y observé cómo
una diminuta barca se deslizaba
a través del lago
impulsada, como el destino humano, sobre
un mundo lleno de peligros ocultos.
Luego onduló la vela
más allá del alcance de mi vista
mezclándose con el azul
del misterioso cielo, mientras
que el sol
declinaba en dirección de las olas.
Impensadamente
la enorme extensión parpadeó
y se sumergió
con la caída del crepúsculo.
Los últimos rayos del sol
iluminaron la cima de los árboles
apenadamente; y los brillos
luminosos del agua,
otrora brillantes y azules, se volvieron opacos
aceleradamente
Tan solo un cúmulo de rojas nubes
permitieron ver el tránsito del sol.
Surgieron los negros perfiles
de las dispersas islas
sobre las pacíficas profundidades,
donde los reflejados cielos
mostraban, pálidamente,
un prolongado brillo. Ya
colinas y bosques
se habían sumido en la oscuridad.
La margen del río
parecía una quebrada línea
para la nublada vista.
La noche se acerca; los vientos
nocturnos, a lo lejos, suspiran;
gimen los vientos del norte.
Las aves acuáticas han partido
a refugiarse sobre las dunas;
sólo el alba
las llamará desde los juncales.
Alguna estrella brillante
refleja su encanto
en los plateados bancos de arena.
Y yo he alcanzado mi laúd,
mi único amigo.
Las vibrantes cuerdas
se combinan con mis dedos
sollozando un instante y luego,
ya dominadas,
despiertan recuerdos imborrables
y los años pasados
responden a mis cuerdas
a través de voces inmortales
hasta que desde el borde del blanquísimo
manantial del Tiempo,
la noche, conmovida, con sus lágrimas
me obliga a volver a casa.
Chang Jian, incluido en Poetas chinos de la dinastía Tang (618-907) (Visor Libros, Madrid, 2000, selec. y trad. de C. G. Moral).
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