora nos ocupa y adentrarse en cualquiera de los callejones que nos ofrece. Puede que sonría con suficiencia porque ha creído reconocer el artificio con el que Antonio Polo tramó tales edificios. Pocas líneas bastarán para que la sonrisa se congele, y desaparezca, y vuelva, cuando se muestren ante él los recovecos, los miradores y los patinillos de una ciudad imprevisible, cuyos habitantes están, realmente, a nuestro lado a la vez que desfilan ataviados con sus pompas extemporáneas o desnudos, declamando edictos medievales o colegueando en calorro puro, mintiendo y desmintiéndose como quien se desviste de su piel o como quien se ríe de la majestad que le ha correspondido en el reparto.
Ciudad de palabras, ciudad y texto simultáneamente, a caballo entre los tiempos, en La vida en Hermenauta nos asalta el presente para que lo leamos en presente, para que el momento de la lectura sea el verdadero instante de la creación, al que Antonio Polo, conocedor como pocos de las palabras y de cómo ha de emplearlas el demiurgo, nos entra al mismo tiempo en que nos hace entrar en él. Hermenauta es verdad porque es escritura. Lo dudoso es el muro que me separa del frío y de la intemperie.
Mientras tanto, Pedro Díaz del Castillo dibuja preguntas y relatos, dibuja el asombro del viajero que narra su propia historia como si asistiera a ella por primera vez...
miércoles, 6 de enero de 2010
Regalo de Reyes de Eva Márquez, editora del blog 'Cosas que nunca te diré'
Los Reyes de oriente nos han dejado en el correo electrónico un magnífico regalo. Se trata de un libro de relatos y poemas de autores y autoras contemporáneas, compilados por Eva Márquez, editora del Blog 'Cosas que nunca te diré'.Ana Patricia Moya, Ana Pérez Cañamares, Ana Vega, Ángel Petisme, Ángel Rodríguez, Ángel Sáez García, Ada Menéndez, Alberto Batania, Begoña Leonardo, Catalina Gómez Parrado, Dani Orviz, David González, David Morán, Dioni Blasco, Eduardo Andradas, Eva Vaz, Hasier Larretxea, Francisco Cenamor , Gsús Bonilla, Inma Luna, Isabel García Mellado, Javier Das, Jorge Ampuero, José Ángel Barrueco, Juako Escaso, Andrés Ramón Pérez Blanco, Leire Olmeda, Lluís Pons Mora, Mario Crespo, Marta Zafrilla Díaz, Mario Fernández, Mª Rosa Comas, Pedro Chincoa, Rolando Revagliatti, Santiago Tena, Uberto Stabile, Víctor Sierra, Yolanda Sáenz de Tejada, Roberto Arévalo Márquez, Enrique Arias Vega, Virginia Barbancho.
Podéis leerlo en línea pinchando aquí.
lunes, 30 de noviembre de 2009
Comentario de Francisco Cenamor sobre el libro de relatos ‘La civilización y la nada’, de Miguel Ángel de Rus

Las casualidades tienen que ser por algo, aunque casi nunca sepamos por qué. El caso es que el mismo día que colgaba en el blog Asamblea de palabras una entrada sobre el nuevo poemario de Julio Santiago recibía uno de los libros de la colección Cuadernos del laberinto de manos de su editora, Alicia Arés. La primera casualidad estriba en que Julio Santiago ilustró el nº 4 de la colección, titulado Derecho de pasión y dedicado a Gloria Fuertes. La segunda, en que este otro número, el 6, se titula La civilización y la nada e incluye dos relatos de Miguel Ángel de Rus, escritor a quien tengo el gusto de conocer a través de Internet y con quien he intercambiado algunos mensajes. Actualmente conduce el programa literario de Radio Nacional de España Sexto continente.
Dicho esto, paso a contar que Cuadernos del laberinto es una colección de pequeños libros de edición muy limitada, bellamente impresos, libros de coleccionista. Además de los citados anteriormente, han aparecido títulos como Crossing the bar, de Alfred Tennyson, Gratia plena y Versos para la Navidad, de Luis García Arés, y Altizaro, de Juan Miguel Domínguez Prieto.
El que tengo en mi poder incluye el relato de Miguel Ángel de Rus Extraña noche en Linares, en el que su autor demuestra un gran conocimiento de las técnicas y temas que emplearon en su día los escritores románticos. Su relato recuerda, es inevitable decirlo, al raro ejemplar Manuscrito encontrado en Zaragoza, del polaco Jan Potocki, que tuve el gusto de leer hace años: sus aires de Las mil y una noches, sus bellas y aduladoras hermanas moras, sus ensoñaciones y ambientes fantásticos… Y no sólo eso, De Rus demuestra una gran cultura literaria, con referencias o imágenes tomadas de otros autores del pasado.
El segundo relato, de narración más moderna, titulado Yo fui quien imaginó aquella escena de 451 Fahrenheit, nos introduce de manera muy original, a través de recuerdos de la película de Françoise Truffaut incluida en el título, en una atmósfera de desesperanza ante el modo de vida occidental actual. No me gusta utilizar este tipo de calificativos, pero, allá va: de magnífico se puede catalogar en este relato el cambio de narrador que nos traslada desde los felices momentos de revuelta que se respiraban durante el rodaje de la película, a la actualidad más descorazonadora.
Creo, como lector empedernido de relato y novela, que Miguel Ángel de Rus domina bastante bien las técnicas narrativas. Pero si he de poner una pega, sería que sus personajes, cuando hacen análisis de la sociedad, pecan un poco de maniqueos: explotadores-explotados, élites-ciudadanos alienados… Es bueno, y necesario, que la literatura, cuando trata problemas sociales, se dedique a desentrañar la complejidad existente en dichos procesos. Pero, dicho esto, diré también que este aspecto, de pura opinión personal, no desmerece, en absoluto, la calidad de los textos que muestra este librito.
Francisco Cenamor
Francisco Cenamor
lunes, 23 de noviembre de 2009
Artículo de Francisco Cenamor sobre la novela corta de Esteban Gutiérrez Gómez ‘El colibrí blanco’
Son muchas las maneras en que, afortunadamente, los narradores y narradoras han encarado su labor. Pero reconozco que en los últimos años siento debilidad por aquellas narrativas que huyen de la linealidad, que se componen de diversos retazos que, juntados todos (o sea, leídos hasta el final), recomponen la historia que el autor o autora pretenden contarnos.Es el caso del largo relato (o novela corta, pues debe de estar en la frontera) de Esteban Gutiérrez Gómez que lleva por título El colibrí blanco (EH Editores, Cádiz, 2009). Y las fuentes de las que bebe la historia que nos cuenta son muchas para una narración tan corta, lo que da cuenta del trabajo que el autor ha realizado: momentos de la época en que suceden los acontecimientos que dan al relato su trama, momentos cuarenta años posteriores, cartas enviadas en el transcurso de esos años, documentos policiales y judiciales, una lista de nombres inscrita en un tonel de vino…
Y tantas fuentes para contarnos que Antonio, una especie de gurú castellano, recio y seguramente calado de boina, que encandila con su buen vino a una pandilla de amigos de postreras generaciones, tiene un oscuro pasado en el periodo en que aconteció la Guerra Civil española. Oscuro o quizá no tan oscuro. Salvador o villano, asesino despiadado o reo de las circunstancias, afortunadamente Gutiérrez Gómez no trata de convencernos de si es un personaje bueno o malo: añade complejidad al juego y deja que cada cual decida por sí mismo.
A destacar, aparte de lo amena de la historia, un lenguaje poético sumamente visual que parte, precisamente, desde el mismo título del relato. En el debe yo le pondría la falta de participación de dos personajes femeninos, de los que apenas se atisba a saber qué relación pueden tener con Antonio, y que uno hubiese deseado verlas intervenir con más decisión en la historia. Pero bueno, esa es una decisión personal del autor que, obviamente, no puede tener en cuenta los deseos de los lectores.
Francisco Cenamor
martes, 13 de octubre de 2009
El escritor mexicano Omar Piña nos habla sobre el libro de relatos y ensayos 'Maelström. Agujero negro', de Marco Tulio Aguilera
Para leer a este colombiano escapista de la melancolía hay que saber acomodarse en el sillón y pasar por sus letras como quien tiene la prudencia de permitirse ver la lluvia cuando sabe que es inevitable. Las posibilidades narrativas y las obsesiones de Marco Tulio Aguilera Garramuño son puntuales en su cita con la escritura, él lo sabe y lo reafirma en cada página donde con maña y buen arte vierte y mezcla, se burla, disfruta, cita y defenestra.
Su Maelström. Agujero negro editado por la Universidad Veracruzana en su colección 'Ficción', es un libro de caprichos bien definidos pero sobre todo: defendidos con sobriedad, sin la bellaquería del que escribe mucho, rápido y además, pretende publicarlo todo. Este libro es del escritor maduro que ya ha perdido la vergüenza de contarlo todo pero que sabe guardarse algunas palabras, esas que le permiten a cada lector hacer una versión muy particular de la lectura.
Aquí el escritor colombiano se reafirma como un excelente contador de historias; así de simple, sin otra pretensión que eso: contar una historia con la maña del oficio. Así pues, su libro es un buen caldero donde se cuece ese todo que para un novato puede ser arbitrario, pero que en las manos de un escritor con experiencia son caprichos de quien tiene la astucia de sostener una campana catedralicia con apenas unos centímetros de hilo.
Marco Tulio no se agota como el simple descriptor que señala cada cosa para asignarle un nombre y volver a fundar el mundo que nos rodea. Al contrario, me parece que es tan hábil, que sabe medir los tiempos y los compases de la lectura y a eso ya no se le puede llamar maña sino dominio del oficio. Donde puede brotar una ámpula, donde la frase puede llegar a ser grave o tediosa él sabe cortar y coloca lo que a simple vista pareciera una ocurrencia, una exageración o hasta una barbaridad.
Este presumido colombiano tiene la pericia de narrar que sabe destripar los monumentos de Shakespeare y que para ensayar su novela “amazónica” leyó más libros que los que pudo reunir el viejo Ryszard Kapuściński para escribir su epopeya titulada Ébano. Es presumido pero qué caray, un escritor es primero sus libros de lectura. No llega a la altivez porque como bien lo escribe en su ¿ensayo?, ¿crónica?, ¿narración?, bueno, en el texto llamado El amor en Shakesperare: “Quien miente se miente. Quien roba se roba. Quien engaña se engaña”.
Insisto en que es un libro extraño pero tan bien escrito, que engancha. Y en él, su autor reafirma lo que le he escuchado decir en tantas ocasiones, que se escribe para sentir placer o mejor dicho, para que no se extinga esa llama de la vida que intentamos no se apague y que guarecemos con las manos. Y como es ocioso buscar el significado de todas las cosas quizá es mejor aprender a decirlas con otras combinaciones y una vez encontradas, atreverse a pronunciarlas.
Este libro pudo ser una glosa de bitácoras o una antología. Pero más bien son las “princesas” de Marco Tulio Aguilera Garramuño porque es el que es a pesar de sí mismo. Y escribo que son “princesas” a partir de la jerga periodística, que denomina así a la primera nota, la más importante de la edición, la que resalta sobre las hermanas y las primas que la acompañan en la primera plana, la que no se acuerda de las parientas arrimadas que la mano de un editor mezquino puso en los interiores, rasurada y sin foto.
“Princesas” de Marco Tulio Aguilera Garramuño son los relatos, el diario de viajes, la crítica a sus mayores y a sus menores, la encantadora hamaca en la que permite el vaivén de la melancolía, el mapa para detectar el amor en los clásicos, la fábula, la verdad traspasada con la aguja de la ficción y el ensayo.
Maelström. Agujero negro, qué libro tan presumido y tan raro. Ajá, imagino el rostro malicioso del escritor basquetbolista llamado Marco Tulio Aguilera Garramuño cuando practica su deporte favorito: descubrir que alguien lo está leyendo. Entonces adopta la postura de tres cuartos y con el rabillo del ojo se percata de la página y como es tan memorioso, prepara la cita adecuada. Según la víctima, será la cita, que en su caso aplica en las dos acepciones: el nombre femenino y el sustantivo femenino.
Voy a tratar de ser un buen narrador para explicar el deporte de las citas de este relator que, cuando ejerce periodismo, se hace llamar Mister Colombias. Si el señor está frente a una muchacha hermosa, hermosa tiene que ser como describen a las mujeres los poemas cubanos o los brasileños, entonces Mister Colombias se pone su traje de fauno y adopta la cita de nombre femenino: “acuerdo o compromiso entre dos personas acerca del lugar día y hora en que se encontrarán para verse o tratar algún asunto.” Como se dice en la banqueta; “con estos ojos lo he cachado yo.”
Si el pez muerde el anzuelo, campanas al vuelo: habrá un cuento. Si el pájaro no pica, todo se queda en “…aquella imagen perfecta de la inocencia velozmente defenestrada”, que se lee en un subrayado que hice al texto El sentido de la melancolía.
Pero si el rabo del ojo de Mister Colombias lleva información a su cerebro que se trata de un hombre y además feo, el señor se toma la molestia de concretar la cita de sustantivo femenino: “mención, nota o alusión”; pero si además se percata que el interesado sabe leerlo, hay un plus: suele regalarle un libro de los escritos por él, por supuesto.
Y como yo soy feo, me concreto a finalizar con una cita a Marco Tulio Aguilera Garramuño; dos, mejor dicho:
“¿Cómo lo hiciste, Señor? Ah, rufiancillo, cuántas cosas sabes que ignoramos los hombres, gusanos coronados”.
“El diablo es la mejor astucia de Dios. Su mejor cómplice”.
Omar Piña
miércoles, 9 de septiembre de 2009
Prólogo del libro de Harmonie Botella 'Cuento absurdo a la luz de la luna', por Orland Verdú
Harmonie Botella vuelve a la carga con su último libro de relatos en su lucha por despertar la sociedad del letargo materialista en que nos despeñamos el siglo pasado, y en el que continuamos más o menos hundidos. Para la autora —a la que el apelativo novel le viene ya pequeño—, éste es su sexto libro. Uno de los más redondos y polifónicos; tanto en prosa como en temática.Con Cuento absurdo a la luz de la luna (Mandala & LápizCero Ediciones, Madrid, 2009), la autora crea un espacio narrativo de confesiones a media voz en el que —bien en primera persona, bien en tercera— la vida de los personajes discurre nítidamente a la luz del astro nocturno. Son cuentos que son vidas y vidas que parecen cuentos por su absurda realidad. Nuestra vida se ha vuelto lunática, deforme. Y así sus personajes son presa del fado, de su propio destino, construido sobre decisiones forzadas, en las que el libre albedrío es un lujo al que pocos pueden aspirar. A menudo, a través de la vida, nos volvemos autómatas. Nos alienamos al sistema y a la imagen lunática de nosotros mismos. Y la propuesta de la escritora es mostrarnos esta elección. Denunciar la sociedad y hacernos más conscientes de nuestra capacidad para elegir a pesar de los condicionamientos sociales.
El mosaico de personajes dibujado en este libro de 23 relatos es el retrato de la fauna humana que sobrevive en los vericuetos de nuestra sociedad. Personajes apedazados, reconstruidos, supervivientes o tótemes caídos en su propio vórtice. Muchos de ellos son carne trémula para el voraz fuego del sistema capitalista o para el destino inefable que se levanta ante ellos, convirtiéndolos en víctimas o verdugos. ¿Qué más da el papel? La mayoría de los personajes de Harmonie Botella son esclavos. Bailan la danza que les ha asignado el dedo invisible de quienes manejan la maquinaria capitalista, claveteada y no en pocos apuros en estos momentos.
Historias de personajes que parecen reales, y que —pondría la mano en el fuego— son resultado de un exquisito proceso de literaturización de la realidad: historias ficticias a partir de seres humanos de carne y hueso. La autora es una genial observadora y, como buena escritora, sabe destilar el licor de las historias individuales y ficticias para levantar sus cuentos y, de paso, zarandear nuestras conciencias.
Y mejor será que el lector lo sepa desde el principio, porque está ante un libro de denuncia social. Y es que Harmonie Botella es de esa raza de escritores que luchan por sus ideales. Su vida y su obra son un ejemplo de su naturaleza rebelde, y su arma es el verbo y la poesía, pero también la acción social. Botella es fundadora de la Asociación de Nuevos Escritores de El Campello (ANUESCA), que organiza un encuentro de escritores y poetas anualmente; y es además activista en la Asociación Española de Afectados por Cirugía Refractaria y de la ong Lápices. Es una mujer efervescente y tenaz, que persiste en su compromiso con la sociedad que le ha tocado vivir y que no escatima esfuerzos ni en su vida ni en su obra para crear un mundo mejor.
Orland Verdú
miércoles, 2 de septiembre de 2009
Artículo de Francisco Cenamor sobre ‘Cuentos para después de hacer el AMOR’, de Marco Tulio Aguilera
Cuentos para después de hacer el AMOR, reza sin pudor alguno el título. Lo que nos lleva a pensar automáticamente en erotismo, en cuentos subidos de tono. Bueno, es el título elegido por Marco Tulio Aguilera, escritor colombiano afincado en Veracruz, México, para dar nombre a la colección de catorce relatos que editó en España Punto de Lectura en el año 2005 y que, a pesar de su éxito inicial, no volvió, sorprendentemente, a reeditar.Se trata de unos relatos muy diferentes unos de otros en los que se aborda, de una u otra manera, el humano asunto del amor. Pero desde las visiones más insospechadas, pues no en todos ellos aparece el erotismo de manera clara, o, simplemente, no aparece. Pero cierta idea de relación entre dos, o más, personas siempre está presente en los cuentos que nos ofrece Aguilera.
Desde mis no demasiado grandes conocimientos literarios, me atrevo a afirmar que estamos ante unos textos que entroncan, bastante acertadamente, con la gran tradición cuentística y narrativa latinoamericana del pasado siglo veinte, en los que se usa un lenguaje muy popular y accesible, a la vez que nos sorprende el narrador con su erudición y conocimiento de diversos lugares del mundo.
Encontraremos relatos deliciosamente disparatados como ‘Amor contra natura’, en el que los amantes son un efusivo rinoceronte y una distante helicóptero. Provocadores y pudorosos al tiempo, como ‘Cantar de niñas’. Otros donde los personajes, perdedores de los que el mundo se ríe, pasan a tomar un protagonismo que los convierte en seres humanos de un gran valor y comienzan a ser queridos por su entorno, como ‘Archibold en Alaska’ o ‘Juan Flemas despierto otra vez’. O relatos donde Marco Tulio Aguilera manifiesta una increíble ternura hacia los seres humanos: el magnífico ‘Las tablas crujientes’. O el divertido juego de escritor que juega con sus personajes en ‘Juegos de la imaginación’. O cargados de realismo mágico, como 'Visitas nocturnas'...
Y bueno, citaría uno a uno cada relato pues de cada uno me impresionó algo diferente. El nivel se mantiene en todos los cuentos. El autor hace gala de un gran dominio del ritmo narrativo y domina el lenguaje para transmitirnos exactamente lo que quiere que sepamos de cada una de las historias. Los comienzos, los finales, están muy bien elegidos; ni sobra ni falta nada a los relatos, lo que les da una sensación de redondez exquisita.
Marco Tulio Aguilera Garramuño nació en Bogotá en 1954. Su primera novela, Breve historia de todas las cosas (ahí es nada el atrevimiento del título), publicada en Buenos Aires cuando contaba con 24 años, sorprendió a propios y extraños y fue puesta a la altura de Cien años de soledad por los editores, lo que le valió severas críticas. Ha publicado otras novelas y colecciones de relatos y ha escrito también teatro (alguna obra ha sido representada), ensayo literario y el exitoso cuento infantil El pollo que no quiso ser gallo, editado en México y Colombia por Alfaguara Infantil. Alfaguara editó igualmente su novela El amor y la muerte.Escritor vehemente, no duda en criticar de manera verbalmente violenta a quienes buscan más lo que está de moda y vende que lo literario, aunque, no se confundan, no hace ascos a ganar todos los premios que puede (con el dinero cambia de coche y viaja para ver a sus amigos) y hacerse publicidad en cuanto tiene ocasión. Actualmente trabaja en la editora de la Universidad Veracruzana, en México, mientras trata de sacar a la luz su monumental Historia de todas las cosas, una novela que, en palabras del autor, “es la mejor de los últimos cuarenta y cinco siglos”.
Francisco Cenamor
miércoles, 26 de agosto de 2009
'La sonrisa de la erección', artículo de Luis Miguel Rivas sobre el libro 'El imperio de las mujeres', de Marco Tulio Aguilera
“La mujeres son lo más femenino que hay “, decía un amigo que no podía entender la extraña lógica de su mujer con respecto al amor, la vida y el mundo. Todo lo que para ella era complicado para él era simple y lo que para ella era sencillo para él era inescrutable. Y así llevan viviendo como veinte años sin alcanzarse a comprender completamente, pero ya sin pretender explicarse ni modificarse mutuamente.
Lo más parecido a “lo más femenino que hay” es un escritor que escribe sobre las mujeres tratando de meterse en ellas y mostrando, sin pretender explicar mucho, lo que ni siquiera ellas comprenden. Por eso cuando acabé de leer El imperio de las mujeres. Cuentos en lugar de hacer el amor (Editorial Educación y cultura, México, 2009), de Marco Tulio Aguilera Garramuño, me dije: “este tipo es de lo más femenino que yo conozco”.
El imperio... se me hizo cercano, contundente e importante porque une tres cosas fundamentales para mí: las mujeres, el amor y los cuentos. Y en los tres asuntos (todos tan manoseados en tantísimos años de historia escrita) Aguilera Garramuño trasciende lo fácil, asume riesgos y nos entrega ráfagas de lucidez, fragmentos de esa confusa claridad propia de la literatura de verdad y del corazón femenino.
Son once cuentos como once piedras de un collar fino: perfectamente redondas en la forma, inagotables en los significados y bellas en conjunto. Como si para hacer esas historias se hubieran reunido un poeta, un matemático, un carpintero, un gigoló retirado, un marido experimentado y un psicólogo…
Un pequeño relato-epígrafe llamado 'El señor de los sueños' abre el libro a manera de aviso, como advirtiéndonos la inminencia de terrenos cenagosos, difusos, veleidosos y profundos. Y luego viene el desfile de mujeres: ajenas, propias, posibles, inalcanzables, fatales, redentoras, mezquinas, generosas, jóvenes, viejas, exitosas, derrotadas, brujas, santas, cotidianas, excéntricas, ingenuas, sabias, callejeras, domésticas… Pero todas inquietantes, poderosas y, cada una a su manera, bella. Con cualquiera de estas mujeres escritas me iría yo inmediatamente, abandonando todo, así me trajeran la enfermedad, como en 'La sonrisa en la espesura', o la tragedia, como en 'Mester de putería artística', o el sofocante gozo del matrimonio, como en 'El viejo truco del amor'. Y podría incluso traicionar a unas con otras viviendo por temporadas en los distintos cuentos de este libro.
Esta es una compilación de cuentos sobre el deseo. Siempre hay “ganas” en el aire. Una atmósfera erótica que uno celebra inicialmente como maestría artística y valora como logro intelectual, pero que alcanza niveles de expresión tan contundentes que transforman la lectura en un acto físico, con abultamiento en la parte baja del abdomen, incluido. Entonces me acuerdo de una frase de Raymond Carver: “Las palabras precisas y verdaderas tienen el mismo poder que los actos”. Muchos episodios de este libro me entraron por los ojos en forma de letras y se convirtieron en acciones: también me reí. Me reí y me excité. A veces cada cosa a su vez y a veces las dos acciones juntas.
Descubrí que es posible, por ejemplo, tener una erección sonriente. Y encontré un camino en el que los burdos terrenos de la pornografía (siempre tan seria hasta cuando quiere ser poco seria) pueden ser trascendidos primero por el escritor y luego por la experiencia del lector. Garramuño juega con el tejido del deseo. Toma los hilos que lo conforman y los entrelaza de otras maneras. Los pasa por un baño de humor y sinceridad, les pone un toque de jugueteo infantil y agrega la receta de su magia personal. Finalmente nos entrega un mecanismo de sutilezas que de todas maneras nos despierta el animal. Pero se trata de una bestia hecha de otra pasta, que no se conforma con su simple condición de carne y secreciones, sino que aspira a algo divino, tan sutil como los hilos de los que está hecha.
Todo esto en el contexto de las relaciones de pareja, la soledad de los artistas, la egolatría humana, la inequidad social, los artificios del mundo literario y los fantasmas de la fama, entre otros. Entrar en sus páginas es realmente atisbar otro mundo: el imperio de la mujer y el deseo, esa realidad paralela, ese país regido por un soberano absoluto e inapelable, al que no queda más remedio que obedecer o comprender.
Luis Miguel Rivas
martes, 18 de agosto de 2009
Ángel Guinda nos habla del libro de relatos 'Tienes una cabeza apuntando a tu pistola', de Ezequías Blanco
Tienes una cabeza apuntando a tu pistola (Huerga & Fierro Editores, Madrid, 2009 ) es un título arrebatador, sorprendente, cargado de talento y de emoción, cuyas expectativas gratifican al lector.
Los relatos agrupados en este libro han sido escritos con una deslumbrante y ágil claridad de forma, densa inmediatez de tema e intensidad mantenida; rasgos que atrapan la atención del lector y le arrastran a empaparse de un mundo, a la vez, mágico y real.
Humor, ironía, tensión narrativa, lirismo, topónimos, onomásticos, contundente perfil de personajes desaforados, fuerza y autenticidad de las experiencias contadas, sabiduría popular y culta en el medio rural o urbano, hacen de estos relatos una verdadera joya literaria; y de su autor, Ezequías Blanco, un maestro del género.
Ángel Guinda
miércoles, 24 de junio de 2009
Dos libros sobre el Sahara: 'Estudios saharianos', de Julio Caro Baroja, y 'El imperio desierto', de Ramón Mayrata
Calamar Ediciones. Colección: Sgarit Biblioteca del desierto, nº 1. ISBN: 978-84-96235-28-1. PVP: 40 euros. Páginas: 592. Formato: 16 x 23 cm. Encuadernación: Cartoné al cromo con sobrecubierta
En el invierno de 1952, cuando se encontraba en Oxford, Julio Caro Baroja recibió la propuesta de realizar un trabajo de campo etnográfico en lo que entonces se llamaba el Sahara Español. Partió en noviembre de ese año y permaneció en el territorio de Saguia El Hamra y Río de Oro hasta febrero de 1953. Fueron meses de frenética observación, en los que reunió valiosas informaciones en sus entrevistas con personalidades y eruditos del territorio, hilvanó genealogías y linajes, detalló la composición de las tribus y familias, precisó la terminología geográfica, trazó mapas y esquemas e intentó comprender más problemas que pueblos, en la senda de Evans-Pritchard. El resultado fue este libro, publicado en 1955, que sigue siendo una excepcional monografía sobre la cultura tradicional del Sahara Occidental, donde los propios saharauis han encontrado noticia inestimable de los usos y costumbres extinguidos o a punto de desaparecer de una sociedad que aspira a constituirse como una entidad nacional.
Caro otorga a la tradición oral y a la memoria colectiva la categoría de fuente histórica. Aunque rehuye la generalización y nunca sobrepasa los límites de la interpretación histórica, el libro está lleno de intuiciones sobre el papel del linaje y de la solidaridad agnaticia en el orden social, la vida económica de las tribus, la construcción de la historia en las sociedades orales y el derecho de los nómadas regido por la costumbre. Quizás el capítulo más sugestivo es la fascinante biografía del Chej Ma el Ainin en el que analiza la función de los santones y la importancia determinante del mesianismo entre los nómadas; relata la epopeya de los sultanes azules y nos abre las puertas de Smara, la ciudad que lograron levantar en el desierto.
Calamar Ediciones. Sgarit Biblioteca del desierto, nº 2. ISBN: 978-84-96235-27-4. PVP: 22 euros. Páginas: 392. Formato: 16 x 23 cm. Encuadernación: Rústica con solapas con sobrecubierta.
Un joven antropólogo recibe el encargo de escribir la historia de un territorio lejano y exótico, del que existe escasa información, pues se encuentra velado por la ley de secretos oficiales. Sucede en los últimos años de la dominación colonial española del Sáhara. Cuando los saharauis se percatan de que se juegan su destino, abren las viejas maletas de piel y los cofres de plata donde guardan el legado de las tribus del desierto y ponen en manos del antropólogo manuscritos antiquísimos e ignorados, para que puedan ser presentados en el Tribunal de la Haya en defensa de su derecho a la independencia.
Son muchos los que consideran esta obra la novela clave sobre el fallido proceso de descolonización del Sahara, la descomposición del mundo colonial y la epopeya del pueblo saharaui. Su tema es tan vasto como un sueño incumplido, como la memoria colectiva de un pueblo. A través de la mirada del protagonista, fascinado por el desierto y la enigmática cultura de sus moradores, Ramón Mayrata explora lo que pudo ver con sus propios ojos como testigo privilegiado en aquellos días de tensión extrema. Asistimos a la irrupción en los mapas de un pueblo ignorado, el inicio del movimiento de liberación y del Frente Polisario, los titubeos de la descolonización, la “Marcha Verde”, la traición, el éxodo, el comienzo de una guerra brutal, que aún no ha concluido.
La memoria de un tiempo en el que saharauis y españoles combatieron juntos por un futuro en libertad. Por el desierto, que desafía a la realidad, la novela persigue la estela de tantos hombres y mujeres zarandeados por el destino, las huellas casi borradas de su devenir trashumante, los íntimos secretos de sus conciencias desconcertadas. Incluye un prólogo escrito especialmente por Ramón Mayrata para esta edición y se completa con el relato 'Aquel mendigo de la plaza Esbehiheh'.
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