se funden nuestras mentes y nuestros cuerpos
en vez de unirnos nos divide
con vientos y océanos entre nosotros rompiendo
nuestros sueños separados —
en mis ojos sin párpados que miran
más allá del ascendente y tenebroso terror
tu isla cálida que me responde se extiende
sobre la ola brillante del deseo
lejana como el día.
Aquí donde estoy yaciendo está el ardiente foso
agolpando la mente con sus carbones
y la voluntad contraria a ella
sólo elabora nuevas grietas de oscuridad
a través de sus oscuros alrededores.
Nuestros soles vividos de felicidad
marchitos por el verano, pierden sus flores;
las manos del ansiado, retenidas mañana
se enlazan a las manos de ayer
en un doble dolor.
Las voces presentes y los rostros
extranjeros reflejándose
en su dicha forastera,
yacen perdidos y pueblan un mapa
con nombres de lugares sin sentido.
Para acercarme a ti de nuevo, la tierra
tiene que girar, el aeroplano
volar a través del rutilante espacio,
apurarse los relojes, el escenario tornar
las montañas en una ciudad.
Contra una rueda oprimo mi cerebro,
mi sangre brama a través de una noche de madera,
pero mi corazón no lanza ningún brote
del centro de un silencio
de inmóvil violencia.
Y cuando nos encontremos — las costillas todavía
dividirán el sueño que incluye la carne
y los vientos y los océanos del tiempo
destruirán las islas con sus arroyos
por acompasada que sea nuestra voluntad;
salvo que en la noche giratoria
donde estamos siempre separados
nuestros ojos beban en nuestro mutuo silencio,
inmensurable paciencia
hilada en su secreta luz.
Resguardados por la oscuridad en el quieto centro
del circular terror del mundo,
oh nacimiento tierno de la vida y reflejo
de los labios, donde el amor por fin halla paz
liberado de los errores de la voluntad.
Stephen Spender, incluido en Antología de poetas ingleses modernos (Editorial Gredos, Madrid, 1963, trad. de Silvina Ocampo).
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